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El espionaje: una práctica tan vieja como el mundo que cambió el curso de la historia

"Snowden ha destapado el mayor caso de espionaje de la historia". Así de contundente se mostró el presidente de Ecuador Rafael Correa con respecto al escándalo que destapó Snowden. Pero, ¿realmente se trata del mayor caso? ¿Qué ha supuesto el espionaje a lo largo de la historia? Lo cierto es que la relación de la historia con los espías es bastante más profunda de lo que parece. Hoy, con los datos que conocemos gracias a la desclasificación gubernamental o a historiadores e investigadores, podemos asegurar que la historia hubiera sido otra totalmente diferente de no haber existido el espionaje.
Los primeros indicios del espionaje se remontan a la antigua Mesopotamia. La mitología sumeria, en el poema épico de Ninurta, alrededor del 2.200 a.C., ya hacía mención al espionaje. Desde entonces y hasta 2013 se ha mantenido una obsesión común: controlar al enemigo... o al amigo a través de diferentes técnicas de control de la información.

El Antiguo Testamento no es excepción y también da cuenta del espionaje. El relato de Sansón y Dalila es uno de los casos más conocidos. Sansón se enamora de Dalila, que recibe el encargo de los filisteos de averiguar el secreto de la fuerza de Sansón a cambio de unas monedas de plata. De esta manera, mediante este espionaje, Sansón acaba por desvelar que el secreto de su fuerza reside en el cabello.
En la epopeya griega Ilíada se narra cómo en la guerra de Troya ambos contendientes mandaron emisarios para que se infiltraran entre los troyanos y aqueos con el fin de conseguir información sobre los futuros planes de ataque.
Durante el Imperio Romano, los aristócratas contaban con su propia red de informantes, ya fueran esclavos, o agentes que les mantenían al día de las actividades del Senado. Los espías fueron muy importantes para el desarrollo de las diferentes guerras libradas por el imperio.
Así, las diferentes tácticas de espionaje se fueron desarrollando y perfeccionando durante la Edad Media y Moderna, donde existen miles de ejemplos de espionaje y traición que pudieron cambiar el signo histórico, pero es en la Edad Contemporánea, y sobre todo durante el siglo XX por la trascendencia internacional de los conflictos armados, donde el espionaje supuso un punto y a parte en el mundo tal y como lo conocemos hoy.

EL ESPIONAJE EN EL SIGLO XX

El siglo XX estuvo marcado por las dos guerras mundiales, dos guerras cuyo resultado en cuanto a vencedores o vencidos pudo cambiarlo todo y en las que (sobre todo en la Segunda), el papel del espionaje fue extraordinariamente decisivo. Durante la Gran Guerra (1914-18), las redes de información y contrainformación realizaron una importante labor a través de la incursión e infiltración en zonas enemigas para conocer los planes de ataque de esta durísima guerra que enfrentó a las principales potencias mundiales.
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Pero, curiosamente, fue la Guerra Civil Española (1936-39) el conflicto que supuso el perfeccionamiento y 'profesionalización' de esta táctica para sacar el máximo partido a sus acciones militares. En este sentido, el trabajo del espionaje del bando franquista fue mucho más efectivo que el republicano, y su aplicación práctica (como casi todos los aspectos del conflicto español), fueron un banco de pruebas para la II Guerra Mundial también en cuestiones de espionaje.

