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AA. VV. - Morir, Matar, Sobrevivir - La violencia en la dictadura de Franco

La violencia no fue una consecuencia de la Guerra Civil, sino que era parte esencial del plan de los sublevados y lo siguió siendo de la dictadura de Franco hasta su hora final. Más allá del recuento de las víctimas, este libro, surgido de la colabo- ración de cuatro investigadores, transformará nuestra visión de medio siglo de la historia de España. Julián Casanova lo inicia con una valoración global del papel que desempeñó el terror en los cuarenta años de dictadura. Francisco Espinosa pone al descubierto el plan de exterminio que inspiraba el golpe militar y analiza su sanguinario desarrollo. Conxita Mir nos muestra cómo, una vez terminados los combates, el terror se usó como un instrumento de control social de los vencidos, esto es, de la mayoría de los españoles. Y, finalmente, Francisco Moreno estudia la resistencia opuesta por huidos y guerrilleros. Lo que aquí se nos ofrece no es, pues, un aspecto negro del franquismo, sino la trama de sombras que le da pleno sentido.

AA. VV. - Morir, Matar, Sobrevivir by kaporaki

Franco y Hitler: un odio interesado


El Eje fue un salón de desconfianza a tres bandas. Hitler, Mussolini y Franco. El trío quería dominar Europa y perpetuarse en el trono con poder absoluto. Para ello, se necesitaban. Pero, al tiempo que se enviaban telegramas de felicitación y agradecimiento, como el que publicamos hoy perteneciente a la Colección José María Castañé, se colaban espías por el patio trasero que realizaban informes sobre las mutuas debilidades y en cuanto se daban la vuelta se criticaban como porteras.
Hitler y Mussolini despreciaban a Franco. Los dos acabaron en el hoyo tragándose sus fracasos políticos y militares. El español murió en la cama tras haber jugado todas las bazas a su favor: las del fascismo y, después, dulcificando su imagen como el protector paterno para la patria que él jamás tuvo en casa, las de las democracias occidentales.
La novia a cortejar en los años treinta era Alemania. Franco mandó a Berlín hombres de toda confianza y consiguió su apoyo. Para el dictador español, la alianza nazi fue clave a la hora de ganar la guerra. Para Hitler, aunque algunos de sus colaboradores le quitaran importancia, fue fundamental tener bajo su yugo a España y Portugal con dos regímenes de su cuerda sin necesidad de invadir nada.
Telegrama de Franco para Hitler.
El alemán no tardó en atender sus ruegos bajo los efluvios wagnerianos de Sigfrido. El 24 de julio de 1936, apenas una semana después del golpe militar, se decidió. Cuando salía de una representación de la tercera parte de El Anillo del Nibelungo, en Bayreuth, dirigida por Wilhelm Furtwängler, le esperaban una delegación de emisarios de Franco con el empresario alemán Johannes Bernhardt como cabeza visible. Le pidieron 10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible, 20 piezas antiaéreas de 20 mm., 6 aviones de caza Heinkel, ametralladoras y fusiles con munición en abundancia y bombas aéreas de varios tipos, hasta 500 kilos.
Al principio, dudó: “Esa no es forma de empezar una guerra”, clamó, tal y como recoge Paul Preston en su biografía sobre Franco. Pero después, Hitler dobló el requerimiento. Para empezar, 20 aviones y 5.000 soldados en una acción acorde con lo que retumbaba en sus oídos. Lo llamó Operación Fuego Mágico (Unternehmen Feuerzauber), un homenaje al héroe con trazas de superhombre que atraviesa las llamas para liberar a Brunilda.
Las acciones de los alemanes en la guerra tuvieron varios frentes. El más salvaje fue el bombardeo de Guernica. Pero la colaboración estuvo teñida de constantes tiranteces que acabaron con la negativa de Franco a involucrarse en la ofensiva europea.
Aún así, guardó las formas y envió un mensaje de agradecimiento para Hitler nada más terminar la Guerra Civil que pertenece a la colección Castañé y, según Preston, es desconocido: “Al recibir vuestra felicitación y la de la nación alemana por la victoria final de nuestras armas en Madrid os envío con la gratitud de España y la mía personal los sentimientos más firmes de la amistad de un pueblo que en los momentos difíciles ha sabido encontrar sus verdaderos amigos”.
Nota original de Franco a Hitler.
El lenguaje resulta propio de la afectada verborrea fascista. La realidad de sus apreciaciones hay que buscarla en otras frases. Sobre todo, del lado contrario. Por ejemplo, como la que Hitler soltó al conocer la desaparición de otro de los generales golpistas: “La verdadera tragedia para España fue la muerte de Mola, ahí estaba el auténtico cerebro, el verdadero líder. Franco llegó a la cima como Poncio Pilatos al Credo”.
Ya escocía entre los nazis la negativa que se produjo en Hendaya en 1940. Allí Franco, se quejó ante su cuñado, Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, progermánico y una de las figuras más poderosas del régimen: “Estos alemanes lo quieren todo sin dar nada a cambio”. Ellos pensaban igual. Según algunos testigos, tras el fracaso estrepitoso de aquellas conversaciones, Hitler acabó considerando a Franco “un cerdo jesuita”. En 1942, también le dedicó una flor con tintes racistas: “Cuando aparece en público está siempre rodeado de la guardia mora. Ha asimilado todo el manierismo de la realeza y cuando vuelva el rey será el ideal mozo de estribos”.
Lo que todo esto prueba, aparte de pésimo gusto, es que a lo que se daban con fruición enmascarada en hipocresía era a la política, las alianzas y la estrategia común. Eso sí, con la nariz tapada: “Las intenciones de Hitler al involucrarse en la guerra española respondían a todo, menos al cariño personal”, comenta Preston.
Nazis y fascistas italianos vinieron bien para lo que vinieron. Pero como observa Preston en su memorable estudio de referencia, lo que realmente apuntaló al régimen fue su alianza con otro estado: El Vaticano. Ahí no se dieron fisuras. Al terminar la guerra, a través de la radio, Pío XII, le consagró: “Con inmenso gozo, bendigo a los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el jefe del Estado y tantos caballeros”. Amén.

