Mostrando entradas con la etiqueta Franco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franco. Mostrar todas las entradas

Franco visita Canarias en 1950

Durante la dictadura fueron frecuentes las visitas del entonces Jefe del Estado, el general Franco, a distintas ciudades y provincias españolas. Con motivo de una larga gira que incluyó la visita al Sahara Occidental, Franco visitó Canarias en octubre de 1950. Este documental de No-Do nos describe bien no sólo cómo se desarrolló, sino también cómo desde el aparato de propaganda se quiso publicitar el carácter multitudinario del recibimiento y la vinculación de Franco con las Islas durante el tiempo en el que fue Capitán General  y cómo desde este puesto se sumó al golpe de estado que dio inicio a la Guerra Civil. Una limitadísima y muy valiosa serie de sellos filatélicos fue una de las iniciativas que se promovieron para recordar esa visita oficial

El inicio de la década de los cincuenta coincide con el inicio de una nueva etapa de superación de la  recientísima condena internacional de la Dictadura franquista. La situación interna no es buena, especialmente en el ámbito económico. Los problemas de abastecimiento, especialmente del alimentario, eran particularmente graves en Canarias. De hecho la política económica de autarquía se tuvo que suavizar dadas las circunstancias del territorio donde el objetivo del autoabastecimiento resultaba imposible. No obstante, la economía estaba fuertemente controlada por el estado. La década anterior fue la del Mando Económico de Canarias, con García Escámez, una experiencia de centralización militarizada de la administración económica de las islas en el contexto de gran escasez de la Segunda Guerra Mundial e inmediata posguerra.

Canarias en 1950 era un territorio atrasado, con niveles de desarrollo económico y social claramente inferiores a los del conjunto de España. Ya en la década de los cincuenta, tras años de estricta prohibición, se permitió nuevamente la emigración exterior, válvula de escape que permitía, a través de la reducción de la población activa, combatir el desempleo estructural crónico que padecían las islas.

Ciudadano Negrín (Documental)

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria el 3 de Febrero de 1889 y fallecido en Paris (en el exilio), el 12 de Noviembre de 1956, Juan Negrín fue jefe del gobierno de la Segunda República española, desde el año 1937 al año 1945.Profesor de Fisiología en la Universidad Central de Madrid e investigador de renombre en la misma disciplina, Juan Negrín está considerado como uno de los precursores de la bioquímica. Juan NegrínEn 1929, se adhiere al Partido socialista obrero español y en 1931 fue diputado en las Cortes. Miembro del ala moderada que rechaza el marxismo, Juan Negrín no participa, sin embargo, en las disputas internas que enfrentan a reformistas y radicales. Esta neutralidad le hace ganarse el puesto de ministro de Economía y Hacienda en el gabinete de Francisco Largo Caballero, en septiembre de 1936, tras de la victoria del Frente popular. Tras la dimisión de Largo Caballero el 17 de mayo de 1937, el presidente de la República, Manuel Azaña, le nombra primer ministro con la esperanza de reforzar así su autoridad frente a los sindicatos y a los anarquistas, aliándose con la burguesía y las clases medias. Trataba así de poner fin al movimiento revolucionario que se había creado e intentaba realzar una economía que estaba en crisis debido a la guerra en la que estaba sumida el país. Negrín se decanta por una política económica y social moderada que agradaría a las democracias occidentales y que permitiría obtener su apoyo. Y se acerca poco a poco a los comunistas, basándose en que éstos niegan toda idea de revolución. Así, Juan Negrín convence a Azaña a realizar una transferencia secreta de una parte del Tesoro del Banco de España a Moscú. En un principio, según Negrín, esta transferencia era necesaria para alejar el dinero de los nacionales. Pero se piensa que el fin real era pagar los equipos militares que la República debía comprar a la Unión soviética, que exigía pago anticipado. Tras la caída de Barcelona, Negrín regresa a Madrid convencido del inminente comienzo de la Segunda Guerra Mundial y cree necesario luchar por mantener la guerra civil hasta que ésta dé comienzo, pero no recibe el apoyo de los militares, que quieren negociar las condiciones de la rendición del bando republicano, y de los anarquistas, que se mostraban hostiles hacia los comunistas. Poco después, Negrín abandona España y encabeza la cabeza del gobierno republicano en el exilio hasta 1945. Juan Negrín ha sido uno de los personajes más controvertidos de la Guerra Civil Española. Al final de la contienda, de la guerra, el bando franquista lo ha considerado un traidor, mientras que el republicano, le ha echado en cara prolongar inútilmente la guerra y pactar con la Unión Soviética.