El SIFNE Y EL SIPM

El SIFNE (Servicio de Información de la Frontera del Norte de España) nació durante el conflicto patrio para servir a Francisco Franco una información valiosísima. Este servicio informaba desde Irún a los altos mandos franquistas de las distintas operaciones en marcha de los republicanos, así como sus planes de ataque. Fue perfeccionándose debido al alto rendimiento militar que Franco sacaba de estas informaciones, y pasó a llamarse SIPM (Servicio de Información y Policía Militar).
El SIPM unificó todas las redes de espionaje franquista en un mismo organismo bajo el control del coronel José Ungría. El SIPM llegó a contar con unos 30.000 hombres destinados única y exclusivamente a conseguir información del enemigo.
El flujo de información llegaba al SIPM a través del interrogatorio a los enemigos detenidos, así como de los testimonios de los evadidos que pasaban de un bando a otro y ofrecían todos los detalles del contingente armamentístico y de los planes de ataque republicano.
Además, el ejército de Franco contaba con una red de infiltrados en zona republicana a los que se bautizó con el nombre de quintocolumnistas. Esta quinta columna fue llamada así por el general Emilio Mola, que llegó a afirmar que la quinta columna de Madrid les haría ganar la guerra. Tras esta temeraria afirmación, se produjo la famosa matanza de Paracuellos, ya que la Junta de Defensa de Madrid, creada en noviembre de 1936 para defender la ciudad (a punto de caer solo cuatro meses después del inicio de la guerra), decidió darle valor a las palabras de Mola y ejecutar a casi todos los presos del bando nacional encarcelados en la cárcel Modelo de Moncloa.
El ejército republicano también contó con un servicio de espionaje, creado por el coronel Estrada, que comenzó a perfeccionarse a partir de 1937. Curiosamente, según el historiador Hernán Rodríguez, al ejército republicano le fue peor cuando más información dispuso del enemigo, unos detalles que no supieron aprovechar en beneficio propio.
Además, la República formó a unos 3.000 guerrilleros para realizar labores de espionaje y sabotaje. Su misión no era otra que la de infiltrarse en zona enemiga para causar el mayor daño posible y obtener información a través de campañas programadas de incursión.

JUAN PUJOL EL ESPÍA MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA RECIENTE

La II Guerra Mundial (1939-45) tuvo un punto de inflexión: el desembarco de Normandía. El noroeste de Francia, en manos de los nazis, vivió el 6 de junio de 1944 la llegada masiva de aliados (hasta 250.000 hombres), que consiguieron liberar París y poner pie en Europa para decantar la guerra definitivamente en detrimento de un Hitler que estuvo a punto de conseguir someter al mundo ante la pasividad europea.
Pero este desembarco tan trascendental pudo haberse contenido de haber conocido Hitler su existencia. Y si no lo supo fue por un espía español: Juan Pujol. Pujol había cultivado un gran odio hacia el fascismo y el comunismo durante la Guerra Civil Española. Esa animadversión le animó a ofrecer sus servicios a la inteligencia británica, el MI5, para combatir la amenaza nazi.
Juan Pujol comenzó a trabajar como agente doble para Alemania y Reino Unido. Consiguió ganarse poco a poco la credibilidad de Hitler, al que incluso hizo creer que 22 agentes trabajaban para el español al servicio de Alemania. A base de informes, muchos de ellos verdaderos enviados a Alemania sobre futuras operaciones aliadas, consiguió que incluso le otorgaran la Cruz de Hierro, máxima distinción del III Reich, que compartió con la Órden del Imperio Británico, hecho insólito en la historia.
A través de su trabajo de información y desinformación a Hitler, Pujol consiguió cambiar el curso de la guerra, y seguramente de la historia. Juan hizo creer a Hitler que el llamado día 'D', a la hora 'H', se iba a producir en Calais, a 249 kilómetros de Normandía. De hecho, tal era la confianza de Hitler en 'su' espía, que no llegó a valorar el desembarco definitivo hasta bastantes horas después, ya que pensó que se trataba de una maniobra de despiste a la espera del desembarco definitivo de Calais, que jamás se produjo. Cuando se dio cuenta del engaño de Pujol, ya era demasiado tarde.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el conflicto entre las dos potencias mundiales del momento, Estados Unidos y la URSS, estuvo a punto de desembocar en la Tercera Guerra Mundial en 100 años. Fue en este período histórico, durante la llamada Guerra Fría, cuando la labor del espionaje volvió a cobrar una importancia vital. Agentes dobles, e incluso triples, surtían de información a ambas potencias sobre los posibles planes de ataque inminente que tuvieron su punto álgido en la llamada Crisis de los Misiles, cuando Estados Unidos descubrió una base de misiles rusa en territorio cubano. Estados Unidos pudo saber de la existencia de estos misiles al lado de su territorio gracias, curiosamente, a un coronel de la Inteligencia Militar Soviética, Oleg Penkovski. Pasó pruebas reales a la Casa Blanca sobre la situación de los misiles de Cuba, proveyendo de planos y descripciones a la inteligencia estadounidense. A partir de ese material, los especialistas empezaron a trabajar en la identificación de los proyectiles, ya que las fotografías tomadas por los aviones espía eran de baja resolución.
Oleg Penkovski fue arrestado por la KGB el mismo día que Kennedy anunciaba al mundo la inminencia de un conflicto mundial debido a la amenaza soviética. Al espía lo mató la URSS al año siguiente, una vez juzgado y condenado por espionaje.
Nadie conoce con exactitud los planes de Kruschev para esos días, pero lo cierto es que la posibilidad de un ataque a EEUU era muy alta, y fue un espía el que destapó la caja de los truenos y puso en alerta a Kennedy, que finalmente supo evitar la III Guerra Mundial que por momentos estaba muy cerca.
Después de la Guerra Fría y hasta nuestros días, la evolución de la tecnología ha hecho modificar los servicios de inteligencia de todos los países, que ahora basan principalmente su actividad en la interceptación de comunicaciones, como hemos visto tras los documentos filtrados por Snowden. El espionaje fue y sigue siendo un elemento fundamental para la toma de decisiones, y es, y seguirá siendo, una prioridad para todos los países, aunque sigan negándolo y mostrando indignación cuando son ellos los espiados.