La evolución del espionaje en la Historia: la «profesión» más antigua del mundo



El desarrollo del espionaje ha ido estrechamente ligado al desarrollo de los pueblos, de los imperios y posteriormente de los estados. El espionaje ha marcado la guerra, y el desarrollo de ésta ha marcado la Historia.

En el tercer milenio a.C ya se encuentran las primeras muestras de la utilización del espionaje. En Mesopotamia, cuando Sargon I de Acad controlaba un importante territorio entre el Mediterráneo y el Golfo Pérsico, creo una red de espías utilizando mercaderes que le informaban de las características de los territorios y las civilizaciones que pretendía dominar.

En el Imperio chino encontramos el primer tratado militar en el que se hacen referencias al espionaje: el Arte de la guerra, de Sun Tzu, trata en alguno de sus pasajes sobre la importancia que tiene el conocimiento y la información antes de presentar batalla.

Andando el tiempo, la historiografía griega y el cine contemporáneo nos han enseñado como los griegos utilizaban el espionaje, pero como lo hacía también el imperio persa. Es en este periodo cuando empiezan a desarrollarse sistemas consistentes en el cifrado de los mensajes. Se daba de esta forma un paso más allá en los métodos empleados hasta ahora, que no consistían más que en infiltrar explroadores en las filas enemigas. 
 


Uno de los primeros ejemplos de códigos criptográficos de los que se tiene conocimiento es la escítala espartana. En el libro «Breve historia del espionaje» el filólogo Juan Carlos Herrera Hermosilla explica en que consistía ésta técnica: se cortaban dos trozos de madera con el mismo diámetro y grosor, de manera que los cortes coincidiesen al milímetro entre sí. Posteriormente, en una cinta de cuero, se escribía el mensaje longitudinalmente. Éste solo era legible si estaba enroscado en el tronco de madera. Al mensajero se le entregaba una cinta de cuero, utilizada a menudo como cinturón. Al llegar al destinatario, el mensajero entregaba el cinturón y al enrrollarse en un escítalo de las mismas dimensiones el mensaje se hacía comprensible. Por contra, si el mensajero era interceptado, no había modo de descifrar el contenido.
 
