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Franco y Hitler: un odio interesado


El Eje fue un salón de desconfianza a tres bandas. Hitler, Mussolini y Franco. El trío quería dominar Europa y perpetuarse en el trono con poder absoluto. Para ello, se necesitaban. Pero, al tiempo que se enviaban telegramas de felicitación y agradecimiento, como el que publicamos hoy perteneciente a la Colección José María Castañé, se colaban espías por el patio trasero que realizaban informes sobre las mutuas debilidades y en cuanto se daban la vuelta se criticaban como porteras.
Hitler y Mussolini despreciaban a Franco. Los dos acabaron en el hoyo tragándose sus fracasos políticos y militares. El español murió en la cama tras haber jugado todas las bazas a su favor: las del fascismo y, después, dulcificando su imagen como el protector paterno para la patria que él jamás tuvo en casa, las de las democracias occidentales.
La novia a cortejar en los años treinta era Alemania. Franco mandó a Berlín hombres de toda confianza y consiguió su apoyo. Para el dictador español, la alianza nazi fue clave a la hora de ganar la guerra. Para Hitler, aunque algunos de sus colaboradores le quitaran importancia, fue fundamental tener bajo su yugo a España y Portugal con dos regímenes de su cuerda sin necesidad de invadir nada.
Telegrama de Franco para Hitler.
El alemán no tardó en atender sus ruegos bajo los efluvios wagnerianos de Sigfrido. El 24 de julio de 1936, apenas una semana después del golpe militar, se decidió. Cuando salía de una representación de la tercera parte de El Anillo del Nibelungo, en Bayreuth, dirigida por Wilhelm Furtwängler, le esperaban una delegación de emisarios de Franco con el empresario alemán Johannes Bernhardt como cabeza visible. Le pidieron 10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible, 20 piezas antiaéreas de 20 mm., 6 aviones de caza Heinkel, ametralladoras y fusiles con munición en abundancia y bombas aéreas de varios tipos, hasta 500 kilos.
Al principio, dudó: “Esa no es forma de empezar una guerra”, clamó, tal y como recoge Paul Preston en su biografía sobre Franco. Pero después, Hitler dobló el requerimiento. Para empezar, 20 aviones y 5.000 soldados en una acción acorde con lo que retumbaba en sus oídos. Lo llamó Operación Fuego Mágico (Unternehmen Feuerzauber), un homenaje al héroe con trazas de superhombre que atraviesa las llamas para liberar a Brunilda.
Las acciones de los alemanes en la guerra tuvieron varios frentes. El más salvaje fue el bombardeo de Guernica. Pero la colaboración estuvo teñida de constantes tiranteces que acabaron con la negativa de Franco a involucrarse en la ofensiva europea.
Aún así, guardó las formas y envió un mensaje de agradecimiento para Hitler nada más terminar la Guerra Civil que pertenece a la colección Castañé y, según Preston, es desconocido: “Al recibir vuestra felicitación y la de la nación alemana por la victoria final de nuestras armas en Madrid os envío con la gratitud de España y la mía personal los sentimientos más firmes de la amistad de un pueblo que en los momentos difíciles ha sabido encontrar sus verdaderos amigos”.
Nota original de Franco a Hitler.
El lenguaje resulta propio de la afectada verborrea fascista. La realidad de sus apreciaciones hay que buscarla en otras frases. Sobre todo, del lado contrario. Por ejemplo, como la que Hitler soltó al conocer la desaparición de otro de los generales golpistas: “La verdadera tragedia para España fue la muerte de Mola, ahí estaba el auténtico cerebro, el verdadero líder. Franco llegó a la cima como Poncio Pilatos al Credo”.
Ya escocía entre los nazis la negativa que se produjo en Hendaya en 1940. Allí Franco, se quejó ante su cuñado, Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, progermánico y una de las figuras más poderosas del régimen: “Estos alemanes lo quieren todo sin dar nada a cambio”. Ellos pensaban igual. Según algunos testigos, tras el fracaso estrepitoso de aquellas conversaciones, Hitler acabó considerando a Franco “un cerdo jesuita”. En 1942, también le dedicó una flor con tintes racistas: “Cuando aparece en público está siempre rodeado de la guardia mora. Ha asimilado todo el manierismo de la realeza y cuando vuelva el rey será el ideal mozo de estribos”.
Lo que todo esto prueba, aparte de pésimo gusto, es que a lo que se daban con fruición enmascarada en hipocresía era a la política, las alianzas y la estrategia común. Eso sí, con la nariz tapada: “Las intenciones de Hitler al involucrarse en la guerra española respondían a todo, menos al cariño personal”, comenta Preston.
Nazis y fascistas italianos vinieron bien para lo que vinieron. Pero como observa Preston en su memorable estudio de referencia, lo que realmente apuntaló al régimen fue su alianza con otro estado: El Vaticano. Ahí no se dieron fisuras. Al terminar la guerra, a través de la radio, Pío XII, le consagró: “Con inmenso gozo, bendigo a los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el jefe del Estado y tantos caballeros”. Amén.

