Mostrando entradas con la etiqueta Atapuerca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Atapuerca. Mostrar todas las entradas

La evolución humana. El proceso de hominización y la cultura material. La aportación de la Antropología Histórica.


INTRODUCCIÓN.
1. LAS PRINCIPALES TEO­RÍAS DE LA ANTROPOLOGÍA HISTÓRICA SOBRE EL ORIGEN DEL HOMBRE.    
Teorías desde la Antigüedad hasta la Edad contem­porá­nea.
La teoría evolucionista de Darwin.
Las teorías del siglo XX.
2. EL PROCESO DE HOMINIZACIÓN.
FACTORES DE LA HOMINIZACIÓN Y DE LA EXTINCIÓN DE LOS AN­TRO­POI­DES FÓSILES.
Las factores de la hominización: el caminar erguido y la organización social.
El orden de los primates y sus familias homi­noideas.
La comparación con los póngidos.
Los factores de la diferenciación de los hominoideos.
Los factores de extinción.
UNA PERIODIZACIÓN.
2.1. LOS PRIMEROS HOMINOIDEOS. ÁFRICA.
LOS PRIMEROS HOMI­NOIDEOS.
El kenyapithecus.
El Ramapithecus y el Siva­pit­hecus. Asia.
Un desconocido antepasado común.
Posibles ancestros.
LOS AUSTRALOPITECOS.
Australopithecus (o Ardipithecus) ramidus.
Australopithecus anamensis.
Australopithecus bah­relghaza­lia.
Australopithecus afarensis.
Australopithecus africanus.
Australopithecus garhi.
Australopithecus (o Paranthropus) aethiopicus.
Australopithecus (o Paranthropus) boisei.
Australopithecus (o Paranthropus) robustus.
Australopithecus Sediba.
2.2. LOS PRIMEROS HOMÍNIDOS.
HOMO HABILIS.
Homo habilis, Homo rudolfensis, Homo ergaster.
HOMO ERECTUS.
El homo erectus en África.
El homo erectus en Asia.
El homo erectus entre Asia y Europa. 
El homo erectus en la Península Ibérica: el homo ante­cessor.
El homo floresiensis: el “hombre enano”.
2.3. EL HOMO SAPIENS: LOS NEANDERTALES.
2.4. EL HOMO SAPIENS SAPIENS: EL HOMBRE ACTUAL.

BIBLIOGRAFÍA

PROGRAMACIÓN.