Hasta la llegada de la tecnología, el espionaje se sustentaba en el trabajo de exploradores y en la capacidad de cifrar los mensajes Roma, el mayor Imperio de la Historia tampoco fue ajeno al uso del espionaje para decantar la balanza de la guerra a su favor. En la segunda guerra púnica, cuando Roma se vio amenazada por Anibal, que pasaría a los análes como el gran enemigo de su historia, solo un general pudo derrocarlo: Publio Cornelio Escipión, conocido como El Africano. Escipión logró derrotar a Anibal en el año 202 a.C en la definitiva batalla de Zama, tras haber llevado la guerra a África, obligando a Anibal a salir de la península itálica y abandonar la incesante amenaza sobre la ciudad de Roma. En esa última contienda jugó un papel fundamental el ataque preventivo que Escipión realizó sobre el campamento de Sifax, el rey de Numidia aliado de Anibal. El general romano envió unos emisarios a parlamentar con el númida. En esa legación infiltró una serie de centuriones disfrazados como esclavos. Para dotar de más credibilidad a la treta, los legados de Escipión aprovecharon alguna excusa para golpear a los esclavos. Durante las negociaciones, los esclavos deambularon por el campamento y acapararon información sobre la disposición de las tiendas y de las tropas. Esos datos convencieron a Escipión de lanzar un ataque nocturno que destrozó la poderosa caballería númida, diezmando así el ejército cartaginés, superior en número al romano.

Con la llegada de la Edad Media, se generalizó el papel de los agentes en las cortes imperiales, que en la mayoría de las ocasiones eran el embajador y su séquito. No obstante, en el Imperio español se puede hablar ya de un sistema de espionaje profesionalizado y centralizado. El Consejo de Estado, que era el encargado de nombrar a los embajadores en el extranjero y que era supervisado por el secretario de Estado, jugaba un papel fundamental. Inmediatamente por debajo de éste se creó un cargo de renombre: espía mayor de la corte y superintendente de las inteligencias secretas. La primera persona en ocupar el puesto fue Juan Velázquez de Velasco, en 1598. Aunque el cargo estuvo oficializado poco más de medio siglo, su creación da pistas sobre la existencia de unos métodos jerarquizados y siempre cercanos al poder.
La modernidad generaliza el «pinchazo»

A finales del Siglo XIX, Otto Von Bismarck tejió una serie de alianzas que dibujaron el dominó europeo que con la caída de una de las piezas dio lugar a los bandos enfrentados de la I Guerra Mundial. Ese escenario prebélico y la posterior contienda internacionalizaron el uso del espionaje, convirtiéndolo en actividad fundamental de la actuación política.

Es en esta contienda y en los años previos cuando se generaliza la utilización de los últimos avances tecnológicos por parte de los servicios de espionaje. Fotografía, radiotelégrafo o teléfono empiezan a estar en el punto de mira. No obstante, la interceptación de las comunicaciones es tan antigua como la propia existencia de las tecnologías más avanzadas. De hecho, en el año 1862, en plena guerra civil, Abraham Lincoln autorizó el control sobre la infraestructura de telégrafo americano. Desde su departamento se detuvo a periodistas e incluso se censuraban envíos.

En este tiempo comienza a generalizarse el sistema de los dobles agentes, que alcanzará su máximo esplendor en tiempos de la Guerra Fría. Así, a finales del siglo XIX la Rusia de los zares creó la que terminaría por ser una de las agencias de inteligencia más eficaces: la Okhrana se creó el 14 de agosto de 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II de Rusia. Aunque al principió surgió como servicio de seguridad de la familia real, poco a poco se convirtió en una auténtica policía secreta dedicada a desenmascarar y oprimir movimientos revolucionarios. En este contexto nos encontramos con el personaje de Evno Azev, que llegó a ocupar algún puesto importante en las filas revolucionarias socialistas, a la vez que trasladaba información a los mandos de la Okharana. Organizaba atentados y a la vez los abortaba trasladando la información al centro de inteligencia. Fue precisamente una red de contraespionaje tejida dentro del partido soialista la que lo delató, obligando a Azev a exiliarse en Berlín.
La época de los dobles agentes

El ejército alemán comenzó a utilizar desde comienzos de la década de 1930 un encriptador propio, la máquina «Enigma», con una tecnología de cifrado rotatorio, tanto para cifrar como para descifrar mensajes. Se trataba de una máquina muy ligera, apenas superaba los diez kilos de peso lo que permitía trasladarla a zonas de combate, ganando fluidez en el envío de las comunicaciones. Como en este apartado la armada estadounidense carecía de un sistema tan funcional, los sistemas tradicionales eran fácilmente interceptdos por las tropas japonesas durante las contiendas del Pacífico en la II Guerra Mundial. Así, se propusó la utilización de lenguas de los indios nativos estadounidenses. El profesor Hermosilla explica en su libro que se eligió la lengua de los indios navajos porque no había ningún especialista japonés o alemán que la hablase.