El espionaje: una práctica tan vieja como el mundo que cambió el curso de la historia

"Snowden ha destapado el mayor caso de espionaje de la historia". Así de contundente se mostró el presidente de Ecuador Rafael Correa con respecto al escándalo que destapó Snowden. Pero, ¿realmente se trata del mayor caso? ¿Qué ha supuesto el espionaje a lo largo de la historia? Lo cierto es que la relación de la historia con los espías es bastante más profunda de lo que parece. Hoy, con los datos que conocemos gracias a la desclasificación gubernamental o a historiadores e investigadores, podemos asegurar que la historia hubiera sido otra totalmente diferente de no haber existido el espionaje.
Los primeros indicios del espionaje se remontan a la antigua Mesopotamia. La mitología sumeria, en el poema épico de Ninurta, alrededor del 2.200 a.C., ya hacía mención al espionaje. Desde entonces y hasta 2013 se ha mantenido una obsesión común: controlar al enemigo... o al amigo a través de diferentes técnicas de control de la información.

El Antiguo Testamento no es excepción y también da cuenta del espionaje. El relato de Sansón y Dalila es uno de los casos más conocidos. Sansón se enamora de Dalila, que recibe el encargo de los filisteos de averiguar el secreto de la fuerza de Sansón a cambio de unas monedas de plata. De esta manera, mediante este espionaje, Sansón acaba por desvelar que el secreto de su fuerza reside en el cabello.
En la epopeya griega Ilíada se narra cómo en la guerra de Troya ambos contendientes mandaron emisarios para que se infiltraran entre los troyanos y aqueos con el fin de conseguir información sobre los futuros planes de ataque.
Durante el Imperio Romano, los aristócratas contaban con su propia red de informantes, ya fueran esclavos, o agentes que les mantenían al día de las actividades del Senado. Los espías fueron muy importantes para el desarrollo de las diferentes guerras libradas por el imperio.
Así, las diferentes tácticas de espionaje se fueron desarrollando y perfeccionando durante la Edad Media y Moderna, donde existen miles de ejemplos de espionaje y traición que pudieron cambiar el signo histórico, pero es en la Edad Contemporánea, y sobre todo durante el siglo XX por la trascendencia internacional de los conflictos armados, donde el espionaje supuso un punto y a parte en el mundo tal y como lo conocemos hoy.

EL ESPIONAJE EN EL SIGLO XX

El siglo XX estuvo marcado por las dos guerras mundiales, dos guerras cuyo resultado en cuanto a vencedores o vencidos pudo cambiarlo todo y en las que (sobre todo en la Segunda), el papel del espionaje fue extraordinariamente decisivo. Durante la Gran Guerra (1914-18), las redes de información y contrainformación realizaron una importante labor a través de la incursión e infiltración en zonas enemigas para conocer los planes de ataque de esta durísima guerra que enfrentó a las principales potencias mundiales.
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Pero, curiosamente, fue la Guerra Civil Española (1936-39) el conflicto que supuso el perfeccionamiento y 'profesionalización' de esta táctica para sacar el máximo partido a sus acciones militares. En este sentido, el trabajo del espionaje del bando franquista fue mucho más efectivo que el republicano, y su aplicación práctica (como casi todos los aspectos del conflicto español), fueron un banco de pruebas para la II Guerra Mundial también en cuestiones de espionaje.