La evolución del espionaje en la Historia: la «profesión» más antigua del mundo



El desarrollo del espionaje ha ido estrechamente ligado al desarrollo de los pueblos, de los imperios y posteriormente de los estados. El espionaje ha marcado la guerra, y el desarrollo de ésta ha marcado la Historia.

En el tercer milenio a.C ya se encuentran las primeras muestras de la utilización del espionaje. En Mesopotamia, cuando Sargon I de Acad controlaba un importante territorio entre el Mediterráneo y el Golfo Pérsico, creo una red de espías utilizando mercaderes que le informaban de las características de los territorios y las civilizaciones que pretendía dominar.

En el Imperio chino encontramos el primer tratado militar en el que se hacen referencias al espionaje: el Arte de la guerra, de Sun Tzu, trata en alguno de sus pasajes sobre la importancia que tiene el conocimiento y la información antes de presentar batalla.

Andando el tiempo, la historiografía griega y el cine contemporáneo nos han enseñado como los griegos utilizaban el espionaje, pero como lo hacía también el imperio persa. Es en este periodo cuando empiezan a desarrollarse sistemas consistentes en el cifrado de los mensajes. Se daba de esta forma un paso más allá en los métodos empleados hasta ahora, que no consistían más que en infiltrar explroadores en las filas enemigas. 
 


Uno de los primeros ejemplos de códigos criptográficos de los que se tiene conocimiento es la escítala espartana. En el libro «Breve historia del espionaje» el filólogo Juan Carlos Herrera Hermosilla explica en que consistía ésta técnica: se cortaban dos trozos de madera con el mismo diámetro y grosor, de manera que los cortes coincidiesen al milímetro entre sí. Posteriormente, en una cinta de cuero, se escribía el mensaje longitudinalmente. Éste solo era legible si estaba enroscado en el tronco de madera. Al mensajero se le entregaba una cinta de cuero, utilizada a menudo como cinturón. Al llegar al destinatario, el mensajero entregaba el cinturón y al enrrollarse en un escítalo de las mismas dimensiones el mensaje se hacía comprensible. Por contra, si el mensajero era interceptado, no había modo de descifrar el contenido.
 
Hasta la llegada de la tecnología, el espionaje se sustentaba en el trabajo de exploradores y en la capacidad de cifrar los mensajes Roma, el mayor Imperio de la Historia tampoco fue ajeno al uso del espionaje para decantar la balanza de la guerra a su favor. En la segunda guerra púnica, cuando Roma se vio amenazada por Anibal, que pasaría a los análes como el gran enemigo de su historia, solo un general pudo derrocarlo: Publio Cornelio Escipión, conocido como El Africano. Escipión logró derrotar a Anibal en el año 202 a.C en la definitiva batalla de Zama, tras haber llevado la guerra a África, obligando a Anibal a salir de la península itálica y abandonar la incesante amenaza sobre la ciudad de Roma. En esa última contienda jugó un papel fundamental el ataque preventivo que Escipión realizó sobre el campamento de Sifax, el rey de Numidia aliado de Anibal. El general romano envió unos emisarios a parlamentar con el númida. En esa legación infiltró una serie de centuriones disfrazados como esclavos. Para dotar de más credibilidad a la treta, los legados de Escipión aprovecharon alguna excusa para golpear a los esclavos. Durante las negociaciones, los esclavos deambularon por el campamento y acapararon información sobre la disposición de las tiendas y de las tropas. Esos datos convencieron a Escipión de lanzar un ataque nocturno que destrozó la poderosa caballería númida, diezmando así el ejército cartaginés, superior en número al romano.