La Guerra Fría, caracterizada como un periodo de tensión política permanente, abonó el terreno para la denominada como «edad de oro» del espionaje. La amenaza permanente de un conflicto militar, en una dimensión atómica, la confrontación económica y la propaganda ocuparon el centro de la confrontación entre bloques antagónicos. En ese escenario, el espionaje jugó un papel fundamental. La evolución tecnológica fue poniendo al servicio de inteligencia nuevos artilugios, pero siguieron gozando de mucho protagonismo los dobles agentes. Los espías infiltrados en territorio enemigo fueron el objetivo de las investigaciones de la CIA y el KGB. Es memorable el episodio conocido como «caza de brujas» del senador Joseph McCarthy, que lideró un proceso de investigación sobre presuntos simpatizantes del comunismo. Periodistas, militares y funcionarios fueron entonces investigados.

En 1947 el presidente Truman presentó una Ley de Seguridad Nacional que establecía la creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Los fallos en la inteligencia que habían impedido que se conociesen con antelación los planes japoneses de atacar Pearl Harbor (1941). Una de las primeras actividades de la CIA, en colaboración con el MI-6 británico, para intervenir las comunicaciones telefónicas de las oficinas soviéticas en Berlín. Aún alejados de los conceptos informáticos más avanzados de nuestros días, para llevar a cabo esta operación se procedió a cavar un túnel durante seis meses de modo clandestino y a pinchar los cables. Durante los cerca de doce meses que la operación estuvo en marcha se grabaron un millón de conversaciones del ejército soviético.Sin embargo, el KGB contaba con un agente infiltrado en el MI-6 británico, lo que permitió a los comunistas estar al tanto de la operación occidental desde el primer momento. De tal modo, las fuerzas germanas del este tuvieron la posibilidad de manipular e intoxicar la información que le llegaba a la CIA.

Los agentes soviéticos infiltrados truncaron en más ocasiones los planes norteamericanos. La más memorable fue la infiltración en las oficinas que la CIA tenía en Guatemala, desde donde se preparó el asalto a la bahía de cochinos, con el que se pretendía provocar un levantamiento popular en Cuba contra el regimen de Castro. Los espías soviéticos trasladaron los pormenores del plan a las autoridades cubanas, lo que anuló el factor sorpresa del plan estadounidense conduciéndolo al fracaso. En los años 70, todos los avances en el ámbito del espionaje desde micrófonos ocultos hasta teléfonos pinchados se pusieron al servicio del espionaje político en el escándalo más famoso en el mundo: el caso Watergate. Un caso que cercó al presidente Nixón, acusando a siete estrechos colaboradores de espionaje telefónico.
El «Gran Hermano» global

Fue también en estos años cuando la tecnología convirtió el espacio en terreno de batalla. En 1971 Estados Unidos puso en órbita por primera vez su «Big Bird», un satélite de reconocimiento para recabar información y que estuvo en funcionamiento hasta 1986. El espionaje espacial de los soviéticos se sustentó en los satélites Yantar. Estos ejemplos fueron el embrión de un marco de espionaje espacial mejorado, con nuevos sistemas de resolución y captación de información.

Pero en los últimos tiempos, lo que se ha revelado como algo letal para los servicios de inteligencia ha sido un concepto ajeno a la evolución tecnológica y perfectamente medieval: la traición humana. Edward Snowden, Shu Quan-Sheng o Aldrich Hazen Ames han sido los héroes o villanos, según la óptica que lo mire, que han utilizado su posición privilegiada en los servicios de información para tirar de la manta.

Pero el gran nombre propio del espionaje global es ECHELON, un sistema desarrollado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El proyecto cuenta con más de 120 satélites y estaciones de tierra desde la que es capaz de rastrear las comunicaciones a través de internet. Este sistema ha sido fundamental en la denominada «guerra contra el terror» que Estados Unidos emprendió tras los atentados del 11 de septiembre. Se estima que ECHELON intercepta más de tres mil millones de comunicaciones cada día.

La vuelta de tuerca a este programa de inteligencia es el que ha levantado las alarmas de la sociedad civil es una de las aristas de ECHELON. El conocido como proyecto PRISMA salió a la luz pública este mismo año, y consiste en la captura de datos de los servidores de las principales compañías tecnológicas del mundo como Google o Facebook. Aunque las compañías se alejan del colaboracionismo y apuestan por presentarse como una víctima más, revelaciones de la NSA las presentan como participantes activos en el feedback con los servicios de inteligencia. El útlimo capítulo del espionaje ha superado las fronteras políticas y militares paras amenazar los derechos civíles individuales. La evolución y perfeccionamiento en las técnicas de una actividad tan antigua como la Historia misma amenaza ahora con vulnerar los derechos que esa misma evolución nos ha otorgado.