El SIFNE Y EL SIPM

El SIFNE (Servicio de Información de la Frontera del Norte de España) nació durante el conflicto patrio para servir a Francisco Franco una información valiosísima. Este servicio informaba desde Irún a los altos mandos franquistas de las distintas operaciones en marcha de los republicanos, así como sus planes de ataque. Fue perfeccionándose debido al alto rendimiento militar que Franco sacaba de estas informaciones, y pasó a llamarse SIPM (Servicio de Información y Policía Militar).
El SIPM unificó todas las redes de espionaje franquista en un mismo organismo bajo el control del coronel José Ungría. El SIPM llegó a contar con unos 30.000 hombres destinados única y exclusivamente a conseguir información del enemigo.
El flujo de información llegaba al SIPM a través del interrogatorio a los enemigos detenidos, así como de los testimonios de los evadidos que pasaban de un bando a otro y ofrecían todos los detalles del contingente armamentístico y de los planes de ataque republicano.
Además, el ejército de Franco contaba con una red de infiltrados en zona republicana a los que se bautizó con el nombre de quintocolumnistas. Esta quinta columna fue llamada así por el general Emilio Mola, que llegó a afirmar que la quinta columna de Madrid les haría ganar la guerra. Tras esta temeraria afirmación, se produjo la famosa matanza de Paracuellos, ya que la Junta de Defensa de Madrid, creada en noviembre de 1936 para defender la ciudad (a punto de caer solo cuatro meses después del inicio de la guerra), decidió darle valor a las palabras de Mola y ejecutar a casi todos los presos del bando nacional encarcelados en la cárcel Modelo de Moncloa.
El ejército republicano también contó con un servicio de espionaje, creado por el coronel Estrada, que comenzó a perfeccionarse a partir de 1937. Curiosamente, según el historiador Hernán Rodríguez, al ejército republicano le fue peor cuando más información dispuso del enemigo, unos detalles que no supieron aprovechar en beneficio propio.
Además, la República formó a unos 3.000 guerrilleros para realizar labores de espionaje y sabotaje. Su misión no era otra que la de infiltrarse en zona enemiga para causar el mayor daño posible y obtener información a través de campañas programadas de incursión.

JUAN PUJOL EL ESPÍA MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA RECIENTE

La II Guerra Mundial (1939-45) tuvo un punto de inflexión: el desembarco de Normandía. El noroeste de Francia, en manos de los nazis, vivió el 6 de junio de 1944 la llegada masiva de aliados (hasta 250.000 hombres), que consiguieron liberar París y poner pie en Europa para decantar la guerra definitivamente en detrimento de un Hitler que estuvo a punto de conseguir someter al mundo ante la pasividad europea.
Pero este desembarco tan trascendental pudo haberse contenido de haber conocido Hitler su existencia. Y si no lo supo fue por un espía español: Juan Pujol. Pujol había cultivado un gran odio hacia el fascismo y el comunismo durante la Guerra Civil Española. Esa animadversión le animó a ofrecer sus servicios a la inteligencia británica, el MI5, para combatir la amenaza nazi.
Juan Pujol comenzó a trabajar como agente doble para Alemania y Reino Unido. Consiguió ganarse poco a poco la credibilidad de Hitler, al que incluso hizo creer que 22 agentes trabajaban para el español al servicio de Alemania. A base de informes, muchos de ellos verdaderos enviados a Alemania sobre futuras operaciones aliadas, consiguió que incluso le otorgaran la Cruz de Hierro, máxima distinción del III Reich, que compartió con la Órden del Imperio Británico, hecho insólito en la historia.
A través de su trabajo de información y desinformación a Hitler, Pujol consiguió cambiar el curso de la guerra, y seguramente de la historia. Juan hizo creer a Hitler que el llamado día 'D', a la hora 'H', se iba a producir en Calais, a 249 kilómetros de Normandía. De hecho, tal era la confianza de Hitler en 'su' espía, que no llegó a valorar el desembarco definitivo hasta bastantes horas después, ya que pensó que se trataba de una maniobra de despiste a la espera del desembarco definitivo de Calais, que jamás se produjo. Cuando se dio cuenta del engaño de Pujol, ya era demasiado tarde.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el conflicto entre las dos potencias mundiales del momento, Estados Unidos y la URSS, estuvo a punto de desembocar en la Tercera Guerra Mundial en 100 años. Fue en este período histórico, durante la llamada Guerra Fría, cuando la labor del espionaje volvió a cobrar una importancia vital. Agentes dobles, e incluso triples, surtían de información a ambas potencias sobre los posibles planes de ataque inminente que tuvieron su punto álgido en la llamada Crisis de los Misiles, cuando Estados Unidos descubrió una base de misiles rusa en territorio cubano. Estados Unidos pudo saber de la existencia de estos misiles al lado de su territorio gracias, curiosamente, a un coronel de la Inteligencia Militar Soviética, Oleg Penkovski. Pasó pruebas reales a la Casa Blanca sobre la situación de los misiles de Cuba, proveyendo de planos y descripciones a la inteligencia estadounidense. A partir de ese material, los especialistas empezaron a trabajar en la identificación de los proyectiles, ya que las fotografías tomadas por los aviones espía eran de baja resolución.
Oleg Penkovski fue arrestado por la KGB el mismo día que Kennedy anunciaba al mundo la inminencia de un conflicto mundial debido a la amenaza soviética. Al espía lo mató la URSS al año siguiente, una vez juzgado y condenado por espionaje.
Nadie conoce con exactitud los planes de Kruschev para esos días, pero lo cierto es que la posibilidad de un ataque a EEUU era muy alta, y fue un espía el que destapó la caja de los truenos y puso en alerta a Kennedy, que finalmente supo evitar la III Guerra Mundial que por momentos estaba muy cerca.
Después de la Guerra Fría y hasta nuestros días, la evolución de la tecnología ha hecho modificar los servicios de inteligencia de todos los países, que ahora basan principalmente su actividad en la interceptación de comunicaciones, como hemos visto tras los documentos filtrados por Snowden. El espionaje fue y sigue siendo un elemento fundamental para la toma de decisiones, y es, y seguirá siendo, una prioridad para todos los países, aunque sigan negándolo y mostrando indignación cuando son ellos los espiados.