APÉNDICES DOCUMENTALES.
INTRODUCCIÓN.
Esta Unidad Didáctica (UD) enlaza dos disciplinas de las Ciencias Sociales, la Antropología y la Historia, en una base común, la Antropología Histórica. Se estudian dos grandes temas: las teorías antropológicas sobre la evolución humana y el registro arqueológico de los fósiles de la evolución humana, con atención a los restos de su cultura material.
Hay que reconocer que nos encontramos todavía en los inicios de nuestro conocimiento científico pues la antropología apenas lleva un siglo estudiando científicamente nuestro pasado evolutivo y constantemente se realizan grandes descubrimientos que van modificando las teorías. Por ejemplo, los trabajos de 1998 en tomografía sobre la capacidad craneal modificaron a la baja varias de las estimaciones sobre los australopitecos y a finales del siglo XX y principios del siglo XXI se han descubierto varios importantes eslabones perdidos de la Humanidad, que han cambiado nuestra visión del conjunto.
Por lo tanto, en esta UD hay que mantener el relativismo científico y evitar los dogmatismos y las afirmaciones aventuradas.
1. LAS PRINCIPALES TEO­RÍAS DE LA ANTROPOLOGÍA HISTÓRICA SOBRE EL ORIGEN DEL HOMBRE.
El objeto de la antropología es el hombre, y, la antropo­logía histórica se centra en su evolución. La cuestión del ori­gen del hombre ha sufrido las evi­dentes im­pli­caciones filo­sófi­cas y religiosas del problema, por lo que su evolución es inse­parable de la de la ciencia, la filosofía y la religión.
Teorías desde la Antigüedad hasta la Edad contem­porá­nea.
Durante dos milenios dominó una concepción idea­lista, re­ligio­sa, que exponía la tesis de una crea­ción “mila­grosa” por Dios de los primeros hombres. Esta tesis fue compartida por casi todas las religiones, y la expresaron en forma de leyendas y mitos, a través de las escrituras sagradas o de las refle­xio­nes filosóficas coinciden en dar expli­caciones milagrosas acer­ca de la creación del hombre. Por ejemplo las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, coin­ciden en que el hombre fue creado por Dios con arcilla, una idea mítica que se remonta a las primeras civilizaciones fluviales, que consideraban que la humanidad nació del barro de sus ríos, fuere el Nilo en Egipto o el  Éufrates y el Tigris en Mesopotamia.
Por contra, algunos filósofos y científicos de la Antigüedad ya intenta­ron dar soluciones científicas al problema, de acuerdo a sus propias posiciones filosóficas, aunque todavía no basadas en la experimentación sino en el mito. Ejemplos bien conocidos son:
Anaximandro, que defendió la crea­ción de los seres vivos, in­cluido el hombre, a par­tir del agua.
Aristóteles, que investigó el cuerpo humano y esta­ble­ció cien­tífica­mente sus rasgos y diferencias respecto a los anima­les, como el bipedismo y la capacidad craneal, iniciando así el estudio científico del hombre. Su sistema fue el dominante casi hasta el siglo XIX.
El médico Galeno, que estableció por primera vez la semejanza entre el hombre y el simio, aunque no estableció la consecuen­cia de una línea evolutiva entre ambos.
Lu­crecio, que preconizó que el origen de los seres vivos es la tie­rra. Su poema De la natura­leza de las cosas es un buen tra­ba­jo an­tropo­lógi­co, pues describe verosímilmente la vida primi­ti­va y la aparición del lenguaje.
La teoría evolucionista de Darwin.
A principios del siglo XIX dominaba totalmente el principio de la invariabilidad de los seres vivos. Dios había creado el mundo en “siete días” y desde entonces no habían ocurrido cam­bios significativos. La taxonomía o clasificación científica de los seres vi­vos, con auto­res como Linné, no ponía en duda este prin­cipio, y se limitaba a clasificar el mundo natu­ral existen­te.
Pero la filosofía y la ciencia avanzaban. La tesis de que el mundo cambiaba se imponía por la experimentación y la ob­servación. A mediados del siglo XIX, con la teo­ría de Darwin de la evo­lu­ción de las especies se dio una primera tesis verdade­ra­mente cien­tífi­ca, basándose en los primeros restos encontrados del homo sapiens neandertal y los estudios de fisiología.
La teoría de Dar­win, publicada en El Ori­gen de las Espe­cies (1859), afir­mó la unidad de ori­gen entre el hom­bre y los ani­males y su evolución diferenciadora. Se ha­bría dado una evo­lu­ción progre­siva desde el mono, de modo que el antepasado in­me­diato del hom­bre había sido una especie ex­tinguida de monos bípedos te­rrestres, de la Era Ter­ciaria, que habrían vivido en las re­gio­nes tropi­cales del Viejo Mundo y que habrían evolucio­nado desde el cami­nar a cua­tro patas a un cami­nar erguido que permitió la libera­ción de las manos de su fun­ción de apoyo, y a su vez esto favore­ció la fabricación de he­rramientas y el desarro­llo del cerebro. Con­segui­do esto, la evolu­ción hacia el hombre actual fue mucho más rápi­da, pues la inte­ligencia es mucho más adapta­ble y evo­lutiva que el cuer­po físi­co.
Los fac­tores prin­cipales de esta evolu­ción fueron: la se­lec­ción natu­ral mediante las va­riaciones aleatorias en los seres vivos y la supervivencia de los más aptos, el ejer­cicio de las fun­ciones útiles y su transmisión por herencia, la selec­ción se­xual y la influencia del medio.
La teoría de la evolución de las especies era mate­ria­lis­ta, antropogéni­ca y opues­ta a las te­sis idealistas y religio­sas, que quedaron obsoletas en pocos años. Pero el defecto de la teoría darwiniana era que exa­ge­raba la impor­tancia de los facto­res bioló­gicos, sin dar la debida rele­van­cia a los facto­res socia­les y al trabajo. Pero la teoría evo­lu­cionista fue la base adecuada pa­ra el desa­rrollo de la antro­pología cientí­fica, cuyos mayores lo­gros se han rea­li­zado en el siglo XX.
Las teorías del siglo XX.     
En el siglo XX han surgido múltiples teorías sobre el origen del hombre y algunas se oponen a la darwiniana. Las cuatro principales son el evolucionismo teísta, el neolamarckismo, la teoría de la mutación y la ortogénesis.
El evolucionismo teísta (Teilhard de Chardin) concilia ciencia y religión con la tesis de que la crea­ción del mundo orgánico sigue una evolución dirigida a un fin místico.
El neolamarckismo (S. J. Gould) defiende que los organismos tienen una ‘voluntad’ de adaptación al medio, que les lleva a cambiar y finalmente a mutar: los cambios de los individuos se transmiten a los fetos.
La teoría de la mutación (Hugo de Vries, William Bateson) defiende que hay constantes mutaciones pero que no hay una selección natural entre ellas.
La ortogénesis (Franz Weydenreich, H. F. Osborn) desarrolla una teoría autogenética de la evolu­ción, una tesis idealista en la que no hay cambios casuales, siendo los cambios corporales una tendencia interna a desarrollarse hacia una finalidad, que puede ser determinada por Dios o por las mismas fuerzas vitales. Osborn consideraba que los antepasados terciarios del hombre no proceden de los antropoides sino que son incluso anteriores al Terciario, mientras que Jones creía que el hombre procede directamente de un tarsi­no del Ter­ciario Inferior, y no de un mono antropo­morfo fósil.
Pero la mayoría de las teorías proponen una línea evoluti­va, por ello básicamente darwiniana, se­gún las tesis de Johanson & Whi­te, To­bias y Leakey, algo dis­tintas en­tre sí. Habría acuerdo en que comenza­ría con un Aus­tralopithe­cus del tipo afarensis o afri­canus y seguiría luego con la suce­sión Homo habilis, Homo erectus, Homo sapiens y Homo sapiens sapiens, mientras que los restan­tes tipos de Australo­pit­he­cus seguirían líneas evo­luti­vas parale­las pero condenadas a su desa­pa­ri­ción. Esta idea es la que se desa­rrolla a continuación.
2. EL PROCESO DE HOMINIZACIÓN.
El estudio de la evolución del hombre analiza las carac­terís­ticas de sistema dentario, capaci­dad craneana, estructura del cerebro, características faciales y establece analogías y dife­rencias con los fósiles que le an­teceden en la escala evo­luti­va. Es un estudio difícil por la escasez y fragmentación de los res­tos.
FACTORES DE LA HOMINIZACIÓN Y DE LA EXTINCIÓN DE LOS AN­TRO­POI­DES FÓSILES.
Los factores de la hominización: el caminar erguido y la organización social.
Una tesis en desuso, sostenida por muchos antropólogos, es que la hominización fue un fenónomeno fí­sico cere­bral: las ca­racterísti­cas humanas provienen bá­sica­men­te de la mayor dimen­sión del cerebro humano respecto a los si­mios, con una evolu­ción en ta­maño y compleji­dad que en cierto momento permi­tió de repente hablar y fa­bricar he­rramien­tas, con la po­sibili­dad de crear y transmitir normas de conduc­ta. El factor que impulsó este cambio fue el caminar erguido, que indujo otros cambios físicos.
Pero esta tesis ha sido desmentida por los antro­pólo­gos físi­cos, que han demostrado que la capacidad cultural del hom­bre evolucionó de modo gradual y no repentino. Así, el Aus­tra­lopit­hecus tenía la tercera parte del cerebro de un hom­bre hu­mano (era como el de un gorila), pero ya podía caminar erguido y gra­cias a ello fabri­car herramientas. La cultura es la dife­rencia fun­damental, más que el aprendizaje y la comunicación. Por ejemplo los primates aprenden con la experiencia y la comuni­can (con el ejemplo): los macacos japo­neses y, sobre todo, los chimpancés son muy inteligentes en este sentido. Pero )es esto un inicio de la cultura? Un crite­rio es­tricto debiera re­du­cir el concepto de cultura a lo que dife­ren­cia al hombre de los animales, como el aprendizaje, la previ­sión, el espíritu de aventura... El hom­bre se adapta al medio, no biológicamente sino culturalmen­te.
Otras teorías estiman que aun es mayor el cerebro de las ballenas o el de los elefantes, y que proporcionalmente al cuerpo también es mayor el cerebro de algunas especies de cuervos y monos, pero que el cerebro humano es más eficaz. Según el psicólogo Nicholas Mackintosh, de la Universidad de Cambridge, el cerebro humano se desarrolló hace 100.000 años y los avances tecnológicos hace sólo unos 50.000; siguiendo la teoría de Darwin, hubo un proceso de selección sexual a favor de los humanos con cabeza y cerebro más grandes porque serían más atractivos para el sexo opuesto, como el caso de la cola del pavo real. Esta selección produjo un cambio evolutivo que preparó el triunfo de la inteligencia.
En suma, las dos cau­sas principa­les de la evo­lución humana han sido un avance físi­co, el ca­minar erguido (ser bípe­do), y un avance cultural, la organización social. Estos dos factores han actuado como causa, y no como efecto, so­bre la evolución de la inteligencia.
El orden de los primates y sus familias hominoideas.
El orden de los primates se caracteriza por ser mamíferos placentarios, con extremidades pentadáctiles largas, muñeca oponible, hemisferios cerebrales bien desarrollados y ojos en posición delantera.
Dentro de los primates encontramos dos sub­categorías: los pro­simios (entre ellos los lémures) y los si­mios.
Los simios (o antropoides) se diferencian en dos subcate­go­rías: platirri­nos y catirrinos.
Entre los catirrinos hay varios grupos: los cercopitecos y el más desarrollado de los hominoideos (hominoides, an­tropo­mor­fos o seres con forma humana, del grie­go ho­mo, hom­bre, y ei­dos, for­ma), compuesto de dos fa­milias de simios antropoi­deos (los hilobáti­dos y lo póngidos) y la fami­lia de los homí­nidos (con capa­cidades de postu­ra­ er­guida, re­flexio­nar y crear ins­tru­men­tos).
Tenemos pues una sucesión de primate, simio, catirrino, hominoideo y homínido, hasta llegar al hombre.
El árbol de la evolución.
La comparación con los póngidos.
Muchos auto­res, por falta de formación taxonómica, confun­den estas fami­lias y llegan a considerar que todos los gran­des an­tro­poideos del Mio­ceno y Plio­ceno, in­clu­yen­do los australopi­tecos y los ante­pasa­dos de los homíni­dos, per­tene­cen a la fa­milia de los póngi­dos. En rea­lidad los póngidos son sólo una familia más de los primates antropo­mor­fos, en la cual hoy se ha­llan el go­rila y el chimpancé en África y el oran­gután en Asia y no tie­ne una re­lación filogenética directa con el hom­bre (que se dis­tin­gue porque tiene racioci­nio), aunque sí afi­nidad. Parece seguro que ambos, póngidos y homínidos, proce­den de un antepasado común, y además, podemos estudiar a este ante­pasado por la comparación de los rasgos comunes de póngidos y homíni­dos, pues la afi­nidad de los póngidos y los homínidos lle­va a es­tu­diar su semejanza en la estructura del crá­neo, los dien­tes y el es­que­leto postcraneal, para conocer el proceso de homini­za­ción. La teoría de Richmond y Strait (1980) afirma que los humanos procedemos de un simio que andaba sobre los nudillos, como hacen hoy los chimpancés y gorilas de África.
Los factores de la diferenciación de los hominoideos.
Hace unos 40 a 30 millones de años aparecieron sobre la Tierra los antropoides, que se divi­dieron en familias, de los que han sub­sistido dos de simios: los simios hilobátidos (gibo­nes de Asia) y los simios póngidos (go­rilas, chimpancés, oran­gu­ta­nes, bono­bos... casi todos diferen­ciados entre sí hace sólo 100.000 años) y una familia de homíni­dos (de los que des­cendemos los seres huma­nos actua­les, también hace unos 100.000 a 35.000 años).
Estas tres familias de dife­renciación en los hominoideos se lograron por tres vías para la adapta­ción al medio: vida arbó­rea (drio­pitecos y pro­cónsules), arbó­rea-terrestre (oreopi­te­cos) y terrestre (an­tepa­sados de los austra­lopitecos y homí­ni­dos). ¿Cómo se formó la rama terrestre? Es in­dudable que el gru­po terrestre pro­cede de uno de los otros dos grupos (el ar­bóreo o el arbóreo-te­rres­tre), pues en su estruc­tura corporal hay pruebas de su le­ja­na adap­ta­ción para trepar y pre­sionar las ramas.
El factor principal de surgimiento del fenómeno ortógrado (caminar bípedo) fue la adaptación a un medio natural diferen­te: más seco, de sabana, menos arbóreo, con nuevos enemigos carní­vo­ros y nuevas presas. Al parecer, algu­nos an­tropoides del Mioce­no Su­perior y Plioceno Infe­rior, bien adap­tados a la vida arbó­rea, se adapta­ron a la vida en el suelo cuando el clima cambió y se hizo más seco o en el límite del bosque, con una amplia­ción de la pelvis ósea que permitió la marcha bípeda. Fue un proceso complejo y varia­ble. La vida en el suelo fue un avance decisi­vo: se gasta cua­tro veces menos energía y hay me­nos acciden­tes La posición alta de la cabeza, junto a la vista bino­cu­lar y cromá­tica, favorecía la mayor seguridad de los an­tro­poi­des, y la se­lección natural mantuvo estos rasgos. La de­fensa instin­tiva con palos, huesos y piedras usados con las manos libres fue el si­guien­te paso.
Hu­bo, al mismo tiempo que se pa­saba de la vida arbórea a la te­rrestre, un cambio en los ins­tintos al pasar de una ali­menta­ción vegetal a una animal, lo que estimuló la vida grega­ria, para atacar y defenderse. Se intensificó así la organiza­ción social.
Richard Leakey explica que el bipedismo empujó el crecimiento del cerebro y nos hizo humanos, a lo largo de un proceso de unos 5 millones de años. La encefalización exagerada fue un reto evolutivo de doble espectro. Primero, porque no obligó a nacer inmaduros más de un año antes de que el cerebro alcanzara su tamaño final para poder atravesar la pelvis. La crianza entonces se ralentizó, atando las madres a su prole y favoreciendo la formación de grupos. Las herramientas dejaron de ser oportunistas para adquirir diseño y convertirse en verdaderas esculturas. El segundo reto fue mantener un órgano demasiado costoso, pues el cerebro representa el 2% de nuestro peso y consume el 20% de la energía; de ahí que alternásemos la condición de carroñeros con la de cazadores y recolectores.
Meave Leakey, esposa del anterior, explica la importancia esencial del bipedismo:
‹‹(...) Pero para mí el hecho de ser bípedos es el origen de todo lo demás. Porque cuando eres bípedo dejas libres las manos. Cuando liberas las manos de la necesidad locomotriz, desarrollas destreza manual; bueno, al principio sólo las usas para recoger frutas y demás, pero después desarrollas una fineza manual notable. Y cuando tienes esa fineza manual eres capaz de hacer cosas que otros animales no pueden hacer; porque sus manos están dedicadas a subir a los árboles o a corres más deprisa. Y entonces con esa destreza puedes alimentarte mejor; y al alimentarte mejor crece tu cerebro, porque el cerebro para crecer necesita muchas proteínas. Y el ser humano sólo tiene un gran cerebro en los últimos años, desde hace apenas unos pocos cientos de miles de años. Pera mí, ser nosotros empieza definitivamente en el Homo erectus, es decir, en el bipedismo, hace 1,6 millones de años.››
Evolución desde el gibón al hombre.
Los factores de extinción.
Las distintas especies de los primeros hominoideos evolu­cio­na­ron en esta direc­ción, pero sólo los aus­tralo­pi­te­cos pu­dieron sobrevi­vir a los facto­res de ex­tinción: cambios cli­máti­cos, las ham­brunas, la baja natali­dad, la pre­sión de los ani­ma­les carnívoros y la com­peti­ción de otros grupos de antropoi­des. Cuando un grupo no conseguía superar estos problemas y alcanzar un índice suficiente de fecundidad entonces entra­ba en crisis y desapa­recía a largo plazo.
De hecho, se calcula que el 95% de las especies biológicas se han extinguido: la extin­ción es la regla y la evolución es la excepción. Han per­sistido las espe­cies que, gracias a muta­cio­nes eficientes y el azar, han supe­rado múltiples proble­mas am­bientales y han podido re­produ­cirse con éxito (que los naci­mientos superen los falle­cimien­tos). En este sentido, en los grupos de hominoideos la edad máxima lindaba los 30 años y las hembras debían tener prole muy pronto para mante­ner la pobla­ción del grupo y evitar que se extinguiera. Sólo en el Paleolí­tico Supe­rior, hace unos 15.000 años, la probabilidad de super­viven­cia mejoró.
Dentro de las numerosas variantes de la evolución, la ma­yoría de las ramas desaparecieron. La cau­sa del éxi­to de super­viven­cia de algunos grupos de austra­lopite­cos fue que de­sarro­llaron la pro­ducción de herra­mientas de piedra (y segu­ramente de made­ra), en vez de su sim­ple uso.

