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La Segunda Guerra Mundial Winston Churchill

A las 11.15 del 3 de septiembre de 1939, el primer ministro británico, Neville Cham- berlain, se dirigió por radio a la nación para anunciar que estaban en guerra con Alemania. De inmediato comenzaron a sonar las sirenas. Testigo de excepción, Winston Churchill —primer ministro durante los períodos 1940-1945 y 1951-1955— describe el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y sus principales aconteci- mientos desde la profundidad de su análisis y la intensidad de su vivencia con plu- ma lúcida e incisiva. El camino hacia el desastre desde el Tratado de Versalles has- ta que Hitler conquista Polonia, la caída de Francia y la batalla de Gran Bretaña, el bombardeo de Londres, las operaciones anfibias en el norte de África e Italia, el día D, Pearl Harbor, la liberación de Europa Occidental o el lanzamiento de la bomba atómica son algunos de los hechos relatados en este extraordinario documento, considerado una obra maestra de la literatura del siglo XX, que trasciende cualquier género para constituir un clásico de la política, la diplomacia y la estrategia militar.

La Segunda Guerra Mundial - Winston Churchill by javier

El Reich Africano

África en el año 1952. En una historia alternativa en la que el continente africano está en manos de los nazis, la esvástica ondea desde el Sáhara hasta el oceano Índico mientras los reactores de caza patrullan en el cielo. Gran Bretaña ha llegado a un acuerdo de paz con Hitler y el eco de las botas del ejercito alemán resuena ahora en todo el continente africano. Las dos grandes naciones comparten por el momento el continente, pero los planes de Walter Hochburn -el arquitecto del África nazi- amenazan a las debilitadas colonias británicas. En Inglaterra, el ex mercenario Burton Cole es reclutado para un trabajo que le per- mitirá saldar una cuenta pendiente con Hochburn, a pesar de los recelos de la mu- jer a quien ama. Si Burton fracasa, toda África será presa del horror y nadie estará a salvo. Sin embargo, cuando su misión se ve abocada al desastre, Burton tendrá que huir para recuperar su propia vida. Su periplo le llevará desde los campos de batalla del Congo hasta las granjas de esclavos de Angola, mientras una gran conspiración lo guía al corazón del Reich Africano.

El Reich Africano - Guy Saville by Ainhoa HW

La victoria y los secretos de los libros prohibidos


Miembros del partido nazi en la confiscación de libros en Hamburgo, en 1933.

Muchas veces el fuego se ha quedado huérfano para alegría de la eternidad. Ahí están la Eneida y Lolita,separadas por más de 20 siglos, pero hermanadas, más allá de su belleza literaria, por las infructuosas llamas que sus propios autores les prometieron, y con las que las han amenazado algunos autonombrados guardianes de las ideas políticas, religiosas, sociales, éticas o morales.
Un aura de ceniza parece el sino de muchos libros a lo largo de los 35 siglos de creación de la escritura. El autor y crítico literario alemán Werner Fuld sigue ese rastro vergonzoso del ser humano para relatar la historia de las obras que fueron salvadas de la censura y la persecución en Breve historia de los libros prohibidos (RBA). Un libro de arena de todos los tiempos y las civilizaciones sobre los obstáculos y trampas a la creación literaria que se convierte en una llama que hace ver la necesidad de estar siempre alertas ante la perpetua tentación de vigilantes e inquisidores con listas de libros prohibidos y la cerilla en la mano.
“No se puede negar que la mayor parte de la literatura universal estimula el pensamiento propio. En interés de la paz social, esta perturbación es intolerable”, asegura irónicamente Werner Fuld, al recordar la crítica de Ray Bradbury en Fahrenheit 451.
Páginas que alumbran los pasadizos que han hecho posible el milagro de poder disfrutar de esos textos “sospechosos” y de escritores rescatados del balanceo al borde del abismo, e incluso de aquellos que alcanzaron a caer o de los que fueron arrebatados como Jonás de la ballena.
Virgilio, Diderot, Dos Passos, Voltaire, Zola, Nabokov, Ovidio, Rousseau, Sartre, Hemingway, Balzac, Faulkner, Gorki, Kant, Melville, Hammett, Joyce, Descartes, Proust, Quialong, Beauvoir, Cleland, Goethe, Wilde, Genet, Solzhenitsyn, Kafka, Flaubert, Lorca, Zweig, Baudelaire, Lawrence, Mandelstam, Sade, Sagan, Ibsen, Hernández, Ginzburg, Bulgákov, Rushdie…

Destrucciones masivas de libros

La primera destrucción masiva de libros ocurrió en Summer (entre los ríos Éufrates y Tigris) hace unos 5.300 años, por deterioro, desastres y conflictos bélicos.
La primera quema de libros en Roma la ordenó Augusto en el siglo 12 a.C. con obras oraculares y proféticas. Buscaba que nadie pusiera en duda sus ideas políticas.
La biblioteca de Alejandría, fundada a comienzos del siglo III a.C., habría terminado por múltiples motivos: incendios bélicos, orden de destrucción por parte de los árabes, ataques de los cristianos, terremotos y la falta de presupuesto.
La Iglesia católica creó en el siglo XVI el Índice de libros prohibidos que tuvo muchas ediciones, hasta que en 1966 Pabo VI lo suprimió.
En 1933 se hizo en Alemania el llamado Bibliocausto nazi ejemplo paradigmático de como la política atenta contra las obras de arte.
Hay varias clases de muertes, prohibiciones y resurrecciones literarias: la de los libros que el propio autor una vez creados se arrepiente y no quiere darles más vida; la de los libros que quieren vivir y su escritor lo busca a toda costa, pero alguien, un editor o un amigo, se niega a darles ese derecho; y están los libros que una persona más poderosa, desde un gobernante hasta una institución religiosa o en nombre de la sociedad, busca eliminarlos.
“Saber leer (y escribir) es un acto de apropiación del mundo. El que aprende a leer unas cuantas palabras ‘pronto podrá leer todas las palabras’, como dice Alberto Manguel, y, si comprende que con una frase se ha apropiado de una parte del mundo no se dará por satisfecho con una sola frase”, explica Fuld en su ensayo. Una celebración por la manera en que la creación ha burlado el destino.
Y un brindis por aquellos que no hicieron caso a los últimos deseos de muchos escritores de no dejar vestigios de sus textos. Uno de los primeros fue Virgilio. No se sabe por qué en su testamento ordenó quemar la Eneida, pero, por fortuna, el emperador Augusto ignoró su última voluntad. Veinte siglos después de los hechos que permitieron que el mundo leyera la Eneida, Franz Kafka quemó manuscritos que no le gustaban. Pero luego, su albacea Max Brod no respetó su voluntad y el mundo ha leído El castillo y El proceso.
Un caso en el que se juntan en el autor el impulso de eliminar primero y de publicar después es el de Vladimir Nabokov con Lolita. Un clásico del siglo XX que cuando era un borrador titulado El hechicero Nabokov quiso quemar y su esposa Vera rescató de las llamas. Hasta que el 6 de diciembre de 1953, el autor la terminó para empezar un viacrucis al ser rechazada por cuatro editoriales que la consideraban “inmoral” y muchas cosas más, hasta que, dos años más tarde, logra publicarla en París en Olympia Press, una editorial de obras eróticas. Y en Estados Unidos solo hasta 1958 tras una batalla judicial.
A esos fuegos individuales se suman las hogueras que han prendido y querido prender gobernantes, de todos los niveles, e instituciones religiosas o de cualquier otra índole en nombre del bien común. Desde el mismo Augusto, que un día feliz salvó la Eneida, y otro desdichado ordenó la primera quema masiva de libros en Roma por cuestiones religiosas, hasta el nazismo, los regímenes chinos o los conflictos en los Balcanes o en Irak e Irán. España misma padeció con Francisco Franco decisiones de este tipo cuando recién llegado al poder, que ostentaría durante 36 años, ordenó en 1939 quitar de las bibliotecas las obras de autores “degenerados”. “Franco que era católico”, recuerda Fuld, “podría haber tomado el Index romano como referencia, pero lo cierto es que en este catálogo no aparecen ni Goethe ni Ibsen, que sí estuvieron en la lista española”.
Episodios sombríos y asombrosos que tienen un capítulo en la literatura porque varios escritores han novelado dichas experiencias. Entre las más recientes están Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie; El librero de Kabul, de Asne Seierstad, y Lolita en Teherán, de Azar Nafisi.
¿Acaso están las ideas políticas, religiosas o morales con intereses particulares por encima del arte? La historia muestra que lo que hay más allá del índice acusador es la victoria de la belleza prohibida. Del recordar el origen cuando la palabra era vida, pero no vivía. Era como la luz de la luciérnaga, intermitente, volátil, inatrapable, hasta que los sumerios empezaron a darle cuerpo con signos trazados en estilete o punzón en tablillas de arcilla, piedra, madera o cualquier objeto noble que las recibiera. Así empezaron el camino al arte, a la eternidad, a vivir ante quien las descifra con su lectura, y a vivir y vivir ante quien las revive en su boca para darles sonidos, como estos versos de Las flores del mal, de Baudelaire, salvados de la inquisición literaria:
“¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo,
Oh belleza? Tu mirada, infernal y divina,
vierte confusamente el favor y el crimen,
y por eso se te puede comparar al vino”.
* Breve historia de los libros prohibidos. Werner Fuld. Traducción de Marc Jiménez Buzzi. Editorial RBA. 383 páginas.