Franco no habría ganado la guerra civil sin la ayuda de Hitler y Mussolini

Soldados y campesinos cordobeses atrincherados en agosto de 1936 en el frente de El Carpio en la provincia de Córdoba.

Soldados y campesinos cordobeses atrincherados en agosto de 1936 en el frente de El Carpio en la provincia de Córdoba.


Treinta y cinco años de dedicación continuada a la investigación hacen de Francisco Moreno Gómez uno de los historiadores españoles más solventes y rigurosos a lo largo de sus múltiples trabajos sobre los maquis, sobre la guerra y la represión en su provincia natal de Córdoba y ahora sobre la guerra pura y dura en un libro denso -Trincheras de la República. La gesta de una democracia acosada por el fascismo, editorial El Páramo- donde rinde homenaje a la cualificación y la combatividad de los soldados republicanos.
Moreno Gómez es catedrático de instituto ya jubilado y pertenece a esa importante saga de investigadores que ha tirado del carro de la historiografía al margen del academicismo universitario. Considera que las estimaciones sobre las víctimas tanto de la guerra en los combates como de la represión se quedan cortas porque sigue sin aflorar la cifra exacta de desaparecidos. "En los frentes de batalla pudieron morir no menos de 300.000 combatientes en toda España y, tan sólo en la provincia de Córdoba, he podido documentar casi 12.000 víctimas de esa catástrofe humanitaria causada por el golpe militar franquista. Pero son datos mínimos, el máximo no se sabrá nunca. De ahí la enorme importancia de investigar, como sugiere el Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU".
No es habitual en la historiografía actual que se reconstruyan batallas, pero Francisco Moreno lo hace aportando mucha información, incluso planos de situación que facilitan el entendimiento sobre la evolución de las campañas bélicas. Una de ellas -no muy conocida- es la última gran batalla de la contienda española, que se libró entre las provincias de Córdoba y Badajoz, entre enero y febrero de 1939, cuando nadie dudaba ya de que la guerra civil estaba perdida para la República. En efecto, en la batalla de Córdoba-Extremadura intervinieron más de 160.000 combatientes (92.500 del ejército republicano y 72.000 del bando franquista). Hubo 30.000 bajas y 10.000 muertos: 8.000 militares republicanos y 2.000 sublevados. Moreno Gómez explica así el sentido de aquella postrera gran batalla: "Los republicanos rompieron el frente, lo que causó gran alarma en el cuartel general franquista. La República quiso demostrar que no se rendía dando ejemplo de coraje y dignidad". El historiador cordobés recuerda la clave de la victoria franquista y se muestra categórico: "Cuando las fuerzas se equiparaban, la ayuda extranjera de Hitler y Mussolini deshacía el empate. De no haber sido por la ayuda del Eje Roma-Berlín, Franco no gana la guerra. La cualificación y la combatividad de los republicanos no ha sido valorada en su justo término".
El autor se detiene en determinados episodios de la guerra civil como el que sigue a la caída de Málaga en poder de las tropas franquistas en febrero de 1937. La ciudad se convirtió en una auténtica ratonera, donde decenas y decenas de personas eran fusiladas cada noche en las tapias del cementerio de San Rafael, que alberga el segundo conjunto de fosas comunes más importante de Europa con casi 5.000 esqueletos, después de Sebrenica, en Bosnia Herzegovina. "Se organizaban matanzas de prisioneros todas las noches. Decían: A ver que salgan los de la celda 21 y cargaban el camión rumbo al cementerio". Pero no sólo eran asesinados los malagueños, sino también los andaluces llegados semanas y meses antes a una ciudad colapsada que duplicaba su población por la presencia masiva de refugiados huyendo de la represión rebelde. Moreno documenta bastantes ejemplos de llegadas de grupos de falangistas de pueblos del occidente andaluz en manos golpistas "que iban a cazar a sus paisanos", para detenerlos, llevárselos a sus localidades de origen y allí matarlos. "O por el camino de vuelta, como pasó con un grupo de republicanos de Morón, que fueron fusilados en La Puebla de Cazalla".