UNA PERIODIZACIÓN.
Los últimos estudios coinciden en considerar a los Austra­lopitecos como los hominoideos más antiguos, aparecidos hace 5-3 millones de años. Les seguiría una rama de homínidos, formada a partir de uno o varios de los grupos de australopite­cos, aunque se cree que por su parte no hubo una sucesión di­rec­ta entre Homo habi­lis, Homo erectus, Homo sapiens (Neandertal) y Homo sapiens sapiens (Cromagnon), aunque estos grupos son mues­tras de una continua evolución que aún no ha sido completa­mente des­cubier­ta.
Esta propuesta de periodización es sólo aproximada y plau­sible, y está sometida a los constantes descubrimientos de la antropología, que varían las fechas. En cambio, el orden de sucesión es muy fiable.
Hace unos 40-30 millones de años: la diferenciación en antropoideos.
Hace unos 14-12 millones de años: la diferenciación en simios que descienden de los árboles.
Hace unos 6-5 millones de años: la diferenciación de los antropoi­deos en las familias de póngidos y los primeros hominoideos: Aus­tralopithecus (5-2 millones de años).
En el Paleolítico inferior:
- 2,5-1 millones de años: conviven los Australopi­the­cus con la aparición del primer homínido, el Homo habilis (2,5-1,6 millones de años), seguido por el Homo ergas­ter (2-1,5 millones de años).
- 1,8 millón de años-50.000 años: Homo erectus.
- 1,2 a 0,8 millones de años: Homo antecessor.
En el Paleolítico medio (100.000-30.000 años): Homo sapiens (Neandertal).
En el Paleolítico superior (160.000-40.000 años): Homo sapiens sapiens (Cromagnon).
2.1. LOS PRIMEROS HOMINOIDEOS. ÁFRICA.
LOS PRIMEROS HOMINOIDEOS.
En 1999 se reveló el descubrimiento en Myanmar (Birmania) de un antropoide de hace 40 millones de años, una especie llamada Bahinia pondaungensis, lo que sugiere que los antepasados del hombre pudieron aparecer en Asia y después se trasladaron a África.
Procónsul.




­Los primeros ejem­plares conocidos de homi­noideos se han encon­trado en África y eran distintos de los si­mios y de los hombres. El primer hominoideo fósil es del género Procónsul (24-5 millones de años), a­dapta­do a la vida arbórea, con es­que­letos indeferenciados, sin los rasgos de adaptación que tie­nen los simios posteriores.
Hace unos 22 millones de años hubo una explosión de especies de simios. Un ejemplo de hace 15 millones de años es el Equatorius africanus —descubierto en las colinas Tugen (centro de Kenia) en 1999 por el equipo Steve Ward, de la Universidad de Ohio y otro de la Universidad de Yale—, que rastreaba tanto el suelo como los árboles en busca de comida. Fue probablemente uno de los antecesores del Kenyapiyhecus.
El kenyapithecus.
Hubo hace unos 14 millones de años una extraordinaria proliferación de simios en gran parte del mundo intertropical, desde Alemania a India y China, con numerosas especies locales, varias de las cuales descienden de los árboles, de la que se han encontrado restos en Africa y Turquía. Sustituyeron a las numerosas especies de simios anteriores, que desaparecieron, y a su vez fueron un eslabón perdido que también desapa­reció. Los simios y los hombres no habían separado todavía sus caminos evolutivos.
Su principal representante es el hominoideo Ken­ya­pithecus, muy parecido a los grandes simios actuales, en el que aparecen por primera vez, hace unos 15-12 millones de años, rasgos de adaptación en los dientes (esmalte dental grueso) y los huesos de las extremidades (nudillos para andar sobre las manos). Se distinguen el Kenyapiyhecus africanus, el más numeroso, y el Kenyapiyhecus wickeri, que según Ward es el tronco de partida de la siguiente evolución, siendo ambos un probable puente hacia los antecesores directos de los homínidos.
El Ramapithecus y el Siva­pit­hecus. Asia.


Fuera de África se conocen en Asia los Ramapithecus y los Siva­pit­hecus, con una antigüedad de 13-11 millones de años. Algunos antropólogos creían que el sistema dentario del Rama­pithecus era humano y ello habría probado que la divergencia simio/hom­bre ocurrió hace 14 millones de años.
Pero los estu­dios genéticos lo han desmentido. Asi­mismo se han encontrados prue­bas de que el Ra­mapit­hecus y el Si­va­pit­he­cus se diferen­cian sólo por el tamaño, com­parten ca­rac­te­rísti­cas del Kenya­pithecus y se relacionan en exclusiva con el oran­gután, siendo este fue el primero en separarse de la agru­pación gene­ral de los hominoideos.
Un desconocido antepasado común.
La genética histórica permite estudiar la evolución de los orga­nis­mos que han evolucionado de un antepasado co­mún, basán­dose en el principio de que son más dis­tin­tos gené­tica­mente a mayor tiempo. Se sabe que los grandes si­mios actua­les tienen una estructura genética casi idéntica a la hu­mana: el hombre y el chimpancé tienen en común el 99% de su genoma y su separa­ción ocu­rrió hace tan sólo 6-5 millones de años.
 No se ha hallado el antepa­sado que hace unos 6-5 millones de años fue común a los póngidos y los homínidos, pero se cree que vi­vió en hábitats de bosque abierto o en la sabana arbolada de las zonas tropicales africanas. Tenía un tamaño medio, en el suelo se mantenía a cuatro patas y ocasio­nalmente de pie, to­talmente recubierto de pelo pero sin cola, con cara pe­queña, ojos grandes y mirada fija, nariz aplastada y hacia arriba, mandíbulas fuertes. No es probable que se encuen­tren restos suyos porque su número fue escaso y vivió un tiempo relativa­men­te corto. Modificaciones rápidas y fundamentales en la ana­tomía de las caderas y de los pies permitieron mantenerse de pie y andar sobre los dos pies a los primeros y en relación con esto aumentó el tamaño del cerebro y la mandíbula se estilizó.
Las investigaciones progresan rápida y enormemente. En 1994 había sólo tres géneros: homo, paranthropus y australopithecus. En 2001 ya había seis géneros, al añadir: ardipithecus, orrorin, kenyatrhopus, y en 2002 se añadió el controvertido Sahelanthropus tchadensis.
Posibles ancestros.