Encuentran los restos de un submarino nazi con los esqueletos de su tripulación a bordo

Buzos han descubierto los restos del submarino nazi U-168, un acorazado de combate alemán que destruyó varios buques aliados antes de ser torpedeado y hundido en 1944. El submarino tenía en su interior los esqueletos de al menos 17 tripulantes que perdieron la vida en el naufragio. Además, entre los restos encontrados había platos que llevan esvásticas, baterías, binoculares y una botella de aceite para el cabello
El hallazgo fue realizado a principios de este mes al norte de la isla de Java (Indonesia) por un grupo de buzos del Centro Nacional de Arqueología después de ser advertidos por buceadores locales. Bambang Budi Utomo, jefe del equipo de investigación ha afirmado que "es un hallazgo extraordinario que sin duda proporcionará información útil sobre lo que ocurrió en el Mar de Java durante la Segunda GuerraMundial."
Este tipo de submarinos eran enviados por los nazis desde Europa para asentarse en las estaciones orientales cedidas por los japoneses. Sin embargo, de los 14 que se enviaron, sólo cuatro regresaron al viejo continente.
El submarino encontrado, el U-168, salió de Francia en julio de 1943 y llegó a Penang en noviembre del mismo año. Después de servir en varios combates, el U- 168 fue hundido pasada la medianoche del 6 de octubre de 1944 en el Mar de Java por un torpedo de un submarino holandés, dejando 23 muertos y 27 supervivientes.

La 'Noche de los Cristales Rotos' y la historia de la relación entre judíos y Alemania

  • Se cumplen 75 años del pogromo al que siguió el Holocausto
  • Muchos alemanes alentaron el saqueo y persecución de los judíos
  • La política de Alemania sigue hoy muy marcada por esos hechos

"Aquella noche vi arder la sinagoga desde la ventana de mi casa, cuando ya nos íbamos a la cama. Luego vinieron unos hombres, nos sacaron a la calle, registraron la casa, sacaron todas las cosas de los armarios y las tiraron por el suelo; se llevaron a mi padre. Mi madre, mi hermana, mi hermano y yo estuvimos tres semanas sin saber qué había sido de él. Luego nos enteramos de que estaba trabajando como esclavo en el campo a unos kilómetros de Köningswerg. Después, a mí me llevaron a trabajar como esclava a una fábrica de jabón y a ellos también al campo. Cada poco veía transportes que se llevaban a vecinos y conocidos a los campos de concentración. Nunca los volví a ver".
Rechama Drober, ahora ciudadana del Estado de Israel, nos cuenta los recuerdos de aquella noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 en la entonces Königsberg, una ciudad alemana de la Prusia profunda que hoy es la rusa Kaliningrado. Tenía seis años, pero sus recuerdos parecen estar muy vivos: "Cuando me quedo sola en casa inevitablemente me vienen siempre esos recuerdos. Cuando es así, sé que después voy a tener pesadillas".
Ya quedan pocos testigos directos de aquella noche que ha pasado a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht o La Noche del Pogromo).
Todo empezó en París. Esa podría ser una buena forma de comenzar una novela. En realidad, todo había empezado mucho antes en Alemania. Hitler y su banda querían eliminar a los judíos de la faz de la tierra.

Permisos de residencia

En agosto de 1938 cancelaron todos los permisos de residencia para extranjeros obligando a todos a pasar por la ventanilla para renovarlos. Los judíos de origen extranjero --la mayoría polacos-- estaban incluidos en la medida, aunque llevaran décadas viviendo en Alemania.
El 28 de octubre de 1938, por orden de Hitler, 17.000 judíos de origen polaco fueron sacados de sus casas, transportados hasta la frontera con Polonia. Polonia no quiso aceptarlos. Durante semanas estuvieron bajo la lluvia y el frío en tierra de nadie.
Entre ese grupo de deportados estaba la familia Grynszpan. Uno de sus hijos, Herschel, de 17 años, se salvó porque estaba en París con su tío. A primeros de noviembre, Herschel --y su tío-- recibieron una postal de su hermana que les contaba la situación desesperada que estaba viviendo toda la familia en la frontera de Polonia y Alemania.

Asesinato en la embajada de París

El 7 de noviembre, Herschel escribió una carta: "Queridos padres, no puedo hacer otra cosa. Que Dios me perdone. Mi corazón sangra cuando oigo hablar de la tragedia de 17.000 judíos. Debo protestar para que el mundo entero escuche; me veo obligado a hacer lo que voy a hacer. Perdónenme, Herschel".
Herschel se las había apañado para comprar un revólver. Se dirigió a la embajada alemana, pidió ver a un alto funcionario y cuando tuvo delante al secretario de la embajada, Ernst von Rath, le disparó tres tiros en el abdomen.
Von Rath no murió inmediatamente. En el hospital certificaron que era grave, pero que no corría peligro de muerte. Hay pruebas de que von Rath probablemente habría salido de aquella. Pero Hitler había encontrado el motivo que necesitaba. Por orden directa de Hitler, se dejó de suministrar a von Rath los cuidados médicos que necesitaba y el 9 de noviembre murió. Todos los judíos eran ya culpables de asesinato.
La noche de la venganza había comenzado. Los esbirros con los uniformes marrones de las SA, las tropas paramilitares se lanzaron a la caza del judío. 1574 sinagogas judías, casi todas las de Alemania, ardieron. 7.000 tiendas judías fueron saquedas. Miles de domicilios asaltados. 30.000 judíos fueron arrastrados hacia los campos de concentración que sirvieron de modelo después, Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald. Aquella misma noche murieron 100, tiroteados o apaleados.

Espiral de violencia

Muchos ciudadanos alemanes alentaban e incluso apoyaban a los de las casacas marrones en su búsqueda del Jude. Otros, simplemente contemplaban el espectáculo desde primera fila, aplaudiendo entusiasmados, mientras se llevaban a los judíos en camiones y las sinagogas ardían ante la pasividad de los bomberos, que sólo cuidaban de que las llamas no afectaran a otras casas.
Solo en el caso de la nueva sinagoga de Berlín un bombero alemán apagó las llamas a tiempo y por eso tiene ahora una placa. La vieja sinagoga de Berlín, en la parte Oeste, se había salvado de las llamas por la noche, quizá por su imponente arquitectura. Goebbels en persona ordenó incendiarla por la mañana. Isaac, entonces un niño, recuerda ver entrar a mucha gente, sacar cosas, tirarlas y luego antorchas, antes de que fuera pasto de las llamas.
En la recién anexionada --por aclamación popular-- Austria, ocurría lo mismo. A los judíos se les obligó a fregar con pequeños cepillos las calles de la imperial Viena mientras los arios los rodeaban y se mofaban de ellos antes de enviarlos a Mautthausen.
Fue el comienzo de "la solución final", como Adolf Eichmann llamó, tres años después, al encargo de Himmler, Goering, Goebbels y Hitler de eliminar a los judíos de los territorios del III Reich.
El Holocausto no sólo afectó a los judíos. 12 millones de personas, la mitad judíos, pero también gitanos, homosexuales, discapacitados, izquierdistas, comunistas, prisioneros soviéticos, murieron en los campos de exterminio.

Los judíos, hoy

Han pasado 75 años desde 9 de noviembre de 1938. Ahora mismo, en Alemania viven aproximadamente 200.000 judíos, muchos llegados no hace muchos años, tras la caída de la Unión Soviética. Es casi el número de judíos que tenía sólo Berlín en 1938.
Es difícil encontrar un judío, aunque haya nacido aquí, que diga abiertamente que su patria es, secillamente, Alemania. Para los que tienen una cierta edad es sencillamente imposible asumir que Alemania es su patria; como mucho, hay un sentimiento de "doble nacionalidad", de sentirse alemán y ruso, alemán y ucraniano, alemán e israelí, alemán y... judío.
Alemania es uno de los más fieles aliados del Estado de Israel. Se siente en deuda con el pueblo judío y se lo paga con esa alianza política sin fisuras. Pocos políticos se atreven a criticar al Gobierno de Israel. Corren peligro de ser tachados de antisemitas. Pero es que es muy difícil criticar las actuaciones del Gobierno israelí de turno sin caer en clichés antisemitas. Es muy difícil criticar al gobierno israelí sin acercarte peligrosamente a lo que predica la extrema derecha neonazi, que, a su vez, está peligrosamente cerca a lo que predican los islamistas radicales.
Una manifestación palestina en el centro de Berlín: hay gritos contra los asentamientos judíos en Cisjordania, contra las incursiones de venganza israelí por los cohetes de Hamas. Un policía dice: "Las manifestaciones contra el Estado de Israel están prohibidas, los gritos contra el Estado de Israel en las manifestaciones están prohibidos, pero no están prohibidos los gritos que acusan al Gobierno israelí de "asesinar niños palestinos".