La "carretera de la muerte"

Las cien mil personas, en su mayoría civiles, que se encaminaron apresuradamente hacia Almería por la carretera de la Costa durante los días siguiente a la toma de Málaga, tenían plenamente justificados sus temores y padecieron el ataque continuado de los sublevados: por aire bombardeados y ametrallados por la aviación italiana y desde el mar cañoneados por la marina rebelde. El médico canadiense que auxilió con su ambulancia a cientos de huidos por aquella "carretera de la muerte" considera que aquello fue el mayor crimen de guerra en España, más que las matanzas de Badajoz y que el bombardeo de Guernica. "Estamos hablando de casi cinco mil muertos", comenta Francisco Moreno, aclarando que "en la República nunca se ametralló a los civiles que huían de los pueblos por miedo a la represión, cosa que el franquismo hizo masivamente en Málaga, pero también en 1938 en el cierre de la bolsa de La Serena y en Don Benito (Badajoz), y durante la evacuación de de Tarragona en enero de 1939, como bien recogió Robert Capa en sus fotos. Es la criminalidad de guerra de que se ocupa la justicia universal".
Otro aspecto de la guerra escasamente abordado en el que se detiene moreno Gómez es el de los "niños o hijos de la noche", un original fenómeno de grupos de guerrilleros que hacían peligrosas incursiones nocturnas al otro lado del frente, en la retaguardia enemiga para realizar acciones de sabotaje, para liberar detenidos, para robar ganado y víveres y para ataques sorpresa. "Formaron en todo el frente -dice Moreno Gómez- el 14º cuerpo guerrillero, estructurado y comandado por el jienense Domingo Hungría, que tenía su sede principal en Villanueva de Córdoba, con sedes también en Granada, Badajoz, Alcalá de Henares, y un centro de entrenamiento en Benimámet (Valencia)". Estos grupos de guerrillas, que progresivamente fueron recibiendo apoyo de técnicos extranjeros, principalmente soviéticos, efectuaron acciones de guerra importantes, como la voladura de un tren militar cargado de soldados italianos y la liberación de 300 presos republicanos en el fuerte de la localidad costera granadina de Carchuna. Los guerrilleros del frente sur (entre Córdoba y Extremadura) sumaron durante la contienda 239 sabotajes, 17 emboscadas, 6 incursiones, 87 trenes descarrilados, 112 vehículos destruidos y 2.300 bajas enemigas, entre muertos y heridos, con tan sólo 14 muertos propios, según precisa el investigador Francisco Moreno en su libro Trincheras de la República. Asegura que la voladora de un puente en la carretera de Peñarroya y Córdoba inspiró al mismísimo Hemingway para el argumento de su novela Por quién doblan las campanas.

Franco regalaba cuadros a sus colaboradores Nazis



Finca La Elena en Tandil (Argentina). Verano de 1958. Un adolescente curioso y fascinado por el arte se detuvo delante de un cuadro y preguntó: ¿De verdad este cuadro es un greco?

—Sí, me lo regaló Franco por los servicios prestados a España. Me dijo que estuvo almacenado en el Museo del Prado, pero nunca expuesto. Este cuadro es la garantía de mi pensión.

—¡Nunca había visto un greco!

—No hay que fiarse de los tiranos. Si les haces un favor, es mejor que te lo agradezcan en el momento porque más tarde nunca se acuerdan.

Götz Dyckerhoff tenía 16 años cuando Johannes Bernhardt, general honorario de las SS y hombre clave en el golpe de Estado contra la República y en la victoria franquista, le confesó a él y a su padre la procedencia del cuadro que adornaba el salón de su casa de campo en la finca La Elena de la ciudad bonaerense de Tandil. El nazi se había instalado allí hacia 1952 junto su mujer, Ellen Wiedembrüg, hija del antiguo cónsul alemán en Rosario, y sus tres hijos. Los Bernhardt buscaban la paz y seguridad que habían perdido en Madrid.

Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina", dijo el nazi a sus invitados

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el hombre de Goering en España estaba en el ojo del huracán. Los aliados elaboraron en 1947 una lista negra de 104 nazis residentes en España en la que Bernhardt ocupaba el séptimo lugar. Los vencedores pedían su captura y lo definían así: “General de las SS y presidente de Sofindus, institución perteneciente al Estado alemán. Responsable del envío clandestino de suministros a las tropas alemanas cercadas en la zona occidental de Francia durante y tras la liberación de ese país”. Sofindus era un grupo de 350 empresas alemanas en España al servicio de Hitler, un turbio entramado financiero plagado de testaferros españoles de los nazis que el hombre de Goering manejó a su antojo. Franco no entregó a ninguno de los 104.

Walter Dyckerhoff, el padre del chico que se interesó por el supuesto cuadro de El Greco, era un ingeniero alemán que había inventado el cemento blanco y le ofrecieron abrir una fábrica en Buenos Aires. En 1958, toda la familia se trasladó a Argentina y allí intimaron con los Bernhardt. Surgió una amistad que continuó cuando las dos familias regresaron en los años setenta a Alemania.

El joven inquieto por el arte es hoy un químico de 72 años que ha trabajado durante 30 en la industria farmacéutica, vive en Alemania y tiene grabada su visita a la finca La Elena y el enigmático cuadro de uno de sus pintores favoritos: “Las dos cosas que mejor recuerdo de ese viaje a Tandil son aquel cuadro y las paellas que hacían los empleados de la finca. Yo nací con arte, me crie con arte. Mis padres me llevaban desde niño a ver exposiciones, me enseñaban libros y fotografías. Me impresionó ver aquel cuadro. Bernhardt nos contó a mi padre y a mí que al salir de España Franco le dijo que quería hacerle un regalo, que aceptó, pero pidió que fuera transportable. Nos relató que le entregó tres cuadros, dos los había vendido para comprarse la finca en el Tandil, y el tercero, el greco, lo exhibía en su salón. Nos dijo: ‘Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina. Si algún día tengo que marcharme”.

Los cuadros no eran el único regalo que Franco había hecho a Bernhardt, un astuto comerciante alemán que el 25 de julio de 1936, a sus 39 años, se entrevistó con Hitler en Bayreuth y le entregó una carta del general español en la que este le pedía auxilio militar. Durante varios años, los Bernhardt disfrutaron de una elegante villa en Dénia de inspiración francesa, otro regalo del régimen. ¿De dónde provenían los cuadros que el hombre de Goering confesó haber recibido de Franco? ¿Eran fondos del Patrimonio Nacional? ¿Habían estado almacenados en el Prado? El greco que impresionó al joven Goetz, ¿era realmente un greco?

En 1939 Franco regaló a Hitler tres obras de Zuloaga

Días después del golpe militar, elGobierno de la República decretó la primera Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico. Esta y otras juntas confiscaron las principales obras de arte públicas y privadas para salvarlas de los bombardeos y de la rapiña. “Todo lo que se evacuó del Prado a Ginebra volvió. Salieron más de 500 obras de los pintores más importantes, pero el Museo del Prado fue también uno de los depósitos de obras confiscadas a instituciones y a particulares, y ese greco pudo haber estado ahí”, señala Arturo Colorado, catedrático de arte y director del congreso Patrimonio, Guerra Civil y Posguerra celebrado en El Prado en 2010. Y añade: “En la posguerra hubo miles de obras que no se devolvieron y que decoraron los despachos de los jerarcas del franquismo. El propio Franco adornó el castillo de Viñuelas, donde vivía, con cuadros que procedían de los depósitos republicanos”. “No me parece imposible que Franco regalara esos cuadros”, apostilla Gabriel Finaldi, subdirector de conservación del Prado. Leticia Ruiz, conservadora del museo y experta en El Greco, opina que “nada es descartable” cuando se habla de este pintor. “Siempre aparecen cosas, pero luego los expertos discutimos la autoría de la obra”. Rebeca Saavedra, doctora en Historia y autora de una reciente tesis sobre el patrimonio artístico durante la Guerra Civil, cree que este supuesto regalo de Franco a su amigo nazi es “factible”. “Muchas obras no volvieron a sus dueños”, asegura.

El historiador Ángel Viñas es quien mejor conoce la historia de Bernhardt y lo entrevistó antes de que este muriera en Alemania en 1980. “Ese regalo es posible, aunque en la relación de Franco con él había admiración y prevención. Le regaló ese cuadro o también puede que Bernhardt se quedara con él. Yo no me creí ni el 90% de lo que me contó”.

El supuesto greco regalado por Franco a Bernhardt es una incógnita, pero no su afición a gratificar a jerarcas nazis con obras de grandes pintores españoles. En 1939 el dictador obsequió a Hitler, pintor frustrado, con tres cuadros de Zuloaga. Dos eran mujeres españolas con trajes típicos, y otro, una escena pastoril.

Götz Dyckerhoff, el adolescente fascinado por aquel misterioso cuadro en la finca La Elena de Tandil, es desde entonces un apasionado de Doménikos Theotokópoulos.

Nazis en Canarias durante la II Guerra Mundial



Una base secreta en Santa Cruz
Se llama Montaña de La Altura, y hoy continúa siendo ese desmesurado almacén donde la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife aún conserva singulares jirones de más de medio siglo de su historia. Justo al lado se encuentra el Centro de Educación Infantil y Primaria Miguel Pintor González, otrora conocido como el colegio de las Juntas del Puerto, cuyos responsables también aprovechaban la entrada a esta instalación para resguardar viejos pupitres y demás material.
Vista desde fuera, en La Altura apenas se vislumbra su bélico propósito, más allá de un pequeño búnker que asoma en la cima y de una leyenda para iniciados, en cuyas bocas siempre afloran las palabras submarino y nazi. Pero en las entrañas de esta montaña de la capital tinerfeña se oculta una pieza clave en el ambicioso entramado de infraestructuras militares que el primer franquismo ideó para defender Canarias durante la Segunda Guerra Mundial. Porque estas tres enormes bóvedas, con más de 170 metros de largo y casi nueve metros de altura, interconectadas entre sí por amplias galerías -que igual llegan a la cima de la montaña- pretendían sumergirse en la tierra hasta conectar con un tubo volcánico cercano, son en realidad una base logística construida por el Ejército español para abastecer a unos submarinos que, curiosamente, nunca llegó a tener.
Un recorrido que aclara la leyenda y alumbra el secreto escondido y olvidado en una montaña de la capital tinerfeña. El misterio de La Altura, esa base para submarinos que jamás entró en servicio.
El Ejército español construyó a partir de los años cuarenta del siglo XX una base para el abastecimiento de submarinos en el interior de un enorme risco costero conocido como montaña de La Altura que, junto a un atracadero en el muelle norte de la capital tinerfeña y un cuartel para infantes de marina, constituirían la Estación Naval de Tenerife. Dicha estación era complementaria al esfuerzo que la Armada ya llevaba a cabo en Gran Canaria, donde poco antes se iniciaron los trabajos para lo que es hoy la actual Base Naval de Canarias, dentro de un entramado de infraestructuras militares ideado para defender el Archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial.
Tal entramado de bases, que se debían repartir en al menos dos islas para evitar que un sólo ataque condujera a la indefensión de Canarias, encuentra su raíz en legislación dictada entre 1938 y 1939 que incluía un ambicioso plan para dotar a la Armada de lo necesario para jugar el papel atribuido a España en una redistribución del mapa colonial junto a las potencias europeas del Eje: Alemania e Italia.
Es el doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Juan José Díaz Benítez (autor de La Armada española y la defensa de Canarias durante la Segunda Guerra Mundial) quien desvela la existencia de una Ley Reservada (es decir, secreta, sólo para autoridades) de Construcciones Navales datada en septiembre de 1939 -ya terminada la Guerra Civil- y en la que se diseña un plan enormemente ambicioso en el que se asigna a la Armada española una flota semejante a la alemana, incluidos los doce submarinos que debían asignarse a Canarias.
“Por aquella época -explica Benítez- se tenía la creencia de que la mejor defensa naval se lograba con submarinos. Esa idea, aportada ya al inicio del siglo XX por un autor tinerfeño, era errónea a esas alturas de siglo: lo realmente interesante y útil era contar con una aviación potente”.
Más allá del tino que tuvieran aquellos planes, un escrito del comandante naval de Canarias al Ministro de Marina con fecha de 10 de diciembre de 1940 recoge la insistencia del primero en enterrar los depósitos de combustible, tanto en Gran Canaria como en Tenerife, “con el fin de que estuviesen protegidos frente a los bombardeos aéreos y navales”. Según nos confirma el teniente coronel tinerfeño Juan Antonio Castro, responsable durante años del Museo MIlitar de Almeida “la base logística de Altura, desde luego, cumple estos requisitos a la perfección: es obvio que es muy segura y a prueba de bombas”.
Entre la documentación hallada por Díaz Benítez en el Archivo de la Marina en Gran Canaria figura incluso una Memoria sobre las posibilidades de establecer una base naval en Santa Cruz de Tenerife que, siempre complementando a la de La Luz en Gran Canaria, fija las necesidades a satisfacer, ya descritas: un atracadero en el Muelle Norte (que incluso podía ser no sólo para submarinos, sino hasta para acorazados), un cuartel para tropas de infantería de marina y un depósito para unos 8.000 toneladas de gasoil, que es esta base logística de La Altura.
Pronto se descubre que las urgencias de los militares no son las mismas que las de los civiles, de lo que da muestra el intercambio de pareceres en 1941 entre el ingeniero director de la Dirección facultativa de Obras del Puerto de Santa Cruz de Tenerife y la Comandancia.
Esta última es la que pide una explanada del barranco de Tahodio y parte de la montaña de La Altura, a lo que responde el otro con inconveniencias varias sobre la explanada: que si los terrenos habían costado muy caros a las Obras del Puerto, que si allí habían instalaciones de la Vacuum Oil Company of the Canary Island…
La respuesta del comandante fue tajante, pero no instantánea: La Altura era el refugio antibombardeo del combustible para submarinos perfecto dadas sus características, no veía perjuicio para la Vacuum y, desde luego, no se pensaba en pagar por los terrenos de Tahodio.
Esta polémica demoró tanto el inicio de los trabajos que es en agosto de 1942 cuando, a instancias de la Comandancia Naval, toma cartas en el asunto el mismísimo Ministro de Marina, que allana las dificultades puestas por las Obras del Puerto, al punto que será este organismo quien compense a los afectados por el desalojo de unas treinta chabolas asentadas en tan disputada zona de Tahodio.
Al ritmo de la época, tan distinto de la actual, es el 6 de noviembre de 1943 cuando finalmente Obras Públicas cede el terreno: 22.602 metros cuadrados cuya propiedad, como se verá, seguía siendo portuaria.
El 16 de diciembre de ese año se crea oficialmente la ya referida Estación Naval de Tenerife y el 23 del mismo mes se produce la ocupación de los terrenos y el inicio de los trabajos.
La dinamita fue clave para semejante vaciado de la montaña, y aunque cabe pensar que se recurrió al batallón de forzados (presos de guerra), hay constancia en una misiva oficial de que se pagó por el trabajo, ya que una subida de salarios encareció el proyecto.
Se desconoce cuánto se tardó en terminarse la instalación. Díaz Benítez apunta a primeros años de los 50, pero ese dato habrá que buscarlo en las archivos peninsulares de la Armada, pero para entonces hacía mucho que la Segunda Guerra Mundial había terminado.
Así las cosas, es normal que no se completase la salida al mar, cuya boca fue sellada por seguridad hace años. Sigue sin saberse con certeza si se pretendía conectar con el tubo volcánico o, como propone Díaz Benítez, se pretendía sacar tuberías hasta el atracadero del Muelle Norte.
En los años 60, la Autoridad Portuaria ya gobernaba de nuevo sobre sus terrenos de Tahodio y La Altura, tan distintos ahora de como eran antes del paso de los militares. Pronto se aprovechó su enorme capacidad para el almacenamiento y todavía hoy en las bóvedas se guardan desde coches oficiales hasta una caja fuerte.
¿Y los submarinos? “Nunca llegaron -desvela el teniente coronel Castro- porque los alemanes descartaron en todo momento facilitar los fondos necesarios a los españoles, y menos aún la tecnología necesaria”. 













Fuente: Diariodeavisos.com