Franco regalaba cuadros a sus colaboradores Nazis



Finca La Elena en Tandil (Argentina). Verano de 1958. Un adolescente curioso y fascinado por el arte se detuvo delante de un cuadro y preguntó: ¿De verdad este cuadro es un greco?

—Sí, me lo regaló Franco por los servicios prestados a España. Me dijo que estuvo almacenado en el Museo del Prado, pero nunca expuesto. Este cuadro es la garantía de mi pensión.

—¡Nunca había visto un greco!

—No hay que fiarse de los tiranos. Si les haces un favor, es mejor que te lo agradezcan en el momento porque más tarde nunca se acuerdan.

Götz Dyckerhoff tenía 16 años cuando Johannes Bernhardt, general honorario de las SS y hombre clave en el golpe de Estado contra la República y en la victoria franquista, le confesó a él y a su padre la procedencia del cuadro que adornaba el salón de su casa de campo en la finca La Elena de la ciudad bonaerense de Tandil. El nazi se había instalado allí hacia 1952 junto su mujer, Ellen Wiedembrüg, hija del antiguo cónsul alemán en Rosario, y sus tres hijos. Los Bernhardt buscaban la paz y seguridad que habían perdido en Madrid.

Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina", dijo el nazi a sus invitados

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el hombre de Goering en España estaba en el ojo del huracán. Los aliados elaboraron en 1947 una lista negra de 104 nazis residentes en España en la que Bernhardt ocupaba el séptimo lugar. Los vencedores pedían su captura y lo definían así: “General de las SS y presidente de Sofindus, institución perteneciente al Estado alemán. Responsable del envío clandestino de suministros a las tropas alemanas cercadas en la zona occidental de Francia durante y tras la liberación de ese país”. Sofindus era un grupo de 350 empresas alemanas en España al servicio de Hitler, un turbio entramado financiero plagado de testaferros españoles de los nazis que el hombre de Goering manejó a su antojo. Franco no entregó a ninguno de los 104.

Walter Dyckerhoff, el padre del chico que se interesó por el supuesto cuadro de El Greco, era un ingeniero alemán que había inventado el cemento blanco y le ofrecieron abrir una fábrica en Buenos Aires. En 1958, toda la familia se trasladó a Argentina y allí intimaron con los Bernhardt. Surgió una amistad que continuó cuando las dos familias regresaron en los años setenta a Alemania.

El joven inquieto por el arte es hoy un químico de 72 años que ha trabajado durante 30 en la industria farmacéutica, vive en Alemania y tiene grabada su visita a la finca La Elena y el enigmático cuadro de uno de sus pintores favoritos: “Las dos cosas que mejor recuerdo de ese viaje a Tandil son aquel cuadro y las paellas que hacían los empleados de la finca. Yo nací con arte, me crie con arte. Mis padres me llevaban desde niño a ver exposiciones, me enseñaban libros y fotografías. Me impresionó ver aquel cuadro. Bernhardt nos contó a mi padre y a mí que al salir de España Franco le dijo que quería hacerle un regalo, que aceptó, pero pidió que fuera transportable. Nos relató que le entregó tres cuadros, dos los había vendido para comprarse la finca en el Tandil, y el tercero, el greco, lo exhibía en su salón. Nos dijo: ‘Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina. Si algún día tengo que marcharme”.

Los cuadros no eran el único regalo que Franco había hecho a Bernhardt, un astuto comerciante alemán que el 25 de julio de 1936, a sus 39 años, se entrevistó con Hitler en Bayreuth y le entregó una carta del general español en la que este le pedía auxilio militar. Durante varios años, los Bernhardt disfrutaron de una elegante villa en Dénia de inspiración francesa, otro regalo del régimen. ¿De dónde provenían los cuadros que el hombre de Goering confesó haber recibido de Franco? ¿Eran fondos del Patrimonio Nacional? ¿Habían estado almacenados en el Prado? El greco que impresionó al joven Goetz, ¿era realmente un greco?