Mitos y realidades del antisemitismo

Lo difícil que es distinguir el antisemitismo de las críticas legítimas al Gobierno de Israel lo pudo comprobar Günter Grass cuando compuso un poema advirtiendo del peligro para el mundo que Israel tenga la bomba atómica. ¿No le parece a Grass un peligro que la tuviera Irán?, se preguntaban muchos. ¿Le parece a Grass más peligroso un estado democrático que la pléyade de dictaduras medievales del mundo islámico?
"Naturalmente que hay antisemitismo en la sociedad alemana", nos dice el doctor Wolfgang Benz, quizá el investigador más destacado sobre el antisemitismo. "Está incrustado en el centro de la sociedad. Lo que ocurre aquí, a diferencia del resto de países de Europa, es que aquí no se puede demostrar públicamente, porque te perjudicará en tu carrera. Pero hay antisemitismo implícito en el lenguaje, en los textos, por ejemplo cuando se habla de todo el conflicto en la costa Este (del Mediterráneo), cuando se dice que "los judíos dominan la bolsa de Nueva York" o cuando se critica al Estado de Israel por ser judío, no al Gobierno israelí".
Todavía hoy, y lo recordaba la canciller Angela Merkel en su mensaje de vídeo de esta semana, cada institución, cada organización judía, escuela, librería, sinagoga..., necesita de protección policial. "Cuesta creerlo, pero es verdad", decía Angela Merkel.

El espionaje: una práctica tan vieja como el mundo que cambió el curso de la historia

"Snowden ha destapado el mayor caso de espionaje de la historia". Así de contundente se mostró el presidente de Ecuador Rafael Correa con respecto al escándalo que destapó Snowden. Pero, ¿realmente se trata del mayor caso? ¿Qué ha supuesto el espionaje a lo largo de la historia? Lo cierto es que la relación de la historia con los espías es bastante más profunda de lo que parece. Hoy, con los datos que conocemos gracias a la desclasificación gubernamental o a historiadores e investigadores, podemos asegurar que la historia hubiera sido otra totalmente diferente de no haber existido el espionaje.
Los primeros indicios del espionaje se remontan a la antigua Mesopotamia. La mitología sumeria, en el poema épico de Ninurta, alrededor del 2.200 a.C., ya hacía mención al espionaje. Desde entonces y hasta 2013 se ha mantenido una obsesión común: controlar al enemigo... o al amigo a través de diferentes técnicas de control de la información.

El Antiguo Testamento no es excepción y también da cuenta del espionaje. El relato de Sansón y Dalila es uno de los casos más conocidos. Sansón se enamora de Dalila, que recibe el encargo de los filisteos de averiguar el secreto de la fuerza de Sansón a cambio de unas monedas de plata. De esta manera, mediante este espionaje, Sansón acaba por desvelar que el secreto de su fuerza reside en el cabello.
En la epopeya griega Ilíada se narra cómo en la guerra de Troya ambos contendientes mandaron emisarios para que se infiltraran entre los troyanos y aqueos con el fin de conseguir información sobre los futuros planes de ataque.
Durante el Imperio Romano, los aristócratas contaban con su propia red de informantes, ya fueran esclavos, o agentes que les mantenían al día de las actividades del Senado. Los espías fueron muy importantes para el desarrollo de las diferentes guerras libradas por el imperio.
Así, las diferentes tácticas de espionaje se fueron desarrollando y perfeccionando durante la Edad Media y Moderna, donde existen miles de ejemplos de espionaje y traición que pudieron cambiar el signo histórico, pero es en la Edad Contemporánea, y sobre todo durante el siglo XX por la trascendencia internacional de los conflictos armados, donde el espionaje supuso un punto y a parte en el mundo tal y como lo conocemos hoy.

EL ESPIONAJE EN EL SIGLO XX

El siglo XX estuvo marcado por las dos guerras mundiales, dos guerras cuyo resultado en cuanto a vencedores o vencidos pudo cambiarlo todo y en las que (sobre todo en la Segunda), el papel del espionaje fue extraordinariamente decisivo. Durante la Gran Guerra (1914-18), las redes de información y contrainformación realizaron una importante labor a través de la incursión e infiltración en zonas enemigas para conocer los planes de ataque de esta durísima guerra que enfrentó a las principales potencias mundiales.
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Pero, curiosamente, fue la Guerra Civil Española (1936-39) el conflicto que supuso el perfeccionamiento y 'profesionalización' de esta táctica para sacar el máximo partido a sus acciones militares. En este sentido, el trabajo del espionaje del bando franquista fue mucho más efectivo que el republicano, y su aplicación práctica (como casi todos los aspectos del conflicto español), fueron un banco de pruebas para la II Guerra Mundial también en cuestiones de espionaje.

El SIFNE Y EL SIPM

El SIFNE (Servicio de Información de la Frontera del Norte de España) nació durante el conflicto patrio para servir a Francisco Franco una información valiosísima. Este servicio informaba desde Irún a los altos mandos franquistas de las distintas operaciones en marcha de los republicanos, así como sus planes de ataque. Fue perfeccionándose debido al alto rendimiento militar que Franco sacaba de estas informaciones, y pasó a llamarse SIPM (Servicio de Información y Policía Militar).
El SIPM unificó todas las redes de espionaje franquista en un mismo organismo bajo el control del coronel José Ungría. El SIPM llegó a contar con unos 30.000 hombres destinados única y exclusivamente a conseguir información del enemigo.
El flujo de información llegaba al SIPM a través del interrogatorio a los enemigos detenidos, así como de los testimonios de los evadidos que pasaban de un bando a otro y ofrecían todos los detalles del contingente armamentístico y de los planes de ataque republicano.
Además, el ejército de Franco contaba con una red de infiltrados en zona republicana a los que se bautizó con el nombre de quintocolumnistas. Esta quinta columna fue llamada así por el general Emilio Mola, que llegó a afirmar que la quinta columna de Madrid les haría ganar la guerra. Tras esta temeraria afirmación, se produjo la famosa matanza de Paracuellos, ya que la Junta de Defensa de Madrid, creada en noviembre de 1936 para defender la ciudad (a punto de caer solo cuatro meses después del inicio de la guerra), decidió darle valor a las palabras de Mola y ejecutar a casi todos los presos del bando nacional encarcelados en la cárcel Modelo de Moncloa.
El ejército republicano también contó con un servicio de espionaje, creado por el coronel Estrada, que comenzó a perfeccionarse a partir de 1937. Curiosamente, según el historiador Hernán Rodríguez, al ejército republicano le fue peor cuando más información dispuso del enemigo, unos detalles que no supieron aprovechar en beneficio propio.
Además, la República formó a unos 3.000 guerrilleros para realizar labores de espionaje y sabotaje. Su misión no era otra que la de infiltrarse en zona enemiga para causar el mayor daño posible y obtener información a través de campañas programadas de incursión.

JUAN PUJOL EL ESPÍA MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA RECIENTE

La II Guerra Mundial (1939-45) tuvo un punto de inflexión: el desembarco de Normandía. El noroeste de Francia, en manos de los nazis, vivió el 6 de junio de 1944 la llegada masiva de aliados (hasta 250.000 hombres), que consiguieron liberar París y poner pie en Europa para decantar la guerra definitivamente en detrimento de un Hitler que estuvo a punto de conseguir someter al mundo ante la pasividad europea.
Pero este desembarco tan trascendental pudo haberse contenido de haber conocido Hitler su existencia. Y si no lo supo fue por un espía español: Juan Pujol. Pujol había cultivado un gran odio hacia el fascismo y el comunismo durante la Guerra Civil Española. Esa animadversión le animó a ofrecer sus servicios a la inteligencia británica, el MI5, para combatir la amenaza nazi.
Juan Pujol comenzó a trabajar como agente doble para Alemania y Reino Unido. Consiguió ganarse poco a poco la credibilidad de Hitler, al que incluso hizo creer que 22 agentes trabajaban para el español al servicio de Alemania. A base de informes, muchos de ellos verdaderos enviados a Alemania sobre futuras operaciones aliadas, consiguió que incluso le otorgaran la Cruz de Hierro, máxima distinción del III Reich, que compartió con la Órden del Imperio Británico, hecho insólito en la historia.
A través de su trabajo de información y desinformación a Hitler, Pujol consiguió cambiar el curso de la guerra, y seguramente de la historia. Juan hizo creer a Hitler que el llamado día 'D', a la hora 'H', se iba a producir en Calais, a 249 kilómetros de Normandía. De hecho, tal era la confianza de Hitler en 'su' espía, que no llegó a valorar el desembarco definitivo hasta bastantes horas después, ya que pensó que se trataba de una maniobra de despiste a la espera del desembarco definitivo de Calais, que jamás se produjo. Cuando se dio cuenta del engaño de Pujol, ya era demasiado tarde.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el conflicto entre las dos potencias mundiales del momento, Estados Unidos y la URSS, estuvo a punto de desembocar en la Tercera Guerra Mundial en 100 años. Fue en este período histórico, durante la llamada Guerra Fría, cuando la labor del espionaje volvió a cobrar una importancia vital. Agentes dobles, e incluso triples, surtían de información a ambas potencias sobre los posibles planes de ataque inminente que tuvieron su punto álgido en la llamada Crisis de los Misiles, cuando Estados Unidos descubrió una base de misiles rusa en territorio cubano. Estados Unidos pudo saber de la existencia de estos misiles al lado de su territorio gracias, curiosamente, a un coronel de la Inteligencia Militar Soviética, Oleg Penkovski. Pasó pruebas reales a la Casa Blanca sobre la situación de los misiles de Cuba, proveyendo de planos y descripciones a la inteligencia estadounidense. A partir de ese material, los especialistas empezaron a trabajar en la identificación de los proyectiles, ya que las fotografías tomadas por los aviones espía eran de baja resolución.
Oleg Penkovski fue arrestado por la KGB el mismo día que Kennedy anunciaba al mundo la inminencia de un conflicto mundial debido a la amenaza soviética. Al espía lo mató la URSS al año siguiente, una vez juzgado y condenado por espionaje.
Nadie conoce con exactitud los planes de Kruschev para esos días, pero lo cierto es que la posibilidad de un ataque a EEUU era muy alta, y fue un espía el que destapó la caja de los truenos y puso en alerta a Kennedy, que finalmente supo evitar la III Guerra Mundial que por momentos estaba muy cerca.
Después de la Guerra Fría y hasta nuestros días, la evolución de la tecnología ha hecho modificar los servicios de inteligencia de todos los países, que ahora basan principalmente su actividad en la interceptación de comunicaciones, como hemos visto tras los documentos filtrados por Snowden. El espionaje fue y sigue siendo un elemento fundamental para la toma de decisiones, y es, y seguirá siendo, una prioridad para todos los países, aunque sigan negándolo y mostrando indignación cuando son ellos los espiados.

El jefe de la Gestapo está enterrado en un cementerio judío

El jefe de la Policía Secreta del régimen nazi, la Gestapo, podría estar enterrado en el cementerio judío del centro de Berlín desde 1945. Heinrich Müller fue un reputado represor, torturador y verdugo de opositores y adversarios políticos de Adolf Hitler, pero sobre todo uno de los principales organizadores del asesinato sistemático de 6 millones de judíos en la Europa ocupada por Alemania durante la II Guerra Mundial. Según dice haber comprobado el director del Centro Conmemorativo de la Resistencia Alemana, Johannes Tuchel, su cadáver fue enterrado en 1945 en una fosa común del antiguo cementerio judío del centro de Berlín, desmantelado dos años antes por la propia Gestapo. Si las pesquisas se confirman de Tuchel, que dice haber encontrado documentos fehacientes, el burócrata policial y asesino de masas Heinrich Müller está enterrado en el espacio que dejaron las lápidas originales y los despojos de judíos como el filósofo de la Ilustración Moses Mendelsohn, desbaratados bajo sus órdenes en 1943.
El jefe de la Gestapo, Heinrich Müller.

Ya en 1945 conocían los aliados la declaración de “un civil llamado Walter Lüders”, que dijo haberlo enterrado personalmente en el antiguo cementerio judío de la Calle Grande de Hamburgo. Quedaba entonces en el sector soviético de Berlín. Una exhumación en 1963 reveló que Heinrich Müller, conocido como Gestapo-Müller para diferenciarlo de otro general de la SS con el mismo nombre, no estaba enterrado en un cementerio de Berlín-Neukölln, en Berlín Occidental. El semanario Der Spiegel escribió entonces que “de la falsa tumba ha escapado un demonio: el jefe de la Gestapo podría haber sobrevivido a la guerra”. Cundía la sospecha de que Müller, a quien ya en vida se atribuían contactos secretos con el espionaje soviético, se había pasado al servicio de Stalin en el caos del final de la contienda. Los aliados occidentales lanzaron una gran operación de busca y captura. El nombre Heinrich ha caído un poco en desuso, pero hace 70 años, su combinación con el apellido Müller era enormemente común en los países de habla alemana. La busca del jefe de la Gestapo fue la de una aguja en un costurero.
El supuesto redescubrimiento de la tumba de Müller en el cementerio judío de Berlín por parte del profesor Tucher salió publicado el jueves en el diario de masas Bild. Asegura el rotativo que los servicios secretos externos de la República Federal de Alemania (BND) creyeron “durante mucho tiempo” que el jefe de la Gestapo había sobrevivido. En 1949 pensaron que los habían localizado en Karlovy Vary, Checoslovaquia. Quizá por simetría, también corrieron durante décadas rumores pertinaces de que Müller había fichado por la CIA estadounidense.
Dice el historiador Tucher a Bild que el cadáver de Müller fue encontrado “en agosto de 1945, en una tumba provisional junto al Ministerio del Aire”, hoy sede del Ministerio de Hacienda. Asegura tener documentos que atestiguan su identificación inequívoca.
Heinrich Müller era menos un nazi convencido que un oportunista
Heinrich Müller era menos un nazi convencido que un oportunista. Como millones de alemanes, se alistó al Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) para medrar a la sombra de Hitler. Nació en Múnich en 1900, fue piloto en la I Guerra Mundial y empezó a trabajar en la policía bávara tras la rendición alemana. Su eficiencia burocrática y su anticomunismo llamaron la atención del gerifalte nazi y líder de la SS Reinhard Heydrich. Müller no entró a la organización paramilitar hasta 1934, un año después de que Hitler accediera al poder en Alemania. No se afiliaría al NSDAP hasta 1938. Pese a esta aparente tibieza, trepó la doble escalera de la SS y de la policía hasta que, en 1939, fue nombrado jefe del Departamento IV de la recién fundada Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), subordinada a la SS y a Heinrich Himmler bajo el mando de Heydrich. El Departamento IV era la temida Gestapo, pieza clave en la masacre de los judíos en Europa.
Sus servicios al régimen criminal de Hitler fueron recompensados con diversas medallas y honores. Entre ellos, la Cruz al Mérito de Guerra con Espadas por su contribución a desarticular la conjura del 20 de Julio, conocida como Operación Valquiria para matar a Hitler. El propio Müller ordenó la tortura de los conjurados.

“El gato dio para comer diez días”

Un tanque KV-1 soviético en la plaza del Palacio de Leningrado durante el asedio de la ciudad durante la II Guerra Mundial.
Quiere la casualidad que la víspera de mi cita con los viejos horrores del asedio de Leningrado me tope en la calle con las explosiones de las bombas, y con el mismísimo Stalin. Es en una gran pantalla instalada al aire libre al final de la Mihajlovskja, una avenida que sale de Nevski Prospekt y en la que se proyecta un filme moderno sobre el terrible episodio de la II Guerra Mundial. Me siento en una silla plegable junto a un indigente con pantalones de camuflaje que aferra una botella de vodka y los dos pegamos un bote cuando las imágenes muestran cómo se derrumba una manzana de casas entera entre un atronador estruendo. Con todo, los bombardeos no fueron lo peor de aquellos 900 días que costaron a la actual San Petersburgo cerca de un millón de muertos, un número de vidas mayor que el que perdieron los británicos y los estadounidenses en toda la guerra. Lo peor fue el hambre, que en los momentos más duros del cerco por los nazis se cobraba hasta 10.000 muertes diarias. Al día siguiente de la proyección acudo al encuentro con el historiador Sergei Iarov, responsable del descubrimiento y edición del diario de Lena Mujina, un conmovedor testimonio del asedio que publica ahora en España Ediciones B.

Elena Vladímirovna Mujina, Lena, a la que se conoce como la Ana Frank de Leningrado, por las semejanzas con la historia de la joven judía, era una chica de 16 años que residía en la ciudad y nos dejó, en unas páginas que combinan la intimidad adolescente con el documento histórico, una descripción muy directa y turbadora de las vivencias de la población.

El diario, escrito a mano e ilustrado con algunos dibujos, arranca el 22 de mayo de 1941, con las anotaciones usuales de una jovencita cualquiera sobre estudios, amistades y primeros amores, como Vovka (“Ojalá me mirara una sola vez”). “Me vienen pensamientos tristes a la cabeza, tengo muchas ganas de romper a llorar”, escribe Lena, que anhela cambios en su vida. Estos van a llegar, pero no los esperados. El 22 de junio anota que las tropas alemanas han cruzado la frontera. Mujina da cuenta de las primeras disposiciones, la construcción de refugios, la instalación de antiaéreos. “La ciudad ha empezado a transformarse”.

He quedado con Iarov en el Museo de la defensa y el asedio de Leningrado, centro que recoge innumerables objetos relacionados con el episodio, desde un fusil de francotirador ruso y cascos alemanes agujerados, a la reconstrucción de un puesto de mando soviético y un refugio civil, pasando por una vitrina que muestra las patéticas raciones de pan de los peores días del cerco, cuando la gente se comía los cinturones y los guantes, y cosas peores: no pocos se volvieron caníbales. Iarov, que peina como Illya Kuryakin, señala que el museo está consagrado a mostrar más la dureza patriótica de Leningrado que no su dolor y su miseria. “La realidad fue diferente de lo que se expone aquí, por eso es tan interesante un testimonio directo como el de Lena Mujina. La gente, pese a la épica de la propaganda soviética, simplemente trató de sobrevivir, haciendo lo que fuera”.

Lena Mujina, en una fotografia que aparece en le portada del libro " El diario de Lena"

En su diario, Lena pasa de la excitación al hablar de las alarmas, los primeros combates aéreos sobre la ciudad, el tráfico de camiones militares y tanques por la Nevsky, a la preocupación ante la reducción de las cuotas de las cartillas de racionamiento. El cerco se estrecha. Mientras, sigue escribiendo de sus pequeños asuntos (“Zoia sale a pasear y se da besos”). El 29 de agosto muere su madre natural, enferma crónica desde hace años. Ella sigue llamando “mamá Lena” a su tía, que es con quien vive. Anota dónde caen bombas, y el número de víctimas. El 7 de septiembre oye en la radio a Dolores Ibárruri, nuestra Pasionaria. El 8 de octubre, ayudando en un hospital, ve por primera vez un muerto. “No me dan nada de miedo los muertos pero se me caen las lágrimas de pena”.

Llega el invierno. “Hay nieve por todas partes y hace un frío atroz”, “todos los días hay bombardeos horribles, todos los días hay fuego de artillería”. Comienza a escribir obsesivamente de comida. Una página entera sobre un bollo. El 21 de noviembre anota que cumple 17 años. “Tengo un hambre atroz, siento un vacío horrible en el estómago. Qué ganas tengo de comer pan, qué ganas”. Escribe que la gente, desnutrida, ya no tiene fuerzas para bajar a los refugios. Lee Grandes esperanzas (¡), de Dickens. Un sudario de muerte, nieve y oscuridad cubre la ciudad. “Escribo con el abrigo puesto, a la luz de un cabo de vela, mordisqueo las migas de pan para prolongar el placer”. El 18 de diciembre anota que han matado y se han comido al gato. “Nunca pensé que la carne de gato sería tan sabrosa, tan tierna”. Da gracias a la mascota, “que nos dio de comer durante diez días”.

Otro día, comparte una albóndiga de caballo, y gelatina hecha con cola de carpintero. En la calle, a -31 º, “en algunos trineos llevan dos y tres cadáveres, está muriendo mucha gente”. El 8 de noviembre muere de inanición su madre-tía. “Me he quedado sola”. Con el conserje, arrastran el cadáver hasta la calle Marata donde se depositan los muertos…

“Es un diario muy impresionante”, comenta Sergei Iarov. Detrás de su hallazgo hay toda una historia detectivesca. “Apareció entre la documentación que se conserva del asedio. No sabíamos quién era la autora. Tratamos de encontrar la vivienda que menciona pero ya no existe. Finalmente, hallamos el rastro de una pintora que Lena menciona y apareció una correspondencia entre las dos”. La gran pregunta era si Lena, cuyo diario acaba el 25 de mayo de 1942 explicando la receta de la sopa de ortigas y señalando que se encuentra muy débil, había sobrevivido al asedio, y a la guerra. “Descubrimos que sí, se marchó de San Petersburgo en junio de 1942, y durante cuatro décadas vivió en Moscú, donde falleció en 1991, sin hijos”. Iarov subraya que Lena fue muy afortunada por sobrevivir. Le pregunto al historiador qué hace tan especial el diario de Lena. “Su total sinceridad y claridad. No esconde sus sentimientos y emociones. Su sufrimiento, su hambre, incluso sus reacciones egoístas de supervivencia. La gente a menudo se avergüenza de eso. Y ofrece muchos detalles. Es el único diario de una adolescente que muestra el asedio día a día”.

De la comparación de Lena con Ana Frank admite que es oportuna. “Las dos se encuentran en sitios cerrados, en un edificio y en una gran ciudad cercada. Sufren miedo. Plasman sus sentimientos e intereses de chicas, el enamoramiento, el sexo. Las circunstancias concretas por supuesto son distintas. Y, claro, el final: Lena salió del cerco para vivir, Ana de su escondite para morir”.

Para el historiador, lo más emocionante del diario de Lena, y del de Ana, es que comprobar “que pese a lo terrible de la experiencia la humanidad sobrevive entre el dolor y las ruinas como una flor inmarchitable”. Iarov, que marca en un mapa lugares en que San Petersburgo aún muestra cicatrices de la guerra, dice que el asedio sigue muy presente en la memoria de la ciudad. “Lo recordamos más con dolor que con orgullo”. El canibalismo, un fenómeno que recientemente historiadores como Michael Jones han revisado al alza, no aparece en el diario, ni en el museo. “Es el secreto terrible de Leningrado, hubo mucha gente acusada y seguramente solo vemos la punta del iceberg”.

Los alemanes crearon ese infierno en la tierra a conciencia. “Leningrado nunca pudo ser un Stalingrado”, señala Iarov. “Los sitiadores tenían mucho miedo a que toda la ciudad pudiera convertirse en una trampa explosiva. Además, no querían tener que aprovisionar a tanta gente. De forma que el objetivo pasó a ser no conquistar la ciudad sino matar a sus habitantes de hambre”.

El sonido de Auschwitz



Fritz Bauer, el fiscal que contribuyó de forma definitiva a juzgar a los criminales de Auschwitz, creía que los tribunales deben ser una especie de aula para la nación, en la que el pueblo aprende sobre sus propios valores y sobre sus leyes. Por eso ahora la fundación alemana que lleva su nombre ha decidido colgar en internet, abiertos al mundo, los testimonios de aquellos testigos que en un exquisito alemán y sobreponiéndose a la tragedia, narraron ante el tribunal cómo habían sido transportados los prisioneros hasta Auschwitz y las atrocidades que formaban parte de la rutina del campo de concentración.

En los procesos de Auschwitz celebrados en Fráncfort entre 1963 y 1965, testificaron 318 personas, entre ellas 181 supervivientes del campo. Cada testimonio duraba lo que diese de sí, no había límite de tiempo, y todos ellos pueden comenzar a ser escuchados 'on line' a partir de hoy en la página web www.auschwitz-prozess.de, configurando un archivo público sobre la memoria del Holocausto como hasta ahora solo podíamos encontrar en centros históricos o de la memoria judía.

Para entender la actual Alemania, su política exterior y su política europea, resulta imprescindible escuchar, por ejemplo, el testimonio del juez de las SS Konrad Morgen, que acudió al campo para dirigir un proceso por delito de malversación (alguien se había hecho con oro de los dientes de los judíos muertos y lo estaba vendiendo fuera del campo), y en su visita recorrió, como parte de sus pesquisas, los crematorios y las cámaras de gas.

Morgen describe "una atmósfera objetiva, neutral, técnica y libre de valores". Recuerda que acababa de ser "destruido" un "transporte", en referencia a un grupo de entre 1.000 y 2.000 personas. "Todo había sido terminado pulcramente, algunos presos pulían los accesorios con movimientos mecanizados. Por lo demás todo estaba tranquilo, vacío y en silencio".

Morgen pronunciaba estas palabras ante 200 periodistas y 20.000 espectadores, pero el público al que llegará ahora este mensaje tiene un potencial infinito, como la capacidad de esta iniciativa de fijar el recuerdo de Auschwitz en la memoria de la Humanidad. Y de refrescarlo.

Tras terminar el proceso a los primeros 20 acusados, el presidente del tribunal, Hans Hofmeyer, leyó durante cinco horas su veredicto, afirmando que "probablemente hay muchos entre nosotros que durante mucho tiempo no podrán volver a mirar a los ojos alegres e inocentes de un niño sin sentir el tremendo vacío que dejaron las miradas inquisidoras y estupefactas de los niños que hicieron a Auschwitz su último viaje". No pudo pronunciar la frase del tirón, sino tras superar una dolorosa pausa para respirar, y en ese sonido encontramos el sentido de los silencios y las pausas que Alemania sigue dejando en su discurso cuando se dirige a Europa y al mundo.

Franco regalaba cuadros a sus colaboradores Nazis



Finca La Elena en Tandil (Argentina). Verano de 1958. Un adolescente curioso y fascinado por el arte se detuvo delante de un cuadro y preguntó: ¿De verdad este cuadro es un greco?

—Sí, me lo regaló Franco por los servicios prestados a España. Me dijo que estuvo almacenado en el Museo del Prado, pero nunca expuesto. Este cuadro es la garantía de mi pensión.

—¡Nunca había visto un greco!

—No hay que fiarse de los tiranos. Si les haces un favor, es mejor que te lo agradezcan en el momento porque más tarde nunca se acuerdan.

Götz Dyckerhoff tenía 16 años cuando Johannes Bernhardt, general honorario de las SS y hombre clave en el golpe de Estado contra la República y en la victoria franquista, le confesó a él y a su padre la procedencia del cuadro que adornaba el salón de su casa de campo en la finca La Elena de la ciudad bonaerense de Tandil. El nazi se había instalado allí hacia 1952 junto su mujer, Ellen Wiedembrüg, hija del antiguo cónsul alemán en Rosario, y sus tres hijos. Los Bernhardt buscaban la paz y seguridad que habían perdido en Madrid.

Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina", dijo el nazi a sus invitados

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el hombre de Goering en España estaba en el ojo del huracán. Los aliados elaboraron en 1947 una lista negra de 104 nazis residentes en España en la que Bernhardt ocupaba el séptimo lugar. Los vencedores pedían su captura y lo definían así: “General de las SS y presidente de Sofindus, institución perteneciente al Estado alemán. Responsable del envío clandestino de suministros a las tropas alemanas cercadas en la zona occidental de Francia durante y tras la liberación de ese país”. Sofindus era un grupo de 350 empresas alemanas en España al servicio de Hitler, un turbio entramado financiero plagado de testaferros españoles de los nazis que el hombre de Goering manejó a su antojo. Franco no entregó a ninguno de los 104.

Walter Dyckerhoff, el padre del chico que se interesó por el supuesto cuadro de El Greco, era un ingeniero alemán que había inventado el cemento blanco y le ofrecieron abrir una fábrica en Buenos Aires. En 1958, toda la familia se trasladó a Argentina y allí intimaron con los Bernhardt. Surgió una amistad que continuó cuando las dos familias regresaron en los años setenta a Alemania.

El joven inquieto por el arte es hoy un químico de 72 años que ha trabajado durante 30 en la industria farmacéutica, vive en Alemania y tiene grabada su visita a la finca La Elena y el enigmático cuadro de uno de sus pintores favoritos: “Las dos cosas que mejor recuerdo de ese viaje a Tandil son aquel cuadro y las paellas que hacían los empleados de la finca. Yo nací con arte, me crie con arte. Mis padres me llevaban desde niño a ver exposiciones, me enseñaban libros y fotografías. Me impresionó ver aquel cuadro. Bernhardt nos contó a mi padre y a mí que al salir de España Franco le dijo que quería hacerle un regalo, que aceptó, pero pidió que fuera transportable. Nos relató que le entregó tres cuadros, dos los había vendido para comprarse la finca en el Tandil, y el tercero, el greco, lo exhibía en su salón. Nos dijo: ‘Lo guardo para mi pensión. Nunca se sabe lo que pasará en Argentina. Si algún día tengo que marcharme”.

Los cuadros no eran el único regalo que Franco había hecho a Bernhardt, un astuto comerciante alemán que el 25 de julio de 1936, a sus 39 años, se entrevistó con Hitler en Bayreuth y le entregó una carta del general español en la que este le pedía auxilio militar. Durante varios años, los Bernhardt disfrutaron de una elegante villa en Dénia de inspiración francesa, otro regalo del régimen. ¿De dónde provenían los cuadros que el hombre de Goering confesó haber recibido de Franco? ¿Eran fondos del Patrimonio Nacional? ¿Habían estado almacenados en el Prado? El greco que impresionó al joven Goetz, ¿era realmente un greco?

En 1939 Franco regaló a Hitler tres obras de Zuloaga

Días después del golpe militar, elGobierno de la República decretó la primera Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico. Esta y otras juntas confiscaron las principales obras de arte públicas y privadas para salvarlas de los bombardeos y de la rapiña. “Todo lo que se evacuó del Prado a Ginebra volvió. Salieron más de 500 obras de los pintores más importantes, pero el Museo del Prado fue también uno de los depósitos de obras confiscadas a instituciones y a particulares, y ese greco pudo haber estado ahí”, señala Arturo Colorado, catedrático de arte y director del congreso Patrimonio, Guerra Civil y Posguerra celebrado en El Prado en 2010. Y añade: “En la posguerra hubo miles de obras que no se devolvieron y que decoraron los despachos de los jerarcas del franquismo. El propio Franco adornó el castillo de Viñuelas, donde vivía, con cuadros que procedían de los depósitos republicanos”. “No me parece imposible que Franco regalara esos cuadros”, apostilla Gabriel Finaldi, subdirector de conservación del Prado. Leticia Ruiz, conservadora del museo y experta en El Greco, opina que “nada es descartable” cuando se habla de este pintor. “Siempre aparecen cosas, pero luego los expertos discutimos la autoría de la obra”. Rebeca Saavedra, doctora en Historia y autora de una reciente tesis sobre el patrimonio artístico durante la Guerra Civil, cree que este supuesto regalo de Franco a su amigo nazi es “factible”. “Muchas obras no volvieron a sus dueños”, asegura.

El historiador Ángel Viñas es quien mejor conoce la historia de Bernhardt y lo entrevistó antes de que este muriera en Alemania en 1980. “Ese regalo es posible, aunque en la relación de Franco con él había admiración y prevención. Le regaló ese cuadro o también puede que Bernhardt se quedara con él. Yo no me creí ni el 90% de lo que me contó”.

El supuesto greco regalado por Franco a Bernhardt es una incógnita, pero no su afición a gratificar a jerarcas nazis con obras de grandes pintores españoles. En 1939 el dictador obsequió a Hitler, pintor frustrado, con tres cuadros de Zuloaga. Dos eran mujeres españolas con trajes típicos, y otro, una escena pastoril.

Götz Dyckerhoff, el adolescente fascinado por aquel misterioso cuadro en la finca La Elena de Tandil, es desde entonces un apasionado de Doménikos Theotokópoulos.

Alemania sigue la pista a los antiguos vigilantes nazis de Auschwitz





Comienza una de las últimas ofensivas legales para castigar a los cómplices impunes del Holocausto. Casi setenta años después de la capitulación incondicional de la Alemania nazi, la Central para el Esclarecimiento de los Crímenes Nacionalsocialistas, con sede en Ludwigsburg, ha anunciado esta semana que investiga a 50 antiguos guardias del campo de concentración y exterminio de Auschwitz para llevarlos ante la justicia. Se trata de nonagenarios, en buena parte antiguos miembros de alguna unidad de la organización paramilitar nazi SS, que vigilaron a los presos en Auschwitz. Allí murieron asesinadas alrededor de 1,3 millones de personas, la mayoría judías, durante la II Guerra Mundial. Además de estas cincuenta acusaciones relacionadas con Auschwitz, los investigadores de Ludwigsburg rastrean criminales de los campos de la muerte de Sobibor y Belzec. También tienen pistas de miembros de los llamados einsatzgrupen, los escuadrones paramilitares encargados de asesinar judíos, gitanos, partisanos, enfermos mentales y demás “indeseables” o “asociales” en la retaguardia de los vastos territorios ocupados por Alemania.

La persecución anunciada esta semana será posible gracias a la jurisprudencia del juicio al guardia de Sobibor John Demjanjuk, en 2011. Un tribunal de Múnich lo consideró culpable de complicidad en casi 30.000 asesinatos y lo sentenció a cinco años de cárcel. El juez consideró probado que Demjanjuk fue trawniki entre marzo y septiembre de 1943: uno de los prisioneros de guerra soviéticos que colaboraron con la SS como guardias voluntarios en sus campos de exterminio. Su trabajo se limitaba a sacar a los judíos recién llegados de los vagones de ganado o conducirlos poco después a las cámaras de gas. Sobibor, como Belzec y Treblinka, era poco más que un matadero donde los nazis asesinaron a entre 150.000 y 250.000 personas. El juez de Múnich vinculó el trabajo voluntario del ucraniano de nacimiento y antiguo ciudadano estadounidense Demjanjuk con todos los asesinatos perpetrados durante los meses que pasó en Sobibor.
Una reciente sentencia abre la vía para enjuiciar a los guardias


Según el fiscal Kurt Schrimm, la central de Ludwigsburg ha ampliado por eso su radio de acción contra los veteranos de la maquinaria nazi. “Hasta ahora”, reconoce, “los vigilantes del campo no habían interesado demasiado” a los fiscales. Pero la sentencia contra Demjanjuk pone una nueva herramienta legal en manos del ministerio público, puesto que ya no es necesario probar la implicación en delitos concretos.
Las pruebas de que los sospechosos fueron vigilantes en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, la gran fábrica del exterminio industrial construida por los alemanes en la Polonia ocupada, bastarían para presentar cargos por complicidad en aquellos asesinatos.


En la central de Ludwigsburg esperan enviar la documentación de estos cincuenta nuevos sospechosos a las Fiscalías competentes en cada caso. Éstas estudiarán de nuevo los informes y decidirán si presentan cargos concretos. El director del Centro Simon Wiesenthal en Israel, Efraim Zuroff, celebró el nuevo paso “aunque no salgan adelante todas las acusaciones”. Zuroff se dice “realista” y asegura que “bastaría con que se presenten cargos formales contra cinco o diez de ellos para que yo me pusiera a gritar aleluyas por el centro de Berlín”.


El fiscal: “No se trata de encarclear a nonagenarios, sino de ofrecer justicia”
El Código Penal alemán contemplaba hasta finales de los 60 un plazo de 20 años para la prescripción de los delitos de asesinato. Para evitar que los crímenes nazis quedaran definitivamente impunes con el vigésimo aniversario de la fundación de la República Federal en 1949, los legisladores anularon la prescripción de los delitos de genocidio tras una serie de señalados debates en el Parlamento (Bundestag) de Bonn. Diez años más tarde eliminaron la prescripción de cualquier delito de asesinato.
Schrimm ha explicado que “no se trata de poner ancianos nonagenarios entre rejas”, sino de “ofrecer justicia a las víctimas”. 50 años después del primero de los llamados Procesos de Auschwitz en Fráncfort, los fiscales impulsan esta nueva serie de pesquisas mientras buscan la colaboración con las autoridades de otros países, en particular los suramericanos. Muchos nazis huyeron a América para eludir a la Justicia tras la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial. Según contó esta semana el fiscal al diario Süddeutsche Zeitung, “la colaboración con Brasil es prometedora”.

Fuente: elpais.com
 

La historia del partido de la muerte: jugaron sabiendo que serían asesinados



La historia del fútbol mundial incluye miles de episodios emotivos y conmovedores, pero seguramente ninguno sea tan terrible como el que protagonizaron los jugadores del Dinamo de Kiev en los años 40. Aquí está la historia de los jugadores del Dínamo que jugaron un partido sabiendo que si ganaban serían asesinados, y sin embargo decidieron ganar. En la muerte dieron una lección de coraje, de vida y honor, que no encuentra, por su dramatismo, otro caso similar en el mundo.


Para comprender su decisión, es necesario conocer cómo llegaron a jugar aquel decisivo partido, y por qué un simple encuentro de fútbol presentó para ellos el momento crucial de sus vidas.


Todo comenzó el 19 de septiembre de 1941, cuando la ciudad de Kiev (capital ucraniana) fue ocupada por el ejército nazi, y los hombres de Hitler desplegaron un régimen de castigo sin piedad y arrasaron con todo. La ciudad se convirtió en un infierno controlado por los nazis, y durante los meses siguientes llegaron cientos de prisioneros de guerra, a los que no se permitía trabajar ni vivir en casas, por lo que todos vagaban por las calles, en la más absoluta indigencia. Entre aquellos soldados enfermos y desnutridos, estaba Nikolai Trusevich, quien había sido portero del Dinamo de Kiev.


Josef Kordik, un panadero alemán a quien los nazis no perseguían, precisamente por su origen, era hincha fanático del Dinamo. Un día caminaba por la calle cuando, sorprendido, miró a un pordiosero y de inmediato se dio cuenta de que era su ídolo: el gigante Trusevich.
Aunque era ilegal, mediante artimañas, el comerciante alemán engaño a los nazis y contrató al arquero para que trabajara en su panadería. Su afán por ayudarlo fue valorado por el arquero, que agradecía la posibilidad de alimentarse y dormir bajo un techo. Al mismo tiempo, Kordik se emocionaba por haber hecho amistad con la estrella de su equipo.


En la convivencia, las charlas giraban siempre sobre el fútbol y el Dinamo, hasta que el panadero tuvo una idea genial: le encomendó a Trusevich que en lugar de trabajar como él amasando pan, se dedicara a buscar al resto de sus compañeros. No sólo le seguiría pagando, sino que juntos podían salvar a los otros jugadores.


Esta es la única foto que se conserva de aquellos jugadores que no se doblegaron ante los nazis y hoy se los recuerda como héroes.


El arquero recorrió lo que quedaba de la ciudad devastada día y noche, y entre heridos y mendigos fue descubriendo, uno a uno, a sus amigos del Dinamo. Kordik les dió trabajo a todos, esforzándose para que no se descubriera la maniobra. Trusevich encontró también algunos rivales del campeonato ruso, tres futbolistas del Lokomotiv, y también los rescató. En pocas semanas, la panadería escondía entre sus empleados a un equipo completo.


Reunidos por el panadero, los jugadores no tardaron en dar el siguiente paso, y decidieron, alentados por su protector, volver a jugar. Era, además de escapar de los nazis, lo único que podían hacer. Muchos habían perdido a sus familias a manos del ejército de Hitler, y el fútbol era la última sombra que sobrevivía de sus vidas anteriores.


Como el Dínamo estaba clausurado y prohibido, le dieron a su conjunto un nuevo nombre. Así nació el FC START, que a través de contactos alemanes comenzó a desafiar a equipos de soldados enemigos y selecciones de la órbita del III Reich.


El 7 de junio de 1942, jugaron su primer partido. Pese a estar hambrientos y haber trabajado toda la noche, vencieron 7 a 2. Su siguiente rival fue el equipo de una guarnición húngara y le ganaron 6 a 2. Luego le metieron 11 goles a un equipo rumano. La cosa se puso seria cuando el 17 de julio enfrentaron a un equipo del ejército alemán y lo golearon 6 a 2. Muchos nazis empezaron a molestarse por la creciente fama de este grupo de empleados de panadería y le buscaron un equipo mejor para terminar con ellos. Llego MSG húngaro con la misión de derrotarlos, pero el FC Start lo aplastó 5 a 1, y más tarde, ganó 3 a 2 en la revancha.


El 6 de agosto, convencidos de su superioridad, los alemanes prepararon un equipo con miembros de la Luftwaffe, el Flakelf, que era un gran equipo, utilizado como instrumento de propaganda de Hitler. Los nazis habían resuelto buscar el mejor rival posible para acabar con el FC Start, que ya había ganado gran popularidad en el pueblo sometido. La sorpresa fue mayúscula, sin embargo, porque pese a las patadas de los alemanes, el FC Start venció 5 a 1.


Luego de esa escandalosa caída del equipo de Hitler, los alemanes descubrieron la maniobra del panadero. Desde Berlín llego la orden de matarlos a todos, pero los jerarcas nazis no se contentaban con eso. No querían que la última imagen de los rusos fuera una victoria, porque pensaban que matándolos así no harían más que perpetuar la derrota alemana.


La superioridad de la raza aria, en particular en el deporte, era una obsesión para Hitler y los altos mandos. Por esa razón, antes de fusilarlos, querían ganarles en la cancha.


Con un clima tremendo y amenazas por todas partes, para el 9 de agosto se anuncio la revancha, en el repleto estadio Zénit. Antes del choque, un oficial de la SS entró en el vestuario y dijo en ruso: “soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto”, exigiéndoles que hicieran el saludo nazi.


Ya en el campo, los futbolistas del START (camiseta roja y pantalón blanco) alzaron el brazo, pero en el momento del saludo se lo llevaron al pecho y en lugar de decir “¡Heil Hitler!”, gritaron”¡Fizculthura!”, un eslogan soviético que proclamaba la cultura física. Los alemanes (camiseta blanca y pantalón negro) marcaron el primero gol, pero el Start llegó al descanso ganando 2 a 1.


Hubo más visitas al vestuario, esta vez con armas y advertencias claras y concretas: “si ganan, no queda nadie vivo”. Los jugadores tuvieron mucho miedo y se plantearon no salir al segundo tiempo. Pero pensaron en sus familias, en los crímenes que se cometían, en la gente sufrida que en las tribunas gritaba por ellos. Y salieron. Les dieron a los nazis un verdadero baile. Hacia el final del partido, cuando ganaban 5 a 3, el delantero Klimenko quedo mano a mano con el arquero alemán. Lo eludió y al estar solo frente al arco, cuando todos esperaban el gol, se dio vuelta y pateó hacia el centro del campo. Fue un gesto de desprecio, de burla, de superioridad total. El estadio se vino abajo.


Como todo Kiev hablaba de la hazaña, los nazis dejaron que se fueran de la cancha como si nada hubiera ocurrido. Incluso el Start jugó a los pocos días y le ganó al Rukh 8 a 0. Pero el final estaba escrito: tras ese último partido, la Gestapo visitó la panadería una semana después y los miembros del equipo fueron acusados de ser espías de la NKVD. Esta acusación basaba su fundamento en que el Dínamo era un club asociado a la policía secreta. Pero, cualquier cosa hubiese valido.


El primero en morir torturado fue Kortkykh. Los demás arrestados fueron enviados a los campos de concentración de Siretz. Allí mataron brutalmente a Kuzmenko, Klimenko y al arquero Trusevich, que murió con su camiseta puesta. Goncharenko y Sviridovsky, que no estaban en la panadería, fueron los únicos que sobrevivieron, escondidos, hasta la liberación de Kiev en noviembre del 43. El resto del equipo fue torturado hasta la muerte.


En el estadio al día de hoy hay una placa que recuerda a estos jugadores con una inscripción que dice: “A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi”.


Esta es la historia del dramático “Partido de la Muerte”. El cineasta John Huston se inspiró en este hecho real para rodar su película “Escape a la victoria” en 1981, pero ambientada en París y no en Kiev. En el film hizo lo que no pudo el destino: salvar a los héroes.


Todavía hoy, los poseedores de una entrada para aquel partido tienen derecho a un asiento gratis en el estadio del Dinamo de Kiev. En las escalinatas del club, custodiado en forma permanente, se conserva actualmente un monumento que saluda y recuerda a aquellos héroes del FC Start, los indomables prisioneros de guerra del Ejército Rojo a los que nadie pudo derrotar durante una decena de históricos partidos, entre 1941 y 1942.Los mataron entre torturas y fusilamientos, pero hay un recuerdo, una fotografía que, para los hinchas del Dinamo, vale más que todas las joyas del Kremlin. Allí figuran los nombres de los jugadores y una leyenda: “De la rosa solo nos queda el nombre”.

Nazis en Canarias durante la II Guerra Mundial



Una base secreta en Santa Cruz
Se llama Montaña de La Altura, y hoy continúa siendo ese desmesurado almacén donde la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife aún conserva singulares jirones de más de medio siglo de su historia. Justo al lado se encuentra el Centro de Educación Infantil y Primaria Miguel Pintor González, otrora conocido como el colegio de las Juntas del Puerto, cuyos responsables también aprovechaban la entrada a esta instalación para resguardar viejos pupitres y demás material.
Vista desde fuera, en La Altura apenas se vislumbra su bélico propósito, más allá de un pequeño búnker que asoma en la cima y de una leyenda para iniciados, en cuyas bocas siempre afloran las palabras submarino y nazi. Pero en las entrañas de esta montaña de la capital tinerfeña se oculta una pieza clave en el ambicioso entramado de infraestructuras militares que el primer franquismo ideó para defender Canarias durante la Segunda Guerra Mundial. Porque estas tres enormes bóvedas, con más de 170 metros de largo y casi nueve metros de altura, interconectadas entre sí por amplias galerías -que igual llegan a la cima de la montaña- pretendían sumergirse en la tierra hasta conectar con un tubo volcánico cercano, son en realidad una base logística construida por el Ejército español para abastecer a unos submarinos que, curiosamente, nunca llegó a tener.
Un recorrido que aclara la leyenda y alumbra el secreto escondido y olvidado en una montaña de la capital tinerfeña. El misterio de La Altura, esa base para submarinos que jamás entró en servicio.
El Ejército español construyó a partir de los años cuarenta del siglo XX una base para el abastecimiento de submarinos en el interior de un enorme risco costero conocido como montaña de La Altura que, junto a un atracadero en el muelle norte de la capital tinerfeña y un cuartel para infantes de marina, constituirían la Estación Naval de Tenerife. Dicha estación era complementaria al esfuerzo que la Armada ya llevaba a cabo en Gran Canaria, donde poco antes se iniciaron los trabajos para lo que es hoy la actual Base Naval de Canarias, dentro de un entramado de infraestructuras militares ideado para defender el Archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial.
Tal entramado de bases, que se debían repartir en al menos dos islas para evitar que un sólo ataque condujera a la indefensión de Canarias, encuentra su raíz en legislación dictada entre 1938 y 1939 que incluía un ambicioso plan para dotar a la Armada de lo necesario para jugar el papel atribuido a España en una redistribución del mapa colonial junto a las potencias europeas del Eje: Alemania e Italia.
Es el doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Juan José Díaz Benítez (autor de La Armada española y la defensa de Canarias durante la Segunda Guerra Mundial) quien desvela la existencia de una Ley Reservada (es decir, secreta, sólo para autoridades) de Construcciones Navales datada en septiembre de 1939 -ya terminada la Guerra Civil- y en la que se diseña un plan enormemente ambicioso en el que se asigna a la Armada española una flota semejante a la alemana, incluidos los doce submarinos que debían asignarse a Canarias.
“Por aquella época -explica Benítez- se tenía la creencia de que la mejor defensa naval se lograba con submarinos. Esa idea, aportada ya al inicio del siglo XX por un autor tinerfeño, era errónea a esas alturas de siglo: lo realmente interesante y útil era contar con una aviación potente”.
Más allá del tino que tuvieran aquellos planes, un escrito del comandante naval de Canarias al Ministro de Marina con fecha de 10 de diciembre de 1940 recoge la insistencia del primero en enterrar los depósitos de combustible, tanto en Gran Canaria como en Tenerife, “con el fin de que estuviesen protegidos frente a los bombardeos aéreos y navales”. Según nos confirma el teniente coronel tinerfeño Juan Antonio Castro, responsable durante años del Museo MIlitar de Almeida “la base logística de Altura, desde luego, cumple estos requisitos a la perfección: es obvio que es muy segura y a prueba de bombas”.
Entre la documentación hallada por Díaz Benítez en el Archivo de la Marina en Gran Canaria figura incluso una Memoria sobre las posibilidades de establecer una base naval en Santa Cruz de Tenerife que, siempre complementando a la de La Luz en Gran Canaria, fija las necesidades a satisfacer, ya descritas: un atracadero en el Muelle Norte (que incluso podía ser no sólo para submarinos, sino hasta para acorazados), un cuartel para tropas de infantería de marina y un depósito para unos 8.000 toneladas de gasoil, que es esta base logística de La Altura.
Pronto se descubre que las urgencias de los militares no son las mismas que las de los civiles, de lo que da muestra el intercambio de pareceres en 1941 entre el ingeniero director de la Dirección facultativa de Obras del Puerto de Santa Cruz de Tenerife y la Comandancia.
Esta última es la que pide una explanada del barranco de Tahodio y parte de la montaña de La Altura, a lo que responde el otro con inconveniencias varias sobre la explanada: que si los terrenos habían costado muy caros a las Obras del Puerto, que si allí habían instalaciones de la Vacuum Oil Company of the Canary Island…
La respuesta del comandante fue tajante, pero no instantánea: La Altura era el refugio antibombardeo del combustible para submarinos perfecto dadas sus características, no veía perjuicio para la Vacuum y, desde luego, no se pensaba en pagar por los terrenos de Tahodio.
Esta polémica demoró tanto el inicio de los trabajos que es en agosto de 1942 cuando, a instancias de la Comandancia Naval, toma cartas en el asunto el mismísimo Ministro de Marina, que allana las dificultades puestas por las Obras del Puerto, al punto que será este organismo quien compense a los afectados por el desalojo de unas treinta chabolas asentadas en tan disputada zona de Tahodio.
Al ritmo de la época, tan distinto de la actual, es el 6 de noviembre de 1943 cuando finalmente Obras Públicas cede el terreno: 22.602 metros cuadrados cuya propiedad, como se verá, seguía siendo portuaria.
El 16 de diciembre de ese año se crea oficialmente la ya referida Estación Naval de Tenerife y el 23 del mismo mes se produce la ocupación de los terrenos y el inicio de los trabajos.
La dinamita fue clave para semejante vaciado de la montaña, y aunque cabe pensar que se recurrió al batallón de forzados (presos de guerra), hay constancia en una misiva oficial de que se pagó por el trabajo, ya que una subida de salarios encareció el proyecto.
Se desconoce cuánto se tardó en terminarse la instalación. Díaz Benítez apunta a primeros años de los 50, pero ese dato habrá que buscarlo en las archivos peninsulares de la Armada, pero para entonces hacía mucho que la Segunda Guerra Mundial había terminado.
Así las cosas, es normal que no se completase la salida al mar, cuya boca fue sellada por seguridad hace años. Sigue sin saberse con certeza si se pretendía conectar con el tubo volcánico o, como propone Díaz Benítez, se pretendía sacar tuberías hasta el atracadero del Muelle Norte.
En los años 60, la Autoridad Portuaria ya gobernaba de nuevo sobre sus terrenos de Tahodio y La Altura, tan distintos ahora de como eran antes del paso de los militares. Pronto se aprovechó su enorme capacidad para el almacenamiento y todavía hoy en las bóvedas se guardan desde coches oficiales hasta una caja fuerte.
¿Y los submarinos? “Nunca llegaron -desvela el teniente coronel Castro- porque los alemanes descartaron en todo momento facilitar los fondos necesarios a los españoles, y menos aún la tecnología necesaria”. 













Fuente: Diariodeavisos.com