Con la llegada de la Edad Media, se generalizó el papel de los agentes en las cortes imperiales, que en la mayoría de las ocasiones eran el embajador y su séquito. No obstante, en el Imperio español se puede hablar ya de un sistema de espionaje profesionalizado y centralizado. El Consejo de Estado, que era el encargado de nombrar a los embajadores en el extranjero y que era supervisado por el secretario de Estado, jugaba un papel fundamental. Inmediatamente por debajo de éste se creó un cargo de renombre: espía mayor de la corte y superintendente de las inteligencias secretas. La primera persona en ocupar el puesto fue Juan Velázquez de Velasco, en 1598. Aunque el cargo estuvo oficializado poco más de medio siglo, su creación da pistas sobre la existencia de unos métodos jerarquizados y siempre cercanos al poder.
La modernidad generaliza el «pinchazo»

A finales del Siglo XIX, Otto Von Bismarck tejió una serie de alianzas que dibujaron el dominó europeo que con la caída de una de las piezas dio lugar a los bandos enfrentados de la I Guerra Mundial. Ese escenario prebélico y la posterior contienda internacionalizaron el uso del espionaje, convirtiéndolo en actividad fundamental de la actuación política.

Es en esta contienda y en los años previos cuando se generaliza la utilización de los últimos avances tecnológicos por parte de los servicios de espionaje. Fotografía, radiotelégrafo o teléfono empiezan a estar en el punto de mira. No obstante, la interceptación de las comunicaciones es tan antigua como la propia existencia de las tecnologías más avanzadas. De hecho, en el año 1862, en plena guerra civil, Abraham Lincoln autorizó el control sobre la infraestructura de telégrafo americano. Desde su departamento se detuvo a periodistas e incluso se censuraban envíos.

En este tiempo comienza a generalizarse el sistema de los dobles agentes, que alcanzará su máximo esplendor en tiempos de la Guerra Fría. Así, a finales del siglo XIX la Rusia de los zares creó la que terminaría por ser una de las agencias de inteligencia más eficaces: la Okhrana se creó el 14 de agosto de 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II de Rusia. Aunque al principió surgió como servicio de seguridad de la familia real, poco a poco se convirtió en una auténtica policía secreta dedicada a desenmascarar y oprimir movimientos revolucionarios. En este contexto nos encontramos con el personaje de Evno Azev, que llegó a ocupar algún puesto importante en las filas revolucionarias socialistas, a la vez que trasladaba información a los mandos de la Okharana. Organizaba atentados y a la vez los abortaba trasladando la información al centro de inteligencia. Fue precisamente una red de contraespionaje tejida dentro del partido soialista la que lo delató, obligando a Azev a exiliarse en Berlín.
La época de los dobles agentes

El ejército alemán comenzó a utilizar desde comienzos de la década de 1930 un encriptador propio, la máquina «Enigma», con una tecnología de cifrado rotatorio, tanto para cifrar como para descifrar mensajes. Se trataba de una máquina muy ligera, apenas superaba los diez kilos de peso lo que permitía trasladarla a zonas de combate, ganando fluidez en el envío de las comunicaciones. Como en este apartado la armada estadounidense carecía de un sistema tan funcional, los sistemas tradicionales eran fácilmente interceptdos por las tropas japonesas durante las contiendas del Pacífico en la II Guerra Mundial. Así, se propusó la utilización de lenguas de los indios nativos estadounidenses. El profesor Hermosilla explica en su libro que se eligió la lengua de los indios navajos porque no había ningún especialista japonés o alemán que la hablase.

La Guerra Fría, caracterizada como un periodo de tensión política permanente, abonó el terreno para la denominada como «edad de oro» del espionaje. La amenaza permanente de un conflicto militar, en una dimensión atómica, la confrontación económica y la propaganda ocuparon el centro de la confrontación entre bloques antagónicos. En ese escenario, el espionaje jugó un papel fundamental. La evolución tecnológica fue poniendo al servicio de inteligencia nuevos artilugios, pero siguieron gozando de mucho protagonismo los dobles agentes. Los espías infiltrados en territorio enemigo fueron el objetivo de las investigaciones de la CIA y el KGB. Es memorable el episodio conocido como «caza de brujas» del senador Joseph McCarthy, que lideró un proceso de investigación sobre presuntos simpatizantes del comunismo. Periodistas, militares y funcionarios fueron entonces investigados.