En 1939 Franco regaló a Hitler tres obras de Zuloaga

Días después del golpe militar, elGobierno de la República decretó la primera Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico. Esta y otras juntas confiscaron las principales obras de arte públicas y privadas para salvarlas de los bombardeos y de la rapiña. “Todo lo que se evacuó del Prado a Ginebra volvió. Salieron más de 500 obras de los pintores más importantes, pero el Museo del Prado fue también uno de los depósitos de obras confiscadas a instituciones y a particulares, y ese greco pudo haber estado ahí”, señala Arturo Colorado, catedrático de arte y director del congreso Patrimonio, Guerra Civil y Posguerra celebrado en El Prado en 2010. Y añade: “En la posguerra hubo miles de obras que no se devolvieron y que decoraron los despachos de los jerarcas del franquismo. El propio Franco adornó el castillo de Viñuelas, donde vivía, con cuadros que procedían de los depósitos republicanos”. “No me parece imposible que Franco regalara esos cuadros”, apostilla Gabriel Finaldi, subdirector de conservación del Prado. Leticia Ruiz, conservadora del museo y experta en El Greco, opina que “nada es descartable” cuando se habla de este pintor. “Siempre aparecen cosas, pero luego los expertos discutimos la autoría de la obra”. Rebeca Saavedra, doctora en Historia y autora de una reciente tesis sobre el patrimonio artístico durante la Guerra Civil, cree que este supuesto regalo de Franco a su amigo nazi es “factible”. “Muchas obras no volvieron a sus dueños”, asegura.

El historiador Ángel Viñas es quien mejor conoce la historia de Bernhardt y lo entrevistó antes de que este muriera en Alemania en 1980. “Ese regalo es posible, aunque en la relación de Franco con él había admiración y prevención. Le regaló ese cuadro o también puede que Bernhardt se quedara con él. Yo no me creí ni el 90% de lo que me contó”.

El supuesto greco regalado por Franco a Bernhardt es una incógnita, pero no su afición a gratificar a jerarcas nazis con obras de grandes pintores españoles. En 1939 el dictador obsequió a Hitler, pintor frustrado, con tres cuadros de Zuloaga. Dos eran mujeres españolas con trajes típicos, y otro, una escena pastoril.

Götz Dyckerhoff, el adolescente fascinado por aquel misterioso cuadro en la finca La Elena de Tandil, es desde entonces un apasionado de Doménikos Theotokópoulos.

La historia del partido de la muerte: jugaron sabiendo que serían asesinados



La historia del fútbol mundial incluye miles de episodios emotivos y conmovedores, pero seguramente ninguno sea tan terrible como el que protagonizaron los jugadores del Dinamo de Kiev en los años 40. Aquí está la historia de los jugadores del Dínamo que jugaron un partido sabiendo que si ganaban serían asesinados, y sin embargo decidieron ganar. En la muerte dieron una lección de coraje, de vida y honor, que no encuentra, por su dramatismo, otro caso similar en el mundo.


Para comprender su decisión, es necesario conocer cómo llegaron a jugar aquel decisivo partido, y por qué un simple encuentro de fútbol presentó para ellos el momento crucial de sus vidas.


Todo comenzó el 19 de septiembre de 1941, cuando la ciudad de Kiev (capital ucraniana) fue ocupada por el ejército nazi, y los hombres de Hitler desplegaron un régimen de castigo sin piedad y arrasaron con todo. La ciudad se convirtió en un infierno controlado por los nazis, y durante los meses siguientes llegaron cientos de prisioneros de guerra, a los que no se permitía trabajar ni vivir en casas, por lo que todos vagaban por las calles, en la más absoluta indigencia. Entre aquellos soldados enfermos y desnutridos, estaba Nikolai Trusevich, quien había sido portero del Dinamo de Kiev.


Josef Kordik, un panadero alemán a quien los nazis no perseguían, precisamente por su origen, era hincha fanático del Dinamo. Un día caminaba por la calle cuando, sorprendido, miró a un pordiosero y de inmediato se dio cuenta de que era su ídolo: el gigante Trusevich.
Aunque era ilegal, mediante artimañas, el comerciante alemán engaño a los nazis y contrató al arquero para que trabajara en su panadería. Su afán por ayudarlo fue valorado por el arquero, que agradecía la posibilidad de alimentarse y dormir bajo un techo. Al mismo tiempo, Kordik se emocionaba por haber hecho amistad con la estrella de su equipo.


En la convivencia, las charlas giraban siempre sobre el fútbol y el Dinamo, hasta que el panadero tuvo una idea genial: le encomendó a Trusevich que en lugar de trabajar como él amasando pan, se dedicara a buscar al resto de sus compañeros. No sólo le seguiría pagando, sino que juntos podían salvar a los otros jugadores.


Esta es la única foto que se conserva de aquellos jugadores que no se doblegaron ante los nazis y hoy se los recuerda como héroes.


El arquero recorrió lo que quedaba de la ciudad devastada día y noche, y entre heridos y mendigos fue descubriendo, uno a uno, a sus amigos del Dinamo. Kordik les dió trabajo a todos, esforzándose para que no se descubriera la maniobra. Trusevich encontró también algunos rivales del campeonato ruso, tres futbolistas del Lokomotiv, y también los rescató. En pocas semanas, la panadería escondía entre sus empleados a un equipo completo.


Reunidos por el panadero, los jugadores no tardaron en dar el siguiente paso, y decidieron, alentados por su protector, volver a jugar. Era, además de escapar de los nazis, lo único que podían hacer. Muchos habían perdido a sus familias a manos del ejército de Hitler, y el fútbol era la última sombra que sobrevivía de sus vidas anteriores.


Como el Dínamo estaba clausurado y prohibido, le dieron a su conjunto un nuevo nombre. Así nació el FC START, que a través de contactos alemanes comenzó a desafiar a equipos de soldados enemigos y selecciones de la órbita del III Reich.


El 7 de junio de 1942, jugaron su primer partido. Pese a estar hambrientos y haber trabajado toda la noche, vencieron 7 a 2. Su siguiente rival fue el equipo de una guarnición húngara y le ganaron 6 a 2. Luego le metieron 11 goles a un equipo rumano. La cosa se puso seria cuando el 17 de julio enfrentaron a un equipo del ejército alemán y lo golearon 6 a 2. Muchos nazis empezaron a molestarse por la creciente fama de este grupo de empleados de panadería y le buscaron un equipo mejor para terminar con ellos. Llego MSG húngaro con la misión de derrotarlos, pero el FC Start lo aplastó 5 a 1, y más tarde, ganó 3 a 2 en la revancha.


El 6 de agosto, convencidos de su superioridad, los alemanes prepararon un equipo con miembros de la Luftwaffe, el Flakelf, que era un gran equipo, utilizado como instrumento de propaganda de Hitler. Los nazis habían resuelto buscar el mejor rival posible para acabar con el FC Start, que ya había ganado gran popularidad en el pueblo sometido. La sorpresa fue mayúscula, sin embargo, porque pese a las patadas de los alemanes, el FC Start venció 5 a 1.


Luego de esa escandalosa caída del equipo de Hitler, los alemanes descubrieron la maniobra del panadero. Desde Berlín llego la orden de matarlos a todos, pero los jerarcas nazis no se contentaban con eso. No querían que la última imagen de los rusos fuera una victoria, porque pensaban que matándolos así no harían más que perpetuar la derrota alemana.


La superioridad de la raza aria, en particular en el deporte, era una obsesión para Hitler y los altos mandos. Por esa razón, antes de fusilarlos, querían ganarles en la cancha.


Con un clima tremendo y amenazas por todas partes, para el 9 de agosto se anuncio la revancha, en el repleto estadio Zénit. Antes del choque, un oficial de la SS entró en el vestuario y dijo en ruso: “soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto”, exigiéndoles que hicieran el saludo nazi.


Ya en el campo, los futbolistas del START (camiseta roja y pantalón blanco) alzaron el brazo, pero en el momento del saludo se lo llevaron al pecho y en lugar de decir “¡Heil Hitler!”, gritaron”¡Fizculthura!”, un eslogan soviético que proclamaba la cultura física. Los alemanes (camiseta blanca y pantalón negro) marcaron el primero gol, pero el Start llegó al descanso ganando 2 a 1.


Hubo más visitas al vestuario, esta vez con armas y advertencias claras y concretas: “si ganan, no queda nadie vivo”. Los jugadores tuvieron mucho miedo y se plantearon no salir al segundo tiempo. Pero pensaron en sus familias, en los crímenes que se cometían, en la gente sufrida que en las tribunas gritaba por ellos. Y salieron. Les dieron a los nazis un verdadero baile. Hacia el final del partido, cuando ganaban 5 a 3, el delantero Klimenko quedo mano a mano con el arquero alemán. Lo eludió y al estar solo frente al arco, cuando todos esperaban el gol, se dio vuelta y pateó hacia el centro del campo. Fue un gesto de desprecio, de burla, de superioridad total. El estadio se vino abajo.


Como todo Kiev hablaba de la hazaña, los nazis dejaron que se fueran de la cancha como si nada hubiera ocurrido. Incluso el Start jugó a los pocos días y le ganó al Rukh 8 a 0. Pero el final estaba escrito: tras ese último partido, la Gestapo visitó la panadería una semana después y los miembros del equipo fueron acusados de ser espías de la NKVD. Esta acusación basaba su fundamento en que el Dínamo era un club asociado a la policía secreta. Pero, cualquier cosa hubiese valido.


El primero en morir torturado fue Kortkykh. Los demás arrestados fueron enviados a los campos de concentración de Siretz. Allí mataron brutalmente a Kuzmenko, Klimenko y al arquero Trusevich, que murió con su camiseta puesta. Goncharenko y Sviridovsky, que no estaban en la panadería, fueron los únicos que sobrevivieron, escondidos, hasta la liberación de Kiev en noviembre del 43. El resto del equipo fue torturado hasta la muerte.


En el estadio al día de hoy hay una placa que recuerda a estos jugadores con una inscripción que dice: “A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi”.


Esta es la historia del dramático “Partido de la Muerte”. El cineasta John Huston se inspiró en este hecho real para rodar su película “Escape a la victoria” en 1981, pero ambientada en París y no en Kiev. En el film hizo lo que no pudo el destino: salvar a los héroes.


Todavía hoy, los poseedores de una entrada para aquel partido tienen derecho a un asiento gratis en el estadio del Dinamo de Kiev. En las escalinatas del club, custodiado en forma permanente, se conserva actualmente un monumento que saluda y recuerda a aquellos héroes del FC Start, los indomables prisioneros de guerra del Ejército Rojo a los que nadie pudo derrotar durante una decena de históricos partidos, entre 1941 y 1942.Los mataron entre torturas y fusilamientos, pero hay un recuerdo, una fotografía que, para los hinchas del Dinamo, vale más que todas las joyas del Kremlin. Allí figuran los nombres de los jugadores y una leyenda: “De la rosa solo nos queda el nombre”.

Nazis en Canarias durante la II Guerra Mundial



Una base secreta en Santa Cruz
Se llama Montaña de La Altura, y hoy continúa siendo ese desmesurado almacén donde la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife aún conserva singulares jirones de más de medio siglo de su historia. Justo al lado se encuentra el Centro de Educación Infantil y Primaria Miguel Pintor González, otrora conocido como el colegio de las Juntas del Puerto, cuyos responsables también aprovechaban la entrada a esta instalación para resguardar viejos pupitres y demás material.
Vista desde fuera, en La Altura apenas se vislumbra su bélico propósito, más allá de un pequeño búnker que asoma en la cima y de una leyenda para iniciados, en cuyas bocas siempre afloran las palabras submarino y nazi. Pero en las entrañas de esta montaña de la capital tinerfeña se oculta una pieza clave en el ambicioso entramado de infraestructuras militares que el primer franquismo ideó para defender Canarias durante la Segunda Guerra Mundial. Porque estas tres enormes bóvedas, con más de 170 metros de largo y casi nueve metros de altura, interconectadas entre sí por amplias galerías -que igual llegan a la cima de la montaña- pretendían sumergirse en la tierra hasta conectar con un tubo volcánico cercano, son en realidad una base logística construida por el Ejército español para abastecer a unos submarinos que, curiosamente, nunca llegó a tener.
Un recorrido que aclara la leyenda y alumbra el secreto escondido y olvidado en una montaña de la capital tinerfeña. El misterio de La Altura, esa base para submarinos que jamás entró en servicio.
El Ejército español construyó a partir de los años cuarenta del siglo XX una base para el abastecimiento de submarinos en el interior de un enorme risco costero conocido como montaña de La Altura que, junto a un atracadero en el muelle norte de la capital tinerfeña y un cuartel para infantes de marina, constituirían la Estación Naval de Tenerife. Dicha estación era complementaria al esfuerzo que la Armada ya llevaba a cabo en Gran Canaria, donde poco antes se iniciaron los trabajos para lo que es hoy la actual Base Naval de Canarias, dentro de un entramado de infraestructuras militares ideado para defender el Archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial.
Tal entramado de bases, que se debían repartir en al menos dos islas para evitar que un sólo ataque condujera a la indefensión de Canarias, encuentra su raíz en legislación dictada entre 1938 y 1939 que incluía un ambicioso plan para dotar a la Armada de lo necesario para jugar el papel atribuido a España en una redistribución del mapa colonial junto a las potencias europeas del Eje: Alemania e Italia.
Es el doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Juan José Díaz Benítez (autor de La Armada española y la defensa de Canarias durante la Segunda Guerra Mundial) quien desvela la existencia de una Ley Reservada (es decir, secreta, sólo para autoridades) de Construcciones Navales datada en septiembre de 1939 -ya terminada la Guerra Civil- y en la que se diseña un plan enormemente ambicioso en el que se asigna a la Armada española una flota semejante a la alemana, incluidos los doce submarinos que debían asignarse a Canarias.
“Por aquella época -explica Benítez- se tenía la creencia de que la mejor defensa naval se lograba con submarinos. Esa idea, aportada ya al inicio del siglo XX por un autor tinerfeño, era errónea a esas alturas de siglo: lo realmente interesante y útil era contar con una aviación potente”.
Más allá del tino que tuvieran aquellos planes, un escrito del comandante naval de Canarias al Ministro de Marina con fecha de 10 de diciembre de 1940 recoge la insistencia del primero en enterrar los depósitos de combustible, tanto en Gran Canaria como en Tenerife, “con el fin de que estuviesen protegidos frente a los bombardeos aéreos y navales”. Según nos confirma el teniente coronel tinerfeño Juan Antonio Castro, responsable durante años del Museo MIlitar de Almeida “la base logística de Altura, desde luego, cumple estos requisitos a la perfección: es obvio que es muy segura y a prueba de bombas”.
Entre la documentación hallada por Díaz Benítez en el Archivo de la Marina en Gran Canaria figura incluso una Memoria sobre las posibilidades de establecer una base naval en Santa Cruz de Tenerife que, siempre complementando a la de La Luz en Gran Canaria, fija las necesidades a satisfacer, ya descritas: un atracadero en el Muelle Norte (que incluso podía ser no sólo para submarinos, sino hasta para acorazados), un cuartel para tropas de infantería de marina y un depósito para unos 8.000 toneladas de gasoil, que es esta base logística de La Altura.
Pronto se descubre que las urgencias de los militares no son las mismas que las de los civiles, de lo que da muestra el intercambio de pareceres en 1941 entre el ingeniero director de la Dirección facultativa de Obras del Puerto de Santa Cruz de Tenerife y la Comandancia.
Esta última es la que pide una explanada del barranco de Tahodio y parte de la montaña de La Altura, a lo que responde el otro con inconveniencias varias sobre la explanada: que si los terrenos habían costado muy caros a las Obras del Puerto, que si allí habían instalaciones de la Vacuum Oil Company of the Canary Island…
La respuesta del comandante fue tajante, pero no instantánea: La Altura era el refugio antibombardeo del combustible para submarinos perfecto dadas sus características, no veía perjuicio para la Vacuum y, desde luego, no se pensaba en pagar por los terrenos de Tahodio.
Esta polémica demoró tanto el inicio de los trabajos que es en agosto de 1942 cuando, a instancias de la Comandancia Naval, toma cartas en el asunto el mismísimo Ministro de Marina, que allana las dificultades puestas por las Obras del Puerto, al punto que será este organismo quien compense a los afectados por el desalojo de unas treinta chabolas asentadas en tan disputada zona de Tahodio.
Al ritmo de la época, tan distinto de la actual, es el 6 de noviembre de 1943 cuando finalmente Obras Públicas cede el terreno: 22.602 metros cuadrados cuya propiedad, como se verá, seguía siendo portuaria.
El 16 de diciembre de ese año se crea oficialmente la ya referida Estación Naval de Tenerife y el 23 del mismo mes se produce la ocupación de los terrenos y el inicio de los trabajos.
La dinamita fue clave para semejante vaciado de la montaña, y aunque cabe pensar que se recurrió al batallón de forzados (presos de guerra), hay constancia en una misiva oficial de que se pagó por el trabajo, ya que una subida de salarios encareció el proyecto.
Se desconoce cuánto se tardó en terminarse la instalación. Díaz Benítez apunta a primeros años de los 50, pero ese dato habrá que buscarlo en las archivos peninsulares de la Armada, pero para entonces hacía mucho que la Segunda Guerra Mundial había terminado.
Así las cosas, es normal que no se completase la salida al mar, cuya boca fue sellada por seguridad hace años. Sigue sin saberse con certeza si se pretendía conectar con el tubo volcánico o, como propone Díaz Benítez, se pretendía sacar tuberías hasta el atracadero del Muelle Norte.
En los años 60, la Autoridad Portuaria ya gobernaba de nuevo sobre sus terrenos de Tahodio y La Altura, tan distintos ahora de como eran antes del paso de los militares. Pronto se aprovechó su enorme capacidad para el almacenamiento y todavía hoy en las bóvedas se guardan desde coches oficiales hasta una caja fuerte.
¿Y los submarinos? “Nunca llegaron -desvela el teniente coronel Castro- porque los alemanes descartaron en todo momento facilitar los fondos necesarios a los españoles, y menos aún la tecnología necesaria”. 













Fuente: Diariodeavisos.com