El cráneo de Toumaï.
El cráneo del denominado “Toumaï” o Sahelanthropus tchadensis se data hacia 7-6 millones de años. Fue descubierto en Toumaï (Chad) y publicado en julio de 2002 por el paleontólogo francés Michel Brunet, de la Universidad,  que aseguró que muestra señales humanoides: “No afirmo que fuera bípedo, porque no tenemos huesos de los miembros, pero sí que, a la vista de los indicios, como la posición del reborde interior del occipital por donde sale la médula espinal no estaré sorprendido si se demuestra que lo era”. En la revista “Nature” (X-2002), un equipo de antropólogos y paleontólogos norteamericanos y franceses puso en duda que fuera humanoide y apuntaron que pertenece a un mono, ancestro común a los chimpancés, los gorilas o a ambos, y que los dientes del cráneo, por el desgaste y el tamaño, parecen de un mono hembra.
En 2000 los paleontólogos Martin Pickford (Kenia) y Brigitte Senun (Francia) hallaron en Tugen Hills (región de Baringo, Kenia) un ancestro humano de 6 millones de años, el Millenium man u Orrorin Tugenensis, 1,6 millones de años anterior al ramidus. Cinco individuos, del tamaño de un chimpancé, bípedos que podían colgarse de los árboles, que comparten con el hombre unos caninos que ya eran pequeños. Puede ser un eslabón importante en la evolución.
En 1998 se difundió el hallazgo en una cueva de Silberberg Sterkfontein (oeste de Johannesburgo) de un esqueleto casi entero de un homínido Australopithecus por un equipo dirigido por Ron Clarke, de la universidad sudafricana de Witwatersrand. Su cráneo había sido hallado c. 1970, fichado como simio y datado en 3 o 3,3 millones de años, pero Clarke lo encontró en una caja en 1994, y en 1998 lo reclasificó y redató, primero en 3,58 millones de años y después en 4,17 millones de años. Gran parte del esqueleto continúa aún en la roca.
Se le llama “pie pequeño” (little foot). Es un homínido que cubre un amplio agujero temporal en el árbol evolutivo y su esqueleto está casi entero (cráneo, pies). Parece una criatura de 1,21 metros de altura, que podía saltar de los árboles, en un entorno boscoso y vivía como un chimpancé. Pudo caer en la cueva desde una altura de 15 metros.
LOS AUSTRALOPITECOS.


Los arqueólogos y paleoantropólogos que investigan en África Oriental en­tre los que han sobresalido los miembros de la familia Leakey, formada por el matrimonio Louis y Mary, el hijo Richard y su esposa Maeve, y los hijos de esta pareja, Philip y Louise, han encon­trado restos de los más antiguos ancestros conocidos del hom­bre. Se han identificado cientos de asentamientos paleolíticos por toda África, aunque sólo unos pocos han sido estudiados con profundidad. Se ha utilizado el método de datación del potasio-argón en África Oriental para determinar la cronología estos restos fósiles de hominoideos y de útiles líticos hallados en la garganta de Oldu­vai (próxima al lago Victo­ria), en Tanzania, y en Hadar (Etio­pía).



En el periodo geo­lógico del Mioceno medio y reciente (en­tre 16 y 5 millones de años) se identifican numerosos grupos de gran­des primates en África Oriental y del Sur, muchos de los cuales se extinguieron sin descendencia, mientras que otros han sido considerados an­cestros de los grupos principales de los prima­tes de la actuali­dad.
En el Plioceno, hacia 5-1,9 millones de años, los gran­des pri­mates africanos desarrollaron una lenta hominización, con un grupo excepcional, el de los Australopithecus (“simio meridio­nal”), de los que se han encontrado varios tipos: ramidus, ana­mensis, bah­relghaza­lia, afaren­sis, africa­nus, boisei y robus­tus.
Fueron los Aus­tra­lopit­hecus, con mucha probabilidad, quie­nes dieron paso al pri­mer hom­bre, el Homo habilis. No hay que entender a los au­tralopite­cos como eslabo­nes de una evolución continua, pues aunque pro­cedieron de un antepasado común, pro­bablemente no tu­vieron una rela­ción filogenética di­recta entre sí. Pero si son represen­tantes de la evolu­ción hu­mana, en cons­tante adaptación al me­dio.
Hay una serie de problemas de terminología. Para algunos autores los aus­tra­lo­pitecos son homí­ni­dos, pues ca­mi­naban er­guidos; noso­tros, por contra, toda­vía les con­side­ra­mos homi­noi­deos, pues no hay to­davía pruebas de que pro­duje­ran instru­men­tos. Además, muchos autores en la actuali­dad diferencian los aus­tralo­pite­cos en géneros (ardipitecos, australopitecos, pa­rantropos y homos): habría un ar­di­pithecus ramidus, del que pro­ce­dede­rían los aus­tralopithecus anamensis, bah­relghaza­lia, afa­ren­sis y africa­nus, y los paran­thropus aethio­picus del que pro­cederían el boisei y el ro­bus­tus. Por mi parte, sigo llamando australopitecos a todos estos, mien­tras no haya un consenso definitivo en la antropología científica.
Hace unos 4 millones de años había dos especies, los aus­tra­lopit­hecus ramidus (probablemente no bípedos) y aus­tra­lopit­hecus anamensis (bípedos).
La gran diversificación en tipos se produjo hace 3-1,5 millones de años: al convertirse el aus­tra­lopit­hecus afarensis en bípedo pudo vivir y pros­perar en un nuevo medio natural, la sabana, y esa novedad siem­pre favorece en los seres vivos la diversifica­ción.
Los Leakey (Louis, Mary, Richard y Meave) consideran que en la base hubo un predecesor desco­nocido, hace 5 millones de años, que hubo un Homo todavía desco­nocido hace 3 millones de años, origi­nando el Homo habilis y el Homo erectus. La línea de los aus­tralopitecos, sería una vía sin salida, con la sucesión de aus­tralopithecus afri­canus y aus­tralopithecus robustus-boisei. Su teoría ha sido muy criticada, porque no hay pruebas de que hubiera un Homo tan antiguo, mientras que sí las hay de los australopitecos.
En cambio, Johanson y White, cuya tesis es la más acepta­da, con­side­ran que el autralopithecus ramidus está en la base de la evolu­ción, que pasó por el ti­po autralopithecus afa­rensis (el primer bípedo conocido) y desem­bocó en el Homo habilis y luego el Homo erectus. Esla­bones sin salida se­rían el autralopithecus boisei y la línea autralopithecus afri­canus-robus­tus.

Australopithecus (o ardipithecus) kadabba.
El Australopithecus kadabba.


El Australopithecus (o ardipithecus) kadabba es un descubrimiento de dos paleoantrópologos, el norteamericano Tim Whi­te, de la Universidad de Berkeley, California, y el etíope Yohannes Haile-Selassie, del Museo de Historia Natural de Cleveland, en la región de Asa Koma en Etiopía, en 2003. Son seis dientes fósiles con rasgos humanos y simiescos, de homínidos de 5,8-5,2 millones de años, poco después de la separación de la línea evolutiva humana de la de los chimpancés. Los caninos son grandes y muy afilados, propios de los monos. Los dos descubridores hacen más hincapié en la dentición que en la locomoción bípeda para caracterizar a los primeros humanos.
Australopithecus (o ardipithecus) ramidus.
El Australopithecus (o ardipithecus) ramidus vivió hace 4,5 millones de años, lo que le convierte en uno de los humanoides más antiguos conocido. Fue descubierto en las excavaciones de Aramis, en el de­sierto de Afar en Etiopía, por Tim Whi­te, Suwa y Berhane Asfaw, en 1992-1993, aunque fue comunicado ya entrado el año 1994. El esqueleto más completo, el de la hembra ‘Ardi’, fue publicado en 2009.
La hembra ‘Ardi’, una Ardipithecus ramidus (publicada en 2009).
Su me­dio natu­ral era el bosque más que la sa­bana y esto es una contradicción con la teoría de que los homínidos evolucionaron a partir de un entorno de sabana abierta. Los restos hallados junto al ramidus, de frutas y semillas fosilizadas, además de fauna, ponen de manifiesto un ambiente boscoso, lo que parece indicar que la evolución se inició en el bosque y que después se asentaron en la sabana o que el bosque cambió. Pero un descubrimiento, publicado en 2005, en Gona (Afar), de restos de 4,5 millones de años de nueve individuos del ramidus, prueba que la evolución se produjo desde el principio en un contexto de sabana y estuvo vinculada al bipedismo, aunque se pasaban buena parte del tiempo en los árboles, como indican sus desarrollados brazos.
Tiene un cerebro pequeño, y un tamaño de cuerpo semejante al del chimpancé pigmeo. No se sabe con seguridad si ca­minaba er­guido, aunque sí lo sugiere el orificio de la médula espinal en la base del crá­neo. Los dientes de los ca­ninos y mo­lares son pequeños y bajos; estos caninos pequeños son una característica importante de proximidad con los humanos. Los huesos del bra­zo (forma del codo) están muy evolu­cionados.
White y Johanson le llaman ardipithecus, para dife­renciar­lo de los australopithecus, de los que sería el antece­sor di­recto, con dos líneas: la del afarensis que desembocaría en el Paranthropus, y la del anamensis que lleva­ría al Homo.
Australopithecus anamensis.
El Australopithecus anamensis vivió hace 4,2 millones de años. Se des­cu­brieron 25 individuos por Meave Leakey en el lago Tur­ka­na en el norte de Kenia, siendo publicado en 1995. La tibia encon­trada, lar­ga para un andar bípedo, indica que anda­ba erguido, lo que prueba que la forma de andar a dos patas se produjo en torno a medio mi­llón de años antes de lo que se creía. Parece que la homini­za­ción no comenzó con el uso de ins­trumentos sino con la posi­ción erguida, que permitió y a la vez obligó a los indivi­duos a ob­servar más y mejor su entorno y precipitó el desarro­llo de su inteligencia.
Sería el eslabón entre el ramidus y las dos líneas del africanus (sin salida) y el Homo habilis.
Australopithecus bah­relghaza­li.
El Australopithecus bah­relghaza­li fue ha­llado por Michel Bru­net, jefe del equipo de pa­leontó­logos fran­ceses, en el de­sierto de África cen­tral, en el Chad, en 1996. Hay una mandíbula infe­rior y un canino de hace 3,5 millones de años (la mis­ma anti­güedad de ‘Lucy’), con ca­rac­te­rísticas tan dife­rentes a las ante­riores que la ha­cen una nueva especie­, aunque algunos creen que es un tipo afarensis.
No se conoce su relación con los otros australopitecos.
Australopithecus afarensis.


El Australopithecus afarensis.




El Australopithecus afarensis vivió hace 3,6 millones de años (po­si­ble­mente perduró entre los 3,6 y 2,9 millones de años). El más famoso ejem­plar es la hembra ‘Lucy’ y fue descubierto por Donald Johanson en Afar, Etiopía, en 1974 y presentado en 1976. Es un esqueleto casi completo de 3,2 millones de años. Es el primer bípedo de caminar ergui­do cono­cido, aun­que ca­mi­naba de modo diferen­te a los humanos, con una adap­tación para tre­par a los árbo­les, un es­que­leto postcraneal; su cerebro tenía el tamaño de un chimpancé, no creaba instrumentos de piedra y carecía de lenguaje; medía poco más de un 1 metro y pesaba unos 30 kilos. Los machos de la especie son mayores.
Se conservan 30 hue­llas del cami­nar (las primeras bípedas) de esta especie, descubier­tas por Mary Leakey en Laetoli (Tan­zania) en 1976 y publicadas en 1979, de dos adultos  de 1,4 millones de años, de 1,1 o 1,2 metros de altura y un peso de 27 kilos) y un niño, que pisaban las cenizas del volcán Sadimán. Como los ante­rio­res, su cerebro era de 300-400 cm;.
Según Johanson y White es proba­ble que se originase en el ardi­pithecus ramidus y que sea el ancestro de las espe­cies pos­te­rio­res. En cambio, según Berger y McHenry, sería una rama sin salida, un “hermano” de otra especie que sí sería ascendiente nuestro.

Mapa de la evolución a partir del Australopithecus afarensis.
Australopithecus africanus.
El Australopithecus africanus, hace 3,5 millones de años, perdu­ran­do hasta los 2. En Olduwai parece estar asociado a una in­dus­tria lítica de guijarros o cantos toscamente trabajados (2,6 millones de años), pero algu­nos investigadores la atribuyen al Homo habi­lis. Tiene una cara robusta, inclinada hacia delante (frente retraída, boca sobresaliente) con dien­tes molares más gran­des. Cerebro de 400-500 cm; (el cerebro del hombre actual es dos veces más grande respecto al cuerpo que el de este antepasado). Cuenta con una altura de 1 metro, brazos de sólo 1/4 parte del hombre ac­tual, siendo la rapidez del alargamiento de los brazos fue la característica más importante en la evolución inmediatamente posterior.
Se cree que desciende del anamensis.
Uno de sus principales restos es el cráneo del ‘niño de Taung’, de 2-2,5 millones de años, hallado por Raymond Dart en Sudáfrica en 1925 y considerado entonces el primer “hombre-mono” y el inicio de la paleontología moderna. Tenía unos 3 o 4 años de edad cuando murió, un cerebro del tamaño de un chimpancé y era bípedo de acuerdo a la forma de la base del cráneo y el ángulo en que encajaría en la columna vertebral.
Australopithecus garhi.
El Australopithecus garhi fue descubierto por White y Asfaw en Awash (Etiopía). Vivió hace 2,5 millones de años y tenía un cerebro unas tres veces más pequeño que el actual. Su estatura era de 1,20 metros y caminaba erguido en ocasiones. Se cree que usaba instrumentos de piedra para despiezar animales, porque junto a él se han hallado huesos con señales de piedras, y a unos 70 km hay un yacimiento, de la misma época, con 3.000 herramientas de piedra de 2,6 millones de años, sin ningún homínido asociado al lugar. El uso de estos instrumentos le permitió obtener un recurso energético de gran valor, en forma de carne y médula ósea, que le habría ayudado a expander su cerebro.
Australopithecus (o Paranthropus) aethiopicus.
La línea de los Paranthropus se ha descubierto hace poco. Todavía se consideran por la mayoría de los autores como dentro del grupo de los australopitecos, pero gana fuerza la tesis de que son una línea distinta e independiente, originada a partir del Aus­tralopithecus afarensis. Comienza con el Paranthropus aethiopicus, que vivió cerca del lago Turkana (Kenia), hace 2,5 millones de años. Desarrolla un impresionante aparato masticador, con grandes muelas para procesar alimentos vegetales muy energéti­cos, pero al mismo tiempo duros. La mandíbula y los huesos de la cara son muy fuertes y grandes.
Dará origen a dos especies todavía más especializadas, el Australopithecus boi­sei y el Australopithecus robustus.
Australopithecus (o Paranthropus) boisei.


El Australopithecus boisei. [http://www.metafilosofia.net/paleo/html/boisei.htm]

El Australopithecus boisei vivió hace 2,1-1,2 millones de años, en el Áfri­ca Oriental, emparentado con el “robustus”. El paranthropus boi­sei (o­rigi­nalmente llamado zi­jnanthro­pus boi­sei, luego Australopithecus y ahora también Paranthropus), tenía un rela­tivo gran tama­ño, bipe­dismo, mandí­bulas enormes apropia­das para masti­car vegeta­les duros, pero con ce­re­bro más pequeño (500 cm;) que el robustus.
El primer resto descubierto, llamado ‘Cascanueces’ y datado en 1,5-2 millones de años, fue descubierto por Mary Leakey en Olduvai y presentado por Louis Leakey en 1959 como zi­jnanthro­pus, dándole este apodo por su poderosa mandíbula.
Una novedad desta­cable es la posibilidad (Wood, 1997) de que los primeros útiles cono­ci­dos, hace 2,6 millones de años, per­te­nezcan a este hominoideo aunque sería un pri­mo lejano del hom­bre, una de las ex­tintas ramas colaterales. Son unas rocas vol­cánicas talladas para con­seguir filos, muy pare­cidas a los ins­trumentos Oldowan, la más antigua industria lí­tica (2,6-1,6 millones de años), an­terior a la ache­lense aso­ciada al homo erectus.
Australopithecus robustus.


El Australopithecus robustus.

El Australopithecus (o Paranthropus) robustus vivió hace 2,1-1,2 millones de años, en Suráfrica. Destaca por su perfil cóncavo, mandíbulas fuer­tes, arru­gas en la frente, cres­ta ósea en el cráneo, músculos fuertes y el ce­rebro más grande del gru­po de los australopite­cos (más de 500 cm;). Los descubrimientos más importantes se hicieron en Drimolen (Suráfrica), en 1992-2000, con restos de unos 80 individuos. Sus restos se hallan en cuevas que servían de madrigueras para las fieras que los devoraban.

El Australopithecus sediba es un descubrimiento en 2008 del equipo de Lee R. Berger, en Malapa, a 40 km de Johannesburgo (Sudáfrica). Comenzó con dos esqueletos parciales con restos de masa encefálica en descomposición momificada y se han ampliado los hallazgos a más individuos. Se le relaciona con el género Homo temprano y se le data en c. 2 millones de años de antigüedad, así que podría ser una transición entre el Australopithecus africanus y el Homo habilisMedía 1,27 metros de altura, la hembra pesaba unos 33 kilos, su cerebro era muy pequeño, tenía brazos muy largos, propios de los australopitecos como ‘Lucy’, pero con una cara muy avanzada, con una nariz y dientes pequeños, una pelvis que le permitía caminar erguido y piernas largas.
2.2. LOS PRIMEROS HOMÍNIDOS.
Llamamos homínidos a los eslabones posteriores a los au­tralopitecos que se caracterizan por dos grandes avances: la posi­ción erecta y la fabricación de instru­mentos. Algunos auto­res consideran que comienza con el Homo habilis (Johanson) y otros con el Homo erectus, y en 2013 incluso se ha propuesto que el Homo habilis es en realidad un Homo erectus. No sabemos con certeza si hubo una relación fi­logenética en­tre ellos.
La ordenación en categorías de Linné identi­fica una espe­cie cuando no hay transmisión genética con otra espe­cie, pero ese criterio no se puede aplicar inmediatamente a los fó­siles, pues desconocemos si cabía el intercambio genético entre el Homo habilis y otros. Esto implica un gran deba­te. Una escuela diferencia sólo dos es­pecies: Homo habilis y Homo sa­piens, mien­tras que otra escuela diferencia hasta ocho espe­cies, desde el Homo habilis hasta el Homo sapiens sapiens­.
           
HOMO HABILIS.
Homo habilis, Homo rudolfensis, Homo ergaster.
El Homo habilis vivió hace entre 2,5 y 1,6 millones de años. Louis y Mary Leaky en­contraron la mandíbula de ‘Dear Boy’ en Olduvai (1964), asociado a las primeras herramientas y considerándolo el primer miembro del género Homo. Para algunos el Homo proce­de del Australopithecus y para otros pro­cede de un antepa­sado común. El Homo habilis vivió sólo en África y no se han encontra­do restos de una especie de características si­mila­res en otros continentes.




Es el primer Homo cono­ci­do. Las adquisiciones fundamen­ta­les son la posi­ción erecta y la fabricación de ins­tru­mentos. Los primeros instrumentos líticos conocidos tienen 2,6 a 2,5 millones de años, pero es probable que los de madera fueran muy ante­riores.
Es dis­tin­to de los australopi­tecos por sus cráneos, ca­de­ras y pier­nas. Tenía algo más de 1,5 millones de altura, un peso inferior a 45 kg, un ce­rebro más grande (650-800 cm;), crá­neo re­dondo y cara per­fec­tamen­te hu­mana, con pelvis y cadera ya simi­lares a las humanas. Los aus­tralopit­he­cus tenían el fémur más largo y el peso se re­partía de un modo dis­tinto y más efi­caz, pero la for­ma del Homo habilis le per­mitía parir niños con ce­rebro más grande.
Al parecer se produjo una radiación de especies coetáneas al Homo habilis: Homo rudolfensis, Homo ergaster, ambos tal vez inde­pendientes o, al contrario, tal vez derivadas de aquél. Pero estas especies han sido descubiertas hace muy poco, en los años 1990, y falta un estudio más completo y definitivo.
El Homo rudolfensis.




El Homo rudolfensis, de 1,8 millones de años, fue descubierto por Richard Leaky en 1973, apenas un cráneo bautizado como ‘1470’.
El Homo ergaster.



El Homo ergaster (‘hombre trabajador’) parece un eslabón importante entre el Homo habilis y el Homo erectus. Vi­vió en África (Kenia, Suráfrica) hace 2-1,5 millones de años, con una forma corpo­ral mo­derna, una estatura de 1,80 m, con cerebro más grande que el del Homo habilis y dominando la fa­bricación de instrumentos muy elaborados. Probablemente fue el primer homínido que salió de África, pero falta una confirma­ción científica. Según algunos autores sólo sería una forma de Homo erectus africano, para distinguirlo del Homo erectus asiá­tico, que tal vez sería anterior.
El reciente descubrimiento en 1998 en Etio­pía, por el equipo de Ernesto Abbate, de la Universidad de Floren­cia, de un Homo mezcla de Homo erectus y Homo sapiens, datado hace 1 millón de años, puede ayudar a cubrir la laguna antropogenética.
Nuevos descubrimientos en 2003 de Robert Blumenschine, de la Universidad Rutgers de New Brunswick (Nueva Jersey) y su equipo, apoyan la teoría de que el Homo habilis es un eslabón fundamental en la genealogía humana. Se basan en un hueso maxilar superior de 1,8 millones de años, hallado en Olduvai (Tanzania), que presenta rasgos intermedios entre el Homo habilis y el Homo rudolfensis, por lo que sugieren que este es sólo una variedad de Homo habilis y no una especie diferente.
HOMO ERECTUS.
El Homo erectus, descendiente del Homo habilis o del Homo ergaster, se data hacia 1,8 millones de años y es origina­rio de África. Fue el primer ho­mínido que indudablemente se extendió desde África a Asia y Europa. Se creía que había desa­parecido hacia 100.000 años, en compe­tencia con los coetáneos Homo sapiens y el más tardío Homo sa­piens sapiens, pero parece que logró sub­sistir en Asia hasta hace 53.000-27.000 años, coincidiendo con los Homo sapiens sa­piens, pero sin cruzarse con él.





Fémur de Homo erectus, con posición totalmente erguida.

El Homo erectus en África.
Entre los descubrimientos recientes más notables destaca el de un Homo erectus joven, el ‘niño de Turkana’ (de una edad cercana a los 12 años), de 1,6 millones de años, hallado por Richard Leakey en Turka­na (Kenia) en 1984 y comunicado en 1985. Su cerebro es de 880-1.250 cm;, muy pequeño para su gran tamaño y edad.
Hace 1,6 a 1,5 millones de años la selección cultural interviene junto a la natural para determinar la supervivencia de los gru­pos de Homo erectus: los que no son capaces de competir cultu­ralmente desapare­cen, aunque la salida de África de los grupos menos competitivos es la solución para estos. En realidad ha habido muchas emi­graciones, las más importantes hacia 1,5 millón, 1 millón y 500.000 años.
Desarrolla una técnica lítica avanzada, la Achelense tipo II, caracterizada por tres tipos de piezas bifaces: hachas en forma de lágrima, hendedores y picos.

El Homo erectus en Asia.
El Homo erectus en Asia vivió entre 1,7 y 0,4 millones de años. Apare­cie­ron sus restos en China y Asia sudoriental, pero se cree que procedía de África, desde donde se expansionó por Oriente Me­dio, Asia y Europa, hasta llegar al Lejano Oriente.
Se ha descubierto en 2000 en China que las más antiguas hachas de piedra datan de 800.000 años aC y corresponden a una técnica avanzada, similar pero diferente a la Achelense tipo II (en China todavía no se han hallado hachas en forma de lágrima). En África había este tipo en 1,4 millones de años y en Europa hace 0,5 millones de años, pero en Asia no se habían hallado restos de hachas, por lo que se pensaba que el Homo erectus asiático era menos hábil que el africano o que usaba materiales no fosilizables como madera o bambú. Este descubrimiento demuestra que había formas propias, lo que sugiere que hubo un desarrollo diferente, sin que hubiera una relación directa África-Asia.
Los restos del Homo erectus descubiertos por el médico holandés Eugene Dubois en Sangiran (Java) en 1891, los dató hacia 1 millón de años, pero fue rechazado por la comunidad científica y la religiosa. Su datación actual es de 1,7 millones de años.



Los restos del Homo erectus hallados en Yuangmou y Zhoukou­dian (Chi­na) y Sangiran (Java) muestran utensilios de piedra y posiblemente de carbón vege­tal así que dominaría ya el uso del fuego, aunque recientes inves­tigaciones en 1998 ponen en duda este hecho. Los sencillos hogares en este lugar repre­sentan el tes­timonio más antiguo del uso del fuego por seres humanos, al margen de esca­sos y contro­vertidos casos en África (Kenia hacia 1,5 millones de años; Gran Bretaña y China hacia 400.000 años). El fue­go fue uno de los inventos más importantes de la Prehis­toria, pero según Car­bonell se descu­brió y se perdió en varias ocasio­nes, desde su primera aparición hace 1,5 millones de años en Kenia hasta 50.000 aC, en que ya no hay dudas sobre su existencia continuada como acto cultural a escala global. Antes los homí­nidos africanos debían descansar en los árboles pero el dominio del fue­go per­mitió al hom­bre “ni­dificar” en el suelo y de­fenderse mejor de los predadores, que en su mayoría son nocturnos.
El homo erectus pekinensis o sinantropo, popularmente lla­mado ‘Hombre de Pe­kín’, fue descubierto en 1921, en la cue­va de Zhou­kou­dian (50 metros de espe­sor), por el padre Teil­hard de Char­din. Tie­ne una antigüe­dad de 460.000-230.000 aC. Las últimas data­cio­nes (1996) lo datan en 400.000 aC. Eran los primeros fósiles de homíni­dos des­cubiertos en Asia y se creía que habían coexistido con los hu­manos moder­nos, pero la nueva datación sugiere que la especie pudo desapa­recer antes de que surgiera el Homo sapiens sapiens (el hombre actual). Los restos están asociados a huesos de ani­males, úti­les líticos usados para cor­tar, raer, penetrar y hue­llas de ho­gares. La mayor parte de los huesos encontrados en la cueva fueron posi­blemente lle­vados allí por animales carní­vo­ros, se­guramente hienas. Pobla­ciones de este homí­nido quizá persistie­ran hasta unos 250.000 años en China, mucho más que en ninguna otra par­te. Se exten­dió por toda Asia: Tailan­dia, Viet­nam, Co­rea, etc., salvo Ja­pón. Vivía de la caza y re­colección.
Un descubrimiento en la datación de antiguos fósiles (Swisher y Curtis, 1996) ha permitido datar cro­no­lógicamente al Homo erec­tus de Java mucho más cerca de nosotros, entre el 53.000 y el 27.000, lo que significa que convivió durante un largo periodo con la especie humana actual, una sucesora direc­ta. De este modo, se desmiente la tesis de que el homo erecto fuese el antepasado de los actuales asiáticos. No hay una línea única que conduce a un camino de perfección, sino un arbusto ramificado lleno de varas secas.
El Homo erectus entre Asia y Europa.
Los fósiles humanos de Dmanisi, en Georgia, justo en la frontera del Cáucaso entre Asia y Europa, tienen 1,8 millones de años, según se publica en “Science” (X-2013). El cráneo 5 (se descubrió su mandíbula en 2000 y su cráneo en 2005) es el más interesante: un individuo de baja estatura (1,46 a 1,66 m), escaso peso (47 a 50 kilos) y un cerebro pequeño (450 cm³), rostro con prognatismo y muelas grandes, pero con proporciones modernas en sus brazos cortos y piernas largas para un andar claramente bípedo. Probablemente fueron cazados por depredadores (tigres de dientes de sable y guepardos gigantes) que arrastraron sus cuerpos a sus guaridas. Los científicos, dirigidos por David Lordkipanidze (director del Museo Nacional de Georgia), los bautizaron originariamente como Homo Georgicus pero ahora proponen que es el ya conocido Homo erectus y que esta especie engloba a varios especímenes que se suponían especies diferentes, como el Homo habilis y el Homo rudolfensis, por lo que habría un único linaje evolutivo del género Homo y nos varios como se pensaba. A lo más, habría variantes en la misma especie, siendo los homínidos de Dmanisi similares a la variante de Homo ergaster, lo que hace suponer que el Homo erectus africano, un australopiteco evolucionado, se expandió pronto fuera de África, en el Pleistoceno temprano. Los contrarios a esta polémica tesis aducen, como apunta Arsuaga, que ni siquiera hay seguridad que los cinco individuos de Dmanisi correspondan a una misma especie.

El Homo erectus en la Península Ibérica: el Homo ante­cessor.
El Homo erectus europeo aparece hacia 1,5 a 0,5 millones de años, con pruebas como el cuchillo de sílex descubierto en Atapuerca de hace 1,5 millones de años, o las hachas líticas del tipo Achelense II de hace 0,5 millones de años.
Para el estudio del Homo erectus en Europa nos cen­tramos en España, donde se han hecho los principales des­cubri­mien­tos. El Paleolítico Inferior (con sus res­tos culturales y huma­nos asociados) está bien representado en los yacimientos del Acula­dero (Puerto de Santa María, Cádiz), Orce (Granada) y es­pecial­mente en el de Atapuerca (Burgos), donde los continuos ha­llazgos desde los años 1980 anuncian una auténtica revolu­ción de los conocimientos existen­tes sobre la Prehisto­ria. Los arqueó­logos del CSIC Emiliano Aguirre (direc­tor del yaci­miento de Atapuerca en­tre 1976 y 1990), José María Bermúdez de Castro, Juan Luis Arsuaga, y Eudald Carbonell, en las cuevas de Elefante (utensilios de sílex de 1,5 a 1,25 millones de años, con un Homo antecessor de 1,2 millones de años descubierto en 2008), Gran Dolina (Homo antecessor de 800.000 años), Sima de los Hue­sos (pre-neandertales de 400.000 años) y Trin­chera-Ga­lería (300.000 años) para los más antiguos, mientras que Portalón y Mirador son del Neolítico y la edad del Bronce. Estos hallazgos lle­van la anti­güedad del hombre en Eu­ro­pa has­ta 1,5 millones de años (utensilios), y físicamente a los 0,8 millones de años (tres dientes y un frag­mento de man­dí­bu­la en TD6, en 1994), gracias a la com­proba­ción paleo­magné­tica de que los res­tos tie­nen más de 780.000 años, cuando cam­bió la orien­tación magnética de la Tie­rra por última vez. Ata­puerca, con 1.000 pie­zas, ha suministra­do el 80% de los fó­siles huma­nos en el mundo del Pleistoceno Medio (730.000 a 120.000 años), de pre-neandertales con crá­neos media­nos, con ele­vada capaci­dad craneal, con un cuer­po muy robusto (hasta 100 kilos, como demuestra la gran pelvis ‘Elvis’, de 300.000 años, publicada en mayo de 1999), de estatu­ra me­dia (1,75 metros), con una tipolo­gía medite­rránea grácil. Podían vivir unos 50 o más años. Seguramente desaparecieron debido a la superioridad social de los Homo sapiens sapiens. Según Arsuaga los neandertales y los sapiens eran especies distintas, no emparejables; en cambio, para María Amor Beguiristain eran una especie única, la Homo, aunque había diferentes morfoespecies, con apariencias físicas bastante distintas, pero que podrían tener descendencia común.


Una simulación de las principales rutas de expansión desde África. [http://paleoantropologiahoy.blogspot.com.es/2013/02/llegada-europa-del-homo-sapiens.html]

¿Por dónde pasaron los homínidos, sea el Homo erec­tus o el Homo ergaster, a Europa hace 1,5-1 millones de años? ¿Por Asia Me­nor o por Gibral­tar? Carbonell cree que por la pri­mera, por­que el estre­cho era dema­siado difícil, y es seguro que el Homo erectus estaba en el Cáucaso hace 1 millón de años, por lo que las nuevas poblaciones vendrían des­de el Este de Euro­pa a tra­vés del largo arco del Mediterrá­neo orien­tal. En cambio, To­bias cree que lle­garon tam­bién por Gi­bral­tar, en base a los res­tos de Orce des­cubier­tos por Gi­bert y que el hombre po­día supe­rar esa dis­tan­cia, pe­ro es la tesis más improbable.
En todo caso, aparece lo que se cree (pues hay pocos restos para estar segu­ros) era un tipo de Homo erectus en Eu­ropa hace 1 millón de años, en el Paleolítico Inferior, siendo el primer homí­nido europeo co­nocido. Hay sólo pruebas líticas antes de 1 millón de años, pero des­pués abundan en España los restos humanos entre 800.000-400.000 años. Los ins­trumentos de pie­dra son primiti­vos, de cantos rodados, pun­tas y rascadores, y sobre todo las primeras hachas de mano en Europa. Faltan pruebas de fuego, que se espe­ran encontrar. En­tre 400.000-120.000 años se introduce el méto­do de tallar la pie­dra de “lascas pre­paradas”, que posi­bilitaba tener uten­si­lios espe­cializados.
Discutibles y no plenamente confirmados por la ciencia son los descubrimientos de Josep Gibert en Orce (Grana­da), con una asociación de fragmentos de huesos e industria lítica que llega hasta la extraordinaria fecha de los 1,6 millones de años. Plan­tea la existencia del ‘Homínido de Orce’, un Homo erectus llegado del Este de África. Lumley cree que es un mamífero équido, pero el último Congreso de Granada (1996) parece confirmar las re­volu­ciona­rias te­sis de Gibert.

El Homo ante­ces­sor.




En 1997 el equi­po de Atapuerca formado por Bermúdez de Castro, Arsuaga y Carbonell presen­tó la especie del Homo ante­ces­sor un esla­bón perdido de la evolución humana, entre el Homo erectus y el Homo sapiens. Su ros­tro tiene similitudes con el neandertal y el hombre actual, por lo que podría ser un an­tecesor de ambos a la vez. Su ce­rebro tenía unos 1.000 cm;. Sus res­tos, seis indi­viduos (86 huesos), se descu­brieron en Ata­puerca, en años anterio­res. Su anti­güe­dad, 800.000 años, les convierte en antece­sores del hom­bre de Nean­dertal. Proce­dían de África, tal vez de antes de 1 millón de años. Eran al­tos, fuertes, vivían en grupos, se dedica­ban a la caza o al carroñeo y pra­ctica­ban el cani­balis­mo alimenticio de acuerdo a las huellas de descarnamiento de los hue­sos, aunque todavía se discute si eran miembros del mismo grupo, de otros grupos de Homo antecessor o incluso de otra especie contemporánea. En todo caso, se des­miente la teo­ría de que el hom­bre llegó rela­ti­va­mente tarde a Europa, aunque unos pocos historiadores siguen afirmando que el hombre llegó a Europa hace 500.000 años.


Práctica de canibalismo en Atapuerca. [http://www.muyinteresante.es/ciencia/articulo/el-homo-antecessor-de-atapuerca-comia-ninos]

En Europa la evolución fue relativamente rápida: el Homo antecessor de Ata­puerca hace 800.000 años practicaba el caniba­lismo, con­sumía carne humana (los cortes en los huesos son ine­quívo­cos), pero hace 400.000 a 300.000 años en Atapuerca ya había enterra­mien­tos, fuego, trabajo de piel para ves­tido, trans­por­te.
Hace 400.000 años parece que hay un boom demográfico en los tres continentes y las poblaciones de Homo erectus evolu­cionados se ex­pan­den, ocupando amplios espacios. En Pales­tina, en esta época ya hay protoarte, con una escultu­ra en huesos. En Ata­puerca también pa­recen estar en la línea evolutiva que lleva a los prenean­dertales (que no están en la línea evolutiva del hombre actual), como surge de una recons­trucción facial y socia­l del hom­bre de Atapuerca.[17] Eran muy com­plejos so­cial­mente, como demuestran los úl­ti­mos ha­llaz­gos (pu­bli­ca­dos en 1996), de que en Atapuer­ca hace 300.000 años ha­bía ya unas ac­tivi­da­des de trabajo de la madera, el cur­tido de pie­les, el descuar­ti­za­mien­to de piezas de caza y, en defini­tiva, una es­tructura social compleja, con enterramien­tos colec­tivos, con lo que se retro­trae estas formas sociales mucho más lejos de lo que creían la mayoría de los antropólo­gos, que las si­tuaban sobre el 50.000 aC. En 2003 se ha publicado el hallazgo en 1998 de un hacha bifaz tallada en cuarcita roja, llamada ‘Excalibur’, asociada a restos humanos de modo que se cree que formaba parte de un rito funerario.
El Homo floresiensis: el “hombre enano” de la isla de Flores.

El Homo floresiensis, en una recreación plausible



El Homo floresiensis fue descubierto en la cueva de Liang-Bua de la isla de Flores en 2003 (aunque fue publicado en octubre de 2004) por un equipo australiano e indonesio dirigido por los australianos Peter Brown, Michael Morwood y Bert Roberts



En 2004 se había desenterrado un esqueleto bastante completo (una mujer adulta) y hasta seis individuos más, datados en 16.000 aC. Vivió en la isla indonesia de Flores hacia 10.000 aC, cuando desapareció debido a una erupción volcánica. Tenía un metro de altura y una capacidad craneal de sólo 360-380 c³. Probablemente fue una adaptación enana de la especie Homo erectus otros autores consideran que derivó del Australopithecus o del Homo ergaster que llegó a la isla cuando estaba unida a Bali y Java durante una glaciación, y se quedó aislado, evolucionando hacia un tamaño menor para ahorrar energía y porque no tenía depredadores competitivos. Usaba herramientas líticas y el fuego, y cazaba elefantes enanos (el Stegodon), desmintiendo la idea de que es necesaria una gran capacidad craneal, sino que bastaría que el cerebro fuera complejo, con muchas interconexiones internas. Este descubrimiento apunta a que la diversidad humana fue mucho mayor de lo que se suponía y probablemente a que existieron más especies aisladas en otras islas indonesias; asimismo, leyendas locales informan de la existencia de seres enanos en la selva hasta hace relativamente poco tiempo.
2.3. EL HOMO SAPIENS: LOS NEANDERTALES.

El Homo sapiens o Neandertal.

Los estudios de ADN realizados en 1987 de Cann, Stoneking y Wilson sitúan el origen genético de la Humanidad en África hace 200.000 a 100.000 años.
Parece que hubo un tipo arcaico o pre-Sa­piens, cuyos res­tos se han encontrado en Heidelberg, Swascombe y otros lugares de Europa. El arqueólogo Mellars considera que este preneander­tal apareció en Europa hace unos 300.000 años y que se originó en las poblaciones de Homo erectus europeas.
Pero el Homo sapiens realmente apareció hacia 150-120.000 años y perduró hasta hace 30.000. Hay va­rias especies conoci­das de Sapiens, aunque la más abundante y me­jor estudiada es la de los Nean­derta­les, que vi­vie­ron en Eu­ra­sia occiden­tal.
Los neandertales te­nían un esqueleto pesa­do y fuer­te, eran muy mus­culosos, con cara promi­nente de nariz y dientes grandes. Sobre­sale su arco ciliar promi­nente, la au­sen­cia de mentón, una man­díbula fuerte para resis­tir pode­rosos músculos de mastica­ción. Su vo­luminoso cerebro era simi­lar al del hombre moderno (1.500 cm;).
El Homo sapiens o Neandertal. Foto tomada de un documental de la BBC.





Vi­vían de la caza, practi­cada en gru­pos pequeños (10-20 individuos) y vivían en cue­vas en las épo­cas de frío. Fabri­ca­ban los utensi­lios de pie­dra de la cultura Muste­rien­se (ras­padores y pun­tas), he­chos con lascas. Son los pri­meros humanos que entierran a sus muer­tos y practi­can ritos, con ele­vada or­gani­zación so­cial. Por ejemplo en Sha­nidar (Irán), un hombre fue en­terrado con flo­res y había sido cuidado hasta su anciani­dad (medio cie­go, cojo y manco). Pero no tenían símbolos, por lo que hay dudas de que tuvieran un lenguaje articulado como el del hombre moderno. Practicaban ocasionalmente la antropofagia.
La mayoría de los autores han creído que los neandertales desapa­re­cieron des­pués de influir con cru­ces en la po­blación mo­derna, pues los Cro-Magnon de origen africano llegaron a toda Europa hacia 40.000 a.C., coincidiendo con los neandertales duran­te 6.000 años al menos (puede que 10.000 y según algunos autores hasta 40.000). En cambio, sólo algunos au­tores (Hu­blin, 1996) consideraban que se extin­guió sin dejar hue­lla. Los estudios genéticos más actuales demues­tran la validez parcial de la tesis mayo­ritaria pues los neandertales se mezclaron solo tangencialmente con los Homo sapiens sapiens moder­nos, segu­ramente por una importante incompatibilidad genética (tal vez solo nos legaron un 4% o incluso menos de nuestros genes), aunque sí in­tercam­bia­ron produc­tos y téc­ni­cas.
Comparación entre Neandertal y Cromagnon.



Finalmente se extinguieron­, sus­ti­tui­dos por la nueva pobla­ción, en un proceso que más que una lucha de extermi­nio (no hay pruebas de un enfrentamiento), de­bió ser una gradual marginación: se arrin­co­naron en zonas margina­les, en grupos fragmentados y aisla­dos, tan pequeños que no serían viables genéticamente y así desaparecei­ron. Otra teoría, publicada por un equipo de la Universidad de Cambridge en “New Scientific” (2004) supone que desapareció por un acusado descenso de las temperaturas h. 30.000 aC, al que no supieron adaptarse.
El Homo sapiens llegó a Asia relativamente pronto. En Java hacia el 120.000 y en China se han encontrado sus restos en Zhoukoudian, con una cul­tura de tumbas y elemen­tos ornamen­ta­les, con una avanzada organización so­cial.
2.4. EL HOMO SAPIENS SAPIENS: EL HOMBRE ACTUAL.
Comparación entre un Homo erectus y un Homo sapiens sapiens.




El Homo sa­piens sapiens es el primer humano anatómica­men­te moderno y su línea evolutiva ha llegado hasta el pre­sente, en un proceso que ocupa la mayor parte del Paleo­lí­tico Medio (120.000-35.000 años).
Aparece un Homo sapiens sapiens arcaico en África hace unos 300.000 años, según el descubrimiento del doctor Brauer en Turkana, Etiopía, en 1997. Tenía rasgos modernos y arcaicos.
El Homo sa­piens sapiens moderno apa­rece mucho más tarde. Un hallazgo de 2003 en Herto, en la región del Hawash Medio de Etiopía, lo data hace 160.000 o 154.000 años; son dos cráneos fosilizados de dos adultos y un niño, con rasgos arcaicos (toro supraorbitario, gran distancia entre los ojos, detalles de la dentición) y modernos (forma del cráneo cerebral, cara aplanada) que apunta que los Homo sapiens y los Homo sapiens sapiens convivieron en esa región durante largo tiempo pero no tuvieron allí una relación genética. Uno de los cráneos tiene unos cortes en la cabeza que sugieren ritos funerarios.
Se pensaba antes que apareció en el Sur de Áfri­ca ha­ce 100.000 años, pero es seguro que llega a Oriente Medio poco después. El hallazgo de sus restos en Cro-Magnon (Francia) hizo que se de­nominase así a esta espe­cie, aunque parece que hubo distintos grupos compati­bles entre sí.
En el Paleo­lí­tico Supe­rior, aprovechando un cambio climá­tico hace 40.000 años, salen de África y aparecen en Euro­pa (36.000-32.000 en los Cárpatos) Asia y Oceanía (Japón y Australia hacia 50.000 aC, gracias al des­censo del nivel del mar que crea puentes entre Corea y Japón, y a lo largo de la Insulindia), donde los Homo sa­piens sa­piens irán susti­tu­yen­do a los nean­der­tales, en un lento pro­ceso que ocurrió hace unos 40.000-30.000 años. Los cambios cli­máti­cos bajaron el nivel del mar y eso permitió su­perar el es­trecho de Bering, como un “puente” entre Asia y Amé­ri­ca, de modo que los humanos lle­garon a Amé­rica en varias fa­ses hacia 45.000, 30.000 y 20.000 años. Desde en­ton­ces, en todos los con­ti­nen­tes todos los habi­tan­tes son ya idénti­cos a noso­tros.
El hombre de Cromagnon hizo avances im­portantes en la téc­nica de fabrica­ción de utensi­lios de pie­dra, con el moldeado de la pie­dra me­diante la obten­ción de las­cas prelimi­nares (téc­nica de “núcleo prepa­ra­do”), consi­guiendo pun­tas triangulares y ho­jas de caras para­lelas, lo que permi­tía que encajaran en ma­nos de hueso o madera y fueran más efi­caces. Con ellos, la caza y la reco­lección fue más eficaz.
Se organizan en poblados, con una organización social re­lativamente avanzada.
Comienzan a ela­borar un pen­sa­miento abs­tracto y se ini­cia el ar­te. Ya tenían símbolos, expresados con el uso del ocre para la orna­men­ta­ción cor­po­ral y en la pintura rupes­tre y un lengua­je arti­cu­lado como el del hombre mo­derno. Unas cuentas halladas en Suráfrica son los adornos humanos más antiguos, con 75.000 años de antigüedad. Realizadas con conchitas (N. kraussianus) perforadas y tal vez coloreadas con ocre, fueron halladas por el equipo de Christopher Henshilwood (Universidad de Bergen, Noruega) en la cueva de Blombos.Con el lenguaje se facilitó la difusión de la cultura en el seno del grupo y entre los grupos, lo que aseguró el definitivo éxito de este grupo, el nuestro.
La caza extensiva fue incrementándose con el aumento de la población, desencadenándose un acelerado proceso de extinción de especies: mamut de Siberia, caballo en América (al parecer en sólo 1.000 años desde la llegada del hombre), etc. Era nece­sario un nuevo salto cualitativo de la Humanidad. Sería la revolución agrícola del Neolítico.