En 1947 el presidente Truman presentó una Ley de Seguridad Nacional que establecía la creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Los fallos en la inteligencia que habían impedido que se conociesen con antelación los planes japoneses de atacar Pearl Harbor (1941). Una de las primeras actividades de la CIA, en colaboración con el MI-6 británico, para intervenir las comunicaciones telefónicas de las oficinas soviéticas en Berlín. Aún alejados de los conceptos informáticos más avanzados de nuestros días, para llevar a cabo esta operación se procedió a cavar un túnel durante seis meses de modo clandestino y a pinchar los cables. Durante los cerca de doce meses que la operación estuvo en marcha se grabaron un millón de conversaciones del ejército soviético.Sin embargo, el KGB contaba con un agente infiltrado en el MI-6 británico, lo que permitió a los comunistas estar al tanto de la operación occidental desde el primer momento. De tal modo, las fuerzas germanas del este tuvieron la posibilidad de manipular e intoxicar la información que le llegaba a la CIA.

Los agentes soviéticos infiltrados truncaron en más ocasiones los planes norteamericanos. La más memorable fue la infiltración en las oficinas que la CIA tenía en Guatemala, desde donde se preparó el asalto a la bahía de cochinos, con el que se pretendía provocar un levantamiento popular en Cuba contra el regimen de Castro. Los espías soviéticos trasladaron los pormenores del plan a las autoridades cubanas, lo que anuló el factor sorpresa del plan estadounidense conduciéndolo al fracaso. En los años 70, todos los avances en el ámbito del espionaje desde micrófonos ocultos hasta teléfonos pinchados se pusieron al servicio del espionaje político en el escándalo más famoso en el mundo: el caso Watergate. Un caso que cercó al presidente Nixón, acusando a siete estrechos colaboradores de espionaje telefónico.
El «Gran Hermano» global

Fue también en estos años cuando la tecnología convirtió el espacio en terreno de batalla. En 1971 Estados Unidos puso en órbita por primera vez su «Big Bird», un satélite de reconocimiento para recabar información y que estuvo en funcionamiento hasta 1986. El espionaje espacial de los soviéticos se sustentó en los satélites Yantar. Estos ejemplos fueron el embrión de un marco de espionaje espacial mejorado, con nuevos sistemas de resolución y captación de información.

Pero en los últimos tiempos, lo que se ha revelado como algo letal para los servicios de inteligencia ha sido un concepto ajeno a la evolución tecnológica y perfectamente medieval: la traición humana. Edward Snowden, Shu Quan-Sheng o Aldrich Hazen Ames han sido los héroes o villanos, según la óptica que lo mire, que han utilizado su posición privilegiada en los servicios de información para tirar de la manta.

Pero el gran nombre propio del espionaje global es ECHELON, un sistema desarrollado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El proyecto cuenta con más de 120 satélites y estaciones de tierra desde la que es capaz de rastrear las comunicaciones a través de internet. Este sistema ha sido fundamental en la denominada «guerra contra el terror» que Estados Unidos emprendió tras los atentados del 11 de septiembre. Se estima que ECHELON intercepta más de tres mil millones de comunicaciones cada día.

La vuelta de tuerca a este programa de inteligencia es el que ha levantado las alarmas de la sociedad civil es una de las aristas de ECHELON. El conocido como proyecto PRISMA salió a la luz pública este mismo año, y consiste en la captura de datos de los servidores de las principales compañías tecnológicas del mundo como Google o Facebook. Aunque las compañías se alejan del colaboracionismo y apuestan por presentarse como una víctima más, revelaciones de la NSA las presentan como participantes activos en el feedback con los servicios de inteligencia. El útlimo capítulo del espionaje ha superado las fronteras políticas y militares paras amenazar los derechos civíles individuales. La evolución y perfeccionamiento en las técnicas de una actividad tan antigua como la Historia misma amenaza ahora con vulnerar los derechos que esa misma evolución nos ha